Hombres olvidados de si mismos para el bien de los demás, llenos de Dios, son necesarios en todos los tiempos.

Francisco Coll dejó huellas profundas de entrega al bien de los hombres y mujeres de su tiempo en su quehacer apostólico durante una época llena de dificultades políticas, sociales y religiosas, como nos cuenta la historia del siglo XIX. Él, como buen fraile itinerante, hijo de Domingo de Guzmán, iba recorriendo los caminos de los pueblos de Cataluña con el corazón henchido de amor a Cristo Jesús; con el rosario en las manos, apoyado en el amor de María, de sus labios emanaba la palabra de Dios llena de paz, perdón y esperanza. En sus misiones apostólicas, en el trato con las personas heridas por sus contrarios a causa de las guerras; sembraba por doquier los valores del evangelio. Era un apóstol infatigable; a lo largo de su caminar, como antaño, Domingo, su fundador, sólo “hablaba de Dios o con Dios”.

Todo él era anuncio y profecía del amor de Jesús a los hombres con su vida de entrega a los demás. En el transcurrir de los tiempos vislumbró una gran esperanza: fundar una Congregación religiosa que encarara su utopía: La Anunciata. Como Dominicas de la Anunciata, herederas de su gran proyecto, queremos ser testigos en el mundo de hoy de la vivencia evangélica, como Francisco Coll lo fue en su vida, ser portadoras de esperanza y de paz, de una nueva forma de vivir.

Nuestro mundo en que el dominio de los poderosos provoca grandes desigualdades, generando bolsas de pobreza, es una realidad rica en posibilidades para hacer presente en él la Buena Noticia del Evangelio. En él queremos ser testimonios de fraternidad y compasión con dedicación y entrega a los más desfavorecidos; poner solidez en nuestro entorno con la esperanza de la presencia de un Dios amor que tiene predilección por los más pobres y que mantiene sus promesas de fidelidad; comprometiéndonos con nuestra entrega y solidaridad, dentro de nuestras posibilidades; ser una ayuda, como lo sería Francisco Coll en su actuar en el hoy que nos envuelve.

La tarea educacional, para la cual Francisco Coll nos fundó preferentemente, hoy día en que muchas veces se ven devaluados los valores cristianos, necesita de nuestra presencia para recrear estos valores, sembrando el compromiso evangélico en la infancia y la juventud. El paso por nuestras parroquias mediante catequesis, atención a personas necesitadas, voluntariado, ha de ser también un lugar apropiado para evangelizar. Queremos que donde haya una Dominica de la Anunciata haya un reflejo de lo que fue Francisco Coll, el misionero incansable, que soñó ver continuado su proyecto en bien de todo ser humano en el paso de los tiempos.

 

 

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