"Apóstol por gracia de Dios", es el lema del Día del Seminario que en nuestra Diócesis se ha celebrado el 19 de marzo, solemnidad de San José. Como viene siendo habitual en los últimos años, en esta ocasión nuestros seminaristas, junto con su Rector y el Señor Obispo se desplazaron para celebrarlo a la parroquia de Cabeza de Caballo, perteneciente al arciprestazgo de Vitigudino-Ledesma. Allí celebraron una Eucaristía y disfrutaron de una jornada de convivencia con esta comunidad parroquial.

Otras actividades previstas dentro de la campaña del Día del Seminario son:

 

- Encuentro diocesano de oración con jóvenes: Presidido por Mons. Carlos López, tendrá lugar el sábado 21 de marzo, a las nueve y media de la noche en la Catedral Vieja de Salamanca.

 

“¿Cuántos seminaristas son?”, es la primera pregunta que con interés se hace hoy y en cualquier parte sobre el Seminario. Y la exclamación que sigue a la respuesta suele ser siempre la misma: ¡qué pena que sean tan pocos! Pero el título de esta reflexión quiere recordar algo que ha estado siempre presente en la historia de la salvación de Dios con los hombres: “No está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino que eres el Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados”(Jdt 9,11). Y confirmando este proceder divino tan desconcertante ayer, ahora y siempre, está el mismo camino del Hijo hecho hombre que fue acogido por un puñado de existencias -¡y no muy jóvenes la mayoría!- en su nacimiento, que fue acompañado por otros pocos hermanos y hermanas a recorrer las ciudades y aldeas de Galilea, y que acabó entrando ¡sólo él! en la noche de su entrega pascual. Aunque fueran multitudes las que acudían a escucharlo y a que les curase de toda enfermedad y toda dolencia, luego sólo unos cuantos estaban decididos, también interesadamente a veces, a seguir su paso y pisar sobre sus mismas huellas. Hay quien dice, con acierto, que al marcharse de Nazaret, donde estuvo unos 30 años según Lc 3,23, una sola persona se fue con él y era su madre.

 

Actualmente estamos tan obsesionados con el número al plantear el tema vocacional y la situación de los seminarios, que se nos puede escapar el “instante” de gracia que el Señor nos está regalando. Cuando una y otra vez escuchamos el texto paradigmático de “la pesca” en Lc 5,4-11 no siempre caemos en la cuenta de la invitación primera que hace Jesús a remar “mar adentro” y que precisamente es lo que más estamos necesitando en nuestros días: ¡adentrarnos en la profundidad, no quedarnos en las comparaciones, volver a las fuentes, tomar como brújula la Palabra de Dios y como aliento del Espíritu los sugerido en el Concilio Vaticano II!

 

La cuestión no es que los seminarios estén vacíos y a toda costa haya que llenarlos. En las décadas de los años 50 y 60 del siglo pasado estaban todos a rebosar. Pero entonces la vocación estaba muy mezclada con la promoción -algo, por cierto, que tendríamos que tener realmente en cuenta a la hora de acoger y acompañar la sobreabundancia de vocaciones que están surgiendo en los países pobres y que con tanta frecuencia llaman a nuestra puerta-. A la Iglesia, en aquellos años, se nos temía y se nos necesitaba al mismo tiempo. Y por eso, a medida que los planteamientos de la sociedad iban facilitando el ejercicio de la libertad personal y fue aumentando el nivel de bienestar familiar, muchos de aquellos que llenaban los seminarios “se salieron” y otros muchos que venían después ya no necesitaron “entrar”. Ahora, más que en una época de cambios, nos encontramos, como dicen los sabios, en un cambio de época. Sembrar el evangelio en el mundo que nos rodea tiene que hacerse contando como nunca con la admirable libertad del hombre moderno. Es un tiempo para ensayar la novedad. Y la preocupación de fondo, así pues, estará no en “rellenar” los seminarios sea como sea -las directrices de los papas y del episcopado son muy claras y exigentes a la hora de establecer las pautas de admisión- sino en facilitar un encuentro nuevo y cada vez más vivo entre la gracia del evangelio y la libertad de los jóvenes de nuestro mudo que mantienen intactas sus profundas inquietudes de siempre. Y de ese encuentro, si nosotros, los mayores lo facilitamos con verdad, saldrán los brotes nuevos como dice el profeta: “No recordéis lo de antaño, no penséis en la antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43,18s).

Nos toca “padecer” un tiempo extraordinario para vivir la existencia sacerdotal con las categorías de la Sagrada Escritura que no son las del número, la eficacia o el éxito mensurable. Y es que esta novedad del tiempo que vivimos y de la que tanto hablamos no es cosa que se experimenta y se supera en solo tres, quince o veinticinco años. Cuando en los documentos del Concilio Vaticano II, del que estamos celebrando los 50 años de su convocatoria, leíamos que “el género humano se halla en un periodo nuevo de su historia... de tal manera que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también en la vida religiosa... haciendo surgir un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis para nuevas síntesis” (GeS 4-5), no sospechábamos tal vez que fuesen a suceder las cosas de esta manera. Pero hoy nos encontramos en una de esas grandes encrucijadas de la historia a las que la humanidad es llevada de cuando en cuando, y necesitamos retomar con mucha hondura todos nuestros planteamientos evangelizadores y vocacionales. Se trata, más que nunca, de sembrar derrochando el evangelio de Jesucristo. Por todas partes y a todas horas. De acercar a la juventud a experiencias vivas de fe. De poner a los niños y a los jóvenes en contacto con el fuego del amor de Cristo explicándoles su Palabra, acercándoles al Misterio eucarístico, invitándoles a realizar los gestos mismos del Señor pobre, alegre y misericordioso. Y seguro que surgirán entonces discípulos y apóstoles que quieran “estar con El y ser enviados a predicar con poder de expulsar demonios”(cfr Mc 3,14s). Porque una vez sembrada la semilla, “el grano brota y crece, de día y de noche, sin que se sepa cómo; la tierra da el fruto por sí misma, primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga”(Mc 4,27s). Y los que escuchen su voz y se dispongan a ser “apóstoles por gracia de Dios” serán “los justos y necesarios” según Él. No según los cálculos de nuestra añoranza.

 

El momento es tan apasionante que deberíamos recitar todos los días -no solo en la mañana de los viernes de la semana II- el cántico de Ha 3,17s con el añadido final que sugerían unos recién ordenados en la tarjeta de su invitación: “aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador, porque la Mesa con el pan y la copa esta puesta y de allí beben todas las criaturas... aunque es de noche”.

 

José Vicente Gómez Gómez

Rector del Seminario Diocesano de Salamanca

 

Y sacerdote, ¿Por qué no?

Al acercarse la fiesta de San José, en la que tradicionalmente la Iglesia española celebra el día del Seminario, viene a mi recuerdo la anécdota que José Luis Martín Descalzo -q.e.p.d.- contaba de un concurso fotográfico que organizó hace años el periódico Il Tempo sobre: «¿qué quieres ser de mayor?».

Los niños italianos acudían a la redacción del periódico para elegir uno de los setenta y ocho oficios que ofrecían. Se vestían con el traje y se hacían una fotografía. El periódico fue seleccionando y publicando las mejores imágenes.

Cuentan que hubo un niño que miró la lista una y otra vez, como si buscase algo que no encontrara… Al no hallar lo que buscaba, le dijo a su padre:

–Papá, y sacerdote ¿no puedo ser?

Su padre se quedó helado. Repasó la lista y efectivamente no habían contemplado que alguien pudiera soñar con ser sacerdote de mayor.

Tal vez para algunos, en el mundo que anhelan, sólo tengan cabida buzos, astronautas, bomberos, toreros, deportistas… y no sacerdotes.

Desconozco si fue un olvido fortuito o un presagio del equipo de dirección. Lo cierto es que hace unos días compré un libro titulado «Elige lo que quieres ser. Guía completa de carreras universitarias y formación profesional». Y por lo que he podido hojear, en el mundo con el que sueñan algunos, sólo tienen cabida economistas, científicos, médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, empresarios, políticos, periodistas, deportistas, cantantes...

Ciertamente son pocos los que llegan a descubrir que la verdadera necesidad de nuestra humanidad hoy es la de ser «panaderos», «panaderos de Dios», es decir, sacerdotes. En el mundo sigue habiendo hambre. Muchos, sobre todo ahora, tienen por desgracia también hambre de pan. Otros, tienen hambre de justicia, de ternura, de amor. Al parecer, «el pan con código de barras» que la sociedad de consumo ofrece no termina de saciarles plenamente. Todos, aunque a veces lo ignoren o incluso lo nieguen, sienten profundamente «hambre de Dios». Necesitan sentirse queridos, respetados, valorados, llenar sus vidas de sentido, de plenitud, de autenticidad, de libertad, de felicidad, de eternidad… Dones y gracias que sólo el Señor puede regalarnos ofreciéndose Él mismo como «pan eucarístico» que es compartido y repartido por quienes han sido llamados (vocación) a ser, por pura gracia, sus «panaderos» (sacerdotes).

 

 

¡Qué suerte poder contar en cada comunidad, en cada pueblo o país, con un puñado de «panaderos» que repartan a manos llenas el «pan de la Palabra», el «pan de la Eucaristía», el «pan de la Misericordia (reconciliación)», el «pan de la Fraternidad (comunión)», el «pan de la Solidaridad»...!

No sé si aquellos redactores de Il Tempo practicaban como católicos, pero podría asegurar que, casi todos ellos un día entraron a formar parte de la gran familia cristiana con el agua que un sacerdote derramó en sus frentes recién nacidas; que temblaron sus piernas cuando un sacerdote les dio el Cuerpo de Cristo (la comunión); que todos ellos habrán tenido un amigo sacerdote que alguna vez les haya escuchado, orientado y animado a cambiar de actitud o de vida (conversión) y a descubrir el verdadero rostro de Dios, Padre entrañable que perdona y devuelve a cada uno su dignidad como hijo… E imagino que algún día desearán tener un sacerdote al lado, cuando el Padre les mire, y les pregunte: «Y tú, ¿qué has hecho de tu vida?». Sería muy triste que en ese momento únicamente se vieran rodeados de buzos, astronautas, bomberos, toreros…

Los sacerdotes ―aun reconociendo sus límites y fragilidades― son una bendición para todos, un «bien ecológico» para la humanidad y no un objeto arqueológico como a muchos les gustaría. Ser sacerdote hoy es una de las formas más sublimes de hacer visible el Reino de Dios; una de las formas más hermosas de encarnar los ideales de cualquier joven; una de las formas posibles de hacer la voluntad de Dios y sentirse plenamente realizado; una de las formas reales de ser feliz; una de las formas, aunque parezca paradójico, de ser totalmente libre; una de las formas más auténticas para ser realmente fecundo en la vida… Pero sigue siendo un bien escaso; un ministerio con plazas disponibles.

¿Has pensado alguna vez que Dios ha podido adornarte con esta gracia tan extraordinaria? ¿No sientes curiosidad por saberlo?

Si así fuera, ¡no tengas miedo! Te basta su GRACIA.

 

Ángel Javier Pérez Pueyo

Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades

Conferencia Episcopal Española

 

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