Vivir más, soñar menos


Ya estamos muy cerquita del verano. Se van acabando algunas actividades, comienzan otras, hay propuestas, planes de futuro, tiempo de cambio, de dejar la rutina y el cansancio de un curso muy largo y agotador. Y comienza un tiempo de novedad. Aunque sea porque cambiamos de lugar, de ritmo. Los estudiantes dejando las clases. Hay trabajadores que hacen jornadas intensivas, y las tardes libres. Los días son más largos, hace un poco más de calor. Y parece que la ilusión se activa, revolotean por nuestras cabezas los planes, los proyectos, los deseos, las expectativas. Y ojalá que todo lo que deseemos se cumpla. Pero no seamos ingenuos. Los proyectos ilusionantes lo son, hasta que aparece la cruda realidad y borra de un plumazo todo lo poético y de ensueño, y nos devuelve la vida en estado puro. La propuesta de esta escuelilla no es que renunciemos a soñar, a volar, a pensar a lo grande. No es que muramos lentamente asfixiados por lo real. Conformándonos con una vida plana, sin perfiles de gozo y de novedad. Planas las relaciones, los lugares, las actividades. Sino que nuestra felicidad la descubramos, sólida, maciza, pero situada en lo que vivimos, en lo que cada día nos pasa. La felicidad que propone Jesús no está aplazada en el futuro.


Las ofertas de ocio y de plenitud que nos presentan las compañías de viajes son todas dirigidas al futuro. Destinos turísticos, hoteles, comodidades, pensiones completas. Olvidarnos de cocinar, de limpiar, que todo nos lo hagan. En el fondo, nos dicen que nuestra vida cotidiana está llena de esclavitudes, de cadenas que nos paralizan, de absurdas maneras de invertir nuestro tiempo y nuestra vida. Y yo en absoluto me veo identificado. Y claro que me encanta viajar, conocer, descubrir, aprender, pero no porque el resto del año no lo haga. Vivir es una actitud. Puede cambiar lo externo, pero si soy una persona despierta, en cada ocasión, cada día disfruto, porque veo que es una oportunidad que se me presenta, única e irrepetible.


¿No será que no tenemos ojos limpios para reconocer lo valiosas que son nuestras vidas? ¿Acaso hay algo más bonito, más auténtico y real que el ser padres y el educar a unos hijos? ¿No es lo verdaderamente humano trabajar y esforzarnos por los que queremos? ¿No estamos construyendo con nuestro sudor y esfuerzo unas relaciones nuevas, una comunidad de vida y de amor? ¿No está sirviendo nuestra vida para que el mundo mejore crezca y sea más vivible y fraterno? Es cierto que no siempre tenemos la misma nitidez para captar el sentido y la dirección por la que caminamos. Es verdad que hay épocas de nuestro año en la que tenemos más luz y otras en las que estamos más espesos, cansados y tristes. Eso es humano y normal. Lo que me niego a aceptar es que dejemos de reconocer y de disfrutar de lo que significa vivir entregándonos, libre y voluntariamente a un proyecto, a una vocación.

 

LO QUE DIOS NOS DICE

 

Nuestras vidas son lugares increíbles donde se manifiesta un amor y una calidad de entrega y de generosidad, que es un pecado omitir o pasar de largo. Es cierto que la gente no lo valora, a lo mejor, porque no somos muy espectaculares o famosos. Los ojos y la atención se los prestamos a los grandes personajes, más públicos y más deslumbrantes. Porque somos tontos y nos falta entrar en las categorías del evangelio de Jesús. Que no nos invita a recorrer puertas anchas y grandes, sino puertas pequeñas, anónimas, que pasan desapercibidas. Como la viuda del evangelio, que echa una monedita, desapercibida pasa a los ojos de todo el mundo. “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien”. Mt 11,25-26. “Felices los pobres en el espíritu, porque suyo es el reino de los cielos. Felices los que están tristes, porque Dios los consolará. Felices los humildes, porque heredarán la tierra. Felices los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará. Felices los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Felices los que tiene un corazón limpio, porque ellos verán a dios. Felices los que construyen la paz, porque serán llamados Hijos de Dios. Felices los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el reino de los cielos. Felices seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. Mt 5, 3-12.

 

CÓMO PODEMOS VIVIRLO

 

Tenemos la oportunidad de hacer que las bienaventuranzas no se queden en una bonita página de un libro, sino que se encarnen y se hagan historia de nuestras propias vidas. La felicidad no está en el futuro. Está aquí y ahora. Si soy capaz de reconocer que la fuente de la felicidad está en la cercanía amorosa de Jesús, que me regala ser como él, amar como él, sorprenderme como él. Alégrate, el Señor está contigo, conmigo, con nosotros, y nos posibilita el descanso que deseamos.

 

Vicente Esplugues,

Misionero Verbum Dei.

 

Artículos
Esta página ha sido actualizada el  30/01/2012
Obispado de Salamanca, C/Rosario, 18, 37001, Salamanca, España, Tel: 923128900 Fax: 923128901
casadelaiglesia@diocesisdesalamanca.com
Información Legal
2008 Informática Millán