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Reflexiones sobre la vida y la muerte
La vida y la muerte son dos estados presenciales e inquietos que impulsan el misterio que rodea al ser humano. La falta de un ser querido nos hace pensar la existencia. Y a todas las familias pasan. Cuando se nos rompe el corazón, nos damos cuenta que las tentaciones como el dinero, el poder, la abundancia y las ideologías son asuntos insignificantes al lado de los valores humanos, la amistad y la fraternidad. Hemos celebrado hace poco, el día de Todos los Santos (1 de Noviembre) y el Día de los Difuntos (2 de Noviembre), donde el recuerdo, el comportamiento cristiano y la manera de situarnos que tenemos ante Dios y ante el mundo se nos ha venido a nuestra mente. Las flores, símbolo de alegría, han sido ofrecidas y puestas en la mayoría de las tumbas. La flor, signo de cariño y cercanía hacia los que están (vida) y los que no están (han muerto). A lo largo del tiempo, la trascendencia y la inmanencia han transmitido muchas dudas a la personalidad hasta el punto de quedarse sin palabras en los sucesos más concretos que producen escalofríos por culpa de perecer: muerte súbita de un niño, accidentes de tráfico, suicidios, drogas, fallecimiento de jóvenes disfrutando del deporte, obreros que trabajan en su vocación, guerras o conflictos armados por buscar una victoria mientras se lucha con los prójimos, enfermedades repentinas y paradas corporales imprevistas… Personas que se van y no vuelven. Algunos se han despedido y otros, no. La inmanencia hace referencia a la unidad y la propiedad del sujeto individual (tierra). Mientras, que la trascendencia implica manifestación y mediación (cielo). La religión cristiana abarca estos envíos donde la creencia o la no creencia del ser humano responden. Una de las muchas puntualidades, y más en estos tiempos novedosos (diversidad de espiritualidades, pluralidad de yoes, saturamiento de sapiencias…), se encuentra en el Evangelio donde Jesucristo nunca habla de ateísmo. Jn 20,27: “Después dijo a Tomás: -Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente”. La vida es la entrega, el paso del tiempo y las experiencias. El libro de la vida es el recogimiento de todo un tránsito de rosas, espinas, idas, venidas, cambios, llegadas, luces, sombras, aplausos y zancadillas con las circunstancias de cada cual. La muerte es el silencio en la tierra, pero, la fe en la creencia que es plenitud. Julián Marías (1914-2005), nos dice: “Quién crea que cuando alguien muera, se acaba; no ha querido a nadie de verdad”. Somos muy pequeños ante la Palabra de Dios y el seguimiento de la Buena Noticia. Mt 11,25: “porque has escondido estas cosas a los sabios y discretos, y se las has dado a conocer a los sencillos”. Reaccionamos con incertidumbre y miedo a pesar de la firmeza. 2 Co 4,7:” Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios, y no de nosotros”. La vida y la muerte no entran en los terrenos dialécticos sobre la oposición de términos porque no hay síntesis. Vida y muerte anima a la conmoción (principio, programa, fin) y la Vigilia. Lc 23,46: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.
Jaime Navarro Ruano |
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| Esta página ha sido actualizada el 28/07/2010 |
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