¿Por qué Señor?

Cuando ocurre una gran catástrofe como recientemente en Haití y las desgracias se ceban en nuestros semejantes o nos golpea el infortunio, a veces dudamos o ponemos en tela de juicio de El Destino y aseguramos “que no es justo”; dudas que se incrementan si el lastimado es el más pobre, desfavorecido o indefenso.

Nos sentimos sobrecogidos si mueren en países lejanos gente que “malvive” o apenas tiene para llevarse algo que comer a la boca. Nos sentimos desgarrados en nuestro interior si, gracias a los medios de comunicación, vemos padecer o morir a semejantes de los que no teníamos hasta entonces ni la más mera noticia de su existencia y, aunque algunos corazones duros protestan de “por qué tienen que castigarles con esa malas noticias a las horas de comer”, nos damos cuenta que somos afortunados respecto a ellos. Nos sentimos inermes ante la maldad de guerras espurias desatadas por locos fanáticos…y más aún si los que sufren los daños o abusos son niños inocentes.

Y entonces, en nuestra impotencia, casi lloramos y gemimos con ellos levantando las manos al cielo buscando culpables, responsables ajenos a quien reclamar (nosotros nunca lo somos) y si no los hallamos parecemos clamar a Dios como si El señor por acción o –al menos- por omisión lo permitiese. Pero…¿en verdad podemos creer que Nuestro Señor envía el mal o el dolor que nos rodea?

Recientemente Don Federico R. Aznar Gil, en una misa dominical en San Julián y Santa Basilisa donde se hizo colecta para Haití, comentaba en su homilía que puede ser posible para la gente sencilla, para el católico de “a pie” tener dudas y preguntarse ¿por qué a ellos? Y reconocía en sus palabras lo que podían pensar muchos cristianos: ¿acaso Dios no los protegió o dejó actual el mal?...

No será la primera vez (ni la última) que la inocencia o candidez pueda hacernos caer en la tentación de ver a Dios como el responsable último de tantas desgracias y que, más aún, ha errado en los objetivos de la cólera de su hipotético castigo. Los ateos así podrán esgrimir en triunfo –aún admitiendo la existencia de Dios- que, si bien existe, “nuestro Dios es injusto”, y prueba de esa injusticia son los males causados a los más pobres o desvalidos.

Pero Dios nos ama y vela por cada uno de nosotros aunque, gracias a la libertad que confirió al hombre tras otorgarle el don de la vida, el mal lucha y pugna con el bien por arrastrarnos a la perdición. Dios nos ha hecho libres de elegir y actuar desde nuestra llegada al mundo. El hombre nace libre y bueno; entonces…¿por qué actuamos mal? Quizás hemos de pensar que en el entorno o la sociedad es donde puede anidar el mal y, que pese a que El supremo Hacedor nos ha creado con una conciencia que nos aconseja, nos apartamos del bien. Incluso igual que haría un padre: Dios nos perdona aún antes de arrepentirnos como en la parábola de “El hijo pródigo”.

Y para buscar nuestra salvación no duda en sacrificar a su único hijo para que nos salve siendo condenado y muriendo como hombre en el escarnio de la cruz; así la cruz, símbolo de una muerte infamante, gracias a Jesucristo pasa a ser instrumento de nuestra salvación. Nosotros, los contumaces en el pecado, somos perdonados por El Amor de El Padre encarnado en Jesucristo:”No he venido a salvar a justos sino a pecadores”

Otros hemos llegado a pensar si las catástrofes naturales no son sino fruto de dolor, de los espasmos de una naturaleza martirizada por el hombre que debería mimarla: contaminación de lagos, ríos y mares; calentamiento global o “efecto invernadero”… Quizás a este mundo donado por Dios (y que fue “El Paraíso”) lo estamos matando, y por eso nos da la impresión de que se retuerce en sacudidas dolorosas. ¿Son los terremotos, tornados, tsunamis, ciclones u otros fenómenos consecuencia de eso?.

Dios nos perdona siempre y aún en el último instante: por eso su hijo Jesucristo en la misma agonía de la cruz, entre los ladrones Dimas y Gestas, les prometía si se arrepentían el perdón y la salvación. Dimas reconociendo lo justo de su castigo… “Y añadía: ¡Jesús acuérdate de mi cuando llegues a tu reino!”(Lc 23,42)

Todos conocemos viudas y viudos que ante el dolor causado por la pérdida del cónyuge (a nivel psicológico reconocidos como el stress humano más intenso) en su desesperación llegan a preguntarse : ¿por qué Señor?, ¿ por qué a mi?. Ellos no culpan de su dolor a El Señor y, aún más, el único bálsamo que encuentran es “El Amor de Dios, el supremo sacrificio de Jesucristo por nosotros o el consuelo e intercesión de La Virgen María”. ¿A quién acudiría buscando consuelo de esta pérdida irremplazable un ateo o un agnóstico?.

Nos olvidamos frecuentemente que “Dios no shizo a su imagen y semejanza” y nacimos buenos e inocentes –aunque con el estigma del pecado original que lavamos en el bautismo-, para el entorno social nos arrastra hacia el mal pese a las advertencias de nuestra conciencia. Fruto de esa imagen pesimista adquirida nos empeñamos en acordarnos de lo negativo, de lo malo… fomentándonos la idea de “ser desgraciados”, y no reparamos en los dones recibidos: ¿en cuánto valoraríamos nuestra propia vida?, ¿qué significaron aquellas palabras, caricias o besos de la persona amada?, ¿no nos bendijo Dios cuando sostuvimos en nuestros brazos el fruto de nuestro amor? ¿Podemos acaso vernos desgraciados si alguien con sus ojos penetro alguna ocasión en nuestra alma y sentimos en nuestro interior un “Te amo”?.

Cuando Dios creo al hombre y la mujer les insufló de su propio aliento divino que reside en el alma, pues sin el alma sólo seríamos un pedazo de carne animada. Y la mayor expresión del alma, lo que nos lleva a ser más cercanos al Supremo Creador es nuestra capacidad de amar y ser amados pues como escribía el mismo San Juan: “El que no ama, es que no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Jn 4,8).

No busquemos pues, en nuestra impotencia de señalar culpables o aceptarnos a veces como tales, encontrar que El Señor es el único y –para nuestra comodidad- último responsable de el mal que nos rodea, pues el mal ha sido fomentado por las bajas pasiones e instintos que luchan en lo más oscuro del ser humano.

Francisco José Jaspe y Anido

Parroquia de S. Martín y de S. Julián y Sta. Basilisa

 

 

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