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Tanto la vida de Madre María Rosario Lucas Burgos como la historia de su Fundación constituyen, si se me permite la expresión, una aventura a lo divino. Es imposible captar los hilos invisibles que la divina Providencia va uniendo en admirable urdimbre para sacar adelante sus planes amorosos. La clave de este hondo misterio nos la facilita San Pablo: “Sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman, de los que han sido elegidos según sus designios” (Rom. 8,28). En la fundadora del Instituto Esclavas del Santísimo Sa-cramento y María Inmaculada se cumple a las mil maravillas este áureo texto paulino. ¡Cien años del nacimiento de una mujer totalmente eucarística e integralmente mariana que ha sido instrumento para poner en marcha una Obra con un carisma centrado en la adoración reparadora y en el dogma inmaculista! Durante la centuria 1909-2009 han surgido en la Iglesia innumerables Institutos Religiosos, cada uno con su perfil propio y su sello originario. Madre María Rosario poseyó, porque así lo quiso el Señor, carisma de fundadora sin el cual su Obra no habría subsistido. La definición más completa de este don del Espíritu Santo nos la brinda el mismo Magisterio al decirnos que “el carisma de los fundadores se revela como una experiencia del Espíritu”. Si buscamos elementos caracterizantes de este sublime don veremos que es personal, colectivo, comunitario y eclesial. Siendo los Fundadores hombres y mujeres del Espíritu así como discípulos insignes del seguimiento de Cristo su carisma permanente viene a ser una manifestación histórica de la vida y santidad de la Iglesia. Los rasgos configuradores del don carismático de M. María Rosario son de una solidez y sencillez transparentes: la Eucaristía y la Virgen María en su singular privilegio de Inmaculada Concepción. Los años 1951 (7 de octubre) y 1952 (29 de mayo) resultaron históricos para la Congregación, ya que en el primero se consiguió la formulación definitiva de las Constituciones que marcaban con exacta precisión el camino por donde había de continuar. Y en el segundo, la Sagrada Congregación de Religiosos concedió mediante un oportuno Decreto que el Instituto se denominara en lo sucesivo “Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada”. Con estas señas eclesiales de identidad la Congregación emprendía su itinerario expansivo que extiende su ámbito hacia Hispanoamérica donde se consolidan ya varias fundaciones. Si en 1909, M. María Rosario nace en la luminosa Almería, la que había de ser la “servidora buena y fiel del Señor (Mt 25,21) por la entrega heroica al Sacramento del Amor, el año 2009 puede contemplar con gozo las difíciles singladuras recorridas y un panorama vocacional muy esperanzador. En el Decreto de Aprobación Pontificia leemos esta enjundiosa frase: “las Esclavas tienen en el máximo honor a la Santísima Eucaristía y adoran con suma veneración este Sacramento”. Conscientes de tan alto reconocimiento llevan a cabo su ideal religioso. Cuando la sufrida Fundadora redacta por obediencia una brevísima crónica sobre los orígenes de su Obra, expone en apretada cadena las principales ideas directrices: “Glorificar al Señor ensalzando su omnipotencia y misericordia. Reconocer las infinitas delicadezas del Señor para con la naciente Congregación. Descubrir el amor inenarrable que las origina correspondiendo al mismo. Y abrasarse en el fuego del amor divino”. Este ideario es parte integrante del carisma de M. María Rosario y late vivo en el corazón eucarístico-mariano de cada miembro de la Congregación. “Un día del Corpus, año 1.929, llena de fervores eucarísticos… pensé mientras ayudaba a levantar en el jardín el clásico altar de las espigas para la procesión del Santísimo: si la hemorroisa se vio curada al tocar con fe el vestido de Jesús, ¿no conseguiré ver lo que quiere de mí, tocando su Corazón en el momento que hoy me bendiga desde la Custodia? Y por la tarde oí sobrecogida, en el solemne instante en que Jesús desde su viril se volvía a mí: “QUIERO QUE SEAS MI CUSTO-DIA Y ME LLEVES A TODAS PARTES”. Al temor y angustia su-cedieron la paz, el gozo y un deleite suavísimo que penetró mi alma. Con estas palabras, las primeras que entendí de un modo sobrenatural, pensé que Dios me pedía sumo recogimiento y que le dejase ver a través de todas las operaciones de mi ser.” (Gracias del Señor a Nuestra Madre Fundadora) Se celebra un siglo para dar gracias por un feliz evento natalicio. Un siglo para mirar con optimismo sobrenatural al futuro de una Congregación dedicada a la “adoración perpetua reparadora de Jesucristo, Víctima en el Santísimo Sacramento y la consagración perfecta a su Madre Inmaculada”. Junto al Te Deum y el Magnificat por el nacimiento de una criatura privilegiada, todos debe prorrumpir en exultante alegría, haciendo nuestra la divisa sálmica que el P. Fundador José Antonio de Aldama había elegido en su Testamento para expresar su gratitud al Señor: “Cantaré eterna-mente las misericordias del Señor” (Sal 88,2). Andrés Molina Prieto, Pbro. Doctor en Teología Miembro de la Sociedad Mariológica Española
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