La participación con el silencio

LA PARTICIPACIÓN CON EL SILENCIO

 

El silencio es el comportamiento indispensable para escuchar a Dios y para acoger su comunicación, es la atmósfera vital de la oración y el culto divino. Jesús mismo se retiraba al monte, para pasar la noche en oración, en silencio (cf. Lc 6,12).

 

Si una celebración litúrgica consistiese en una sucesión encadenada de palabras, cantos y ritos sin ninguna pausa ni silencio, no habría lugar para que el espíritu del creyente se esponjase y pudiera escuchar internamente la sutil voz de Dios. También en la vida corriente se hace necesario buscar el silencio, la “vacación”, el ocio, que nos liberen de la presión y de la prisa a que nos empujan el modo de vida occidental, la publicidad y los medios de comunicación.

El silencio litúrgico no es mera ausencia de palabra, no es suspensión de la participación. Al contrario, es condición necesaria para ésta, porque el silencio exterior facilita el silencio interior, la escucha y la interiorización de lo que uno ve, oye, dice y hace.

En la eucaristía hay varios momentos en que conviene el silencio (cf. OGMR3 45), para crear una atmósfera de interiorización, que facilite determinadas actitudes espirituales:

• El recogimiento y la concentración. Ha de haber silencio unos minutos antes de comenzar la celebración, en la iglesia, en la sacristía y en los lugares más próximos. También, unos segundos, en el acto penitencial, después de la recomendación “oremos” que se hace antes de algunas oraciones.

• La alabanza y la acción de gracias. Antes y después de comulgar, para alabar y rezar a Dios en el corazón.

• La meditación. Después de las lecturas y de la homilía, el silencio permite que la Palabra de Dios resuene en el interior de cada uno.

• La súplica. Después de cada una de las intenciones de la oración de los fieles. Estos pueden responder con una invocación común o con el silencio.

Existen dos acciones litúrgicas especiales en que el silencio es fundamental: el rito de entrada en la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo, más elocuente que cualquier monición o canto; y el rito de imposición de manos del obispo y los presbíteros sobre los ordenados en la ceremonia de ordenación sacerdotal.

No olvidemos que la participación interna de todos será óptima en cualquier celebración, ya sea eucaristía, sacramento, oficio divino, etc., si existe una proporción adecuada entre palabra, canto, gesto, movimiento y silencio. El curso de la celebración ha de tener un ritmo no marcado por la prisa, sino por la serenidad y la escucha, para que los miembros de la asamblea sintonicen con el misterio de la fe. Esta es la verdadera participación.

 

Esta página ha sido actualizada el  05/04/2011
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