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Los misioneros
No pertenecen a ninguna ONG y pertenecen a todas. Son aquellos adelantados a la Teología de la Liberación, liberados de todos los prejuicios, aquéllos que antepusieron el cuerpo para llegar al alma, los pragmáticos del “primum vivere, deinde philophari”, primero los derechos del hombre para llegar a los de Dios. Son los que buscan el Reino de Dios y su justicia –sobre todo, su justicia- porque lo demás vendrá por añadidura. De sobra saben que para llegar al Reino escatológico del más allá, hay que recorrer y desbrozar el terreno escatológico del más acá. Es verdad que ellos comprendieron y se comprometieron radicalmente al “id y predicad”, que de los llamados ellos fueron los escogidos y, tal vez, los mismos que sacudieron el polvo de sus sandalias al dejar la tierra en que nacieron.
Son los héroes para quienes, de niños, pedíamos en el DOMUND, estrellas de película que convivían con los pobres infieles condenados por no haber oído hablar de Cristo, y en el fondo, más salvados que nosotros hartos de oír su nombre. No es que salieran a la aventura y en busca del provecho propio, sino del ajeno, de entrega a los demás; sabían de su porvernir de sacrificios, no de rosas, de hacer sagrada y consagrada su vida. Por muchas dificultades y calamidades que arrostraran en esta España de televisión cuartelera, de toros descastados y fútbol exógeno y foráneo, allá a donde fueran no iban a encontrarse con una sociedad católica sembrada de abortos y divorcios ni mucho menos con unas Semanas Santas tan sentidas ni romerías tan religiosas; la familia, los amigos, la lengua, eran el tesoro hallado y dejado voluntariamente y lanzarse a un quizás, a un tal vez, aun a lo mejor -a lo peor-, no dudosos sino seguros sobresaltos y angustias. Sólo la alegría y convicción de su misión hace esforzados a estos hombres que no parecen de naturaleza humana, tan en las antípodas del mundo que vivimos, incomprensibles a nuestros ojos acostumbrados a la rutina, a la monotonía y agrabanzado gozo de un puñado de pipas y palomitas para pasar el rato, matar el tiempo, mientras leemos la presa del satén y de los corazones rotos.
Ellos dieron con los valores auténticos, no los tergiversaron con sangre de horchata, distinguieron el oro de la ganga, son los heraldos, la avanzadilla de ley, el mayor testimonio evangélico de los que dan su vida por los amigos o enemigos, los de pies bienaventurados porque anuncian la paz, incluida en la justicia.
La distancia que media entre su vida y la nuestra se acortaría llamándolos “toreros”, reconociendo su faena y colaborando en su lidia grandiosa, aunque nada más fuera de areneros para allanar su terreno, o de monosabios para aguantar, sostener y librar a la cabalgadura de la embestida de la incomprensión. Los misioneros, en fin, son los únicos embajadores que no necesitan presentación de cartas credenciales. Lo son sus vidas.
Remigio Hernández Morán.
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