¡CRITICA, QUE ALGO QUEDA…! A propósito del final del Año Sacerdotal.

Un cometario a propósito de una realidad creciente en la sociedad española: la de criticar hasta el esperpento a la jerarquía eclesiástica. Y de paso al hecho religioso en general, especialmente si se trata del catolicismo.

No debe ser un fenómeno nuevo, cuando hasta en nuestra historia literaria aparece una figura retórica reiterada en muy diversas circunstancias históricas: “el anticlericalismo español”.

Días atrás un ministro explicaba alguna de sus decisiones con el argumento del clásico chiste de aquel que se cae de la rama de un árbol. Recuerden lo que dice: “Preguntando a gritos ‘¿Hay alguien ahí?’, sólo halla la respuesta de: ‘Tírate, que mis ángeles te traerán conmigo’. A lo que responde ‘¿Y hay alguien más?’. Ya es triste que un ministro explique con chistes sus medidas: ¡Eso lo dice todo…! Pero lo más “gracioso” de la escena es que alguien de la sala terminó el chiste de esta manera: “Se oye otra voz salvadora que dice: ‘Ven, ven a esta rama que tiene unos cuantos brotes verdes para agarrarse”.

Criticar a Dios es fácil, parece no obtener una inmediata respuesta contundente. Y es que ¡Dios tiene mucha paciencia! Del mismo modo “criticar al clero es fácil”, por una razón similar, sin que sean uno y otro equiparables, en absoluto. Y no es que el oficio de la crítica sea malo, pues, bien entendida, ayuda a trazar metas de cambio y de progreso. Es más, bien entendida “empieza por uno mismo”. Y es que criticar a estos curas es criticarme a mi mismo, a mi sociedad, a mi grupo cristiano,… porque cada época tiene los curas que se merece y que ella misma genera: no se trata de ángeles caídos del cielo. Eso sí, dentro de poco no habrá a quien criticar, porque el Seminario está prácticamente vacío.

Lo más sibilino del asunto es que esta crítica casi siempre viene cuando un “usuario de los servicios clericales” se siente defraudado y desatendido. “¡Por el interés te quiero Andrés…!”. No nace, casi nunca, de la objetividad, sino de la rabia y del desengaño: hablan las vísceras, no el sentido común. ¡Y así nos va!

Es fácil “poner verde a quien sea”: está de moda. Pero cuesta más ser consecuente y desprenderse de las costumbres cristianas criticadas: bodas, bautizos, comuniones,... ¡Qué costoso es “ir a desapuntarse” de lo cristiano! Hay múltiples razones imaginables para esta incongruencia, todas ellas teniendo que ver con una actitud poco generosa y desinteresada. Porque estaría bien “poner a escurrir” por lo malo, pero después de dar las gracias por tanto bueno recibido. Es fácil generar “blancos de disparo” en una sociedad tan necesitada de desahogo por tanto stress. Los Medios han encontrado una diana fácil en la jerarquía eclesiástica: es cómodo criticar por pederastia, por intransigencia, por interés económico,… a quien entrega su vida por su rebaño, renunciando a una vida volcada en sí mismo. ¡Es fácil criticar a quien trabaja denodadamente por los demás porque apenas tiene tiempo para reivindicarse…!

Todo ello es botón de muestra de la sociedad que hemos conseguido: una sociedad libre, ¡gracias a Dios!, pero una sociedad donde prolifera el egoísmo que induce terribles crisis económicas y de valores. Todos lo dicen: ¡Esta es una crisis de valores…! Pero a ella sólo se responde con medidas económicas: sin embargo, hacen falta medidas morales. Esa exacerbada crítica de la que hablamos es probablemente parte de un herpes que le ha salido a este mundo que quiere vivir sin referentes morales, sin valores, y encima justificarse. Justificar el desorden en que viven muchas familias, cuyos paganos son los pequeños de la casa. Justificar el desorden afectivo que genera tantas depresiones y sinsentidos en la vida de los jóvenes. Justificar el “todo vale” con tal de triunfar en la vida… Se trata de una sociedad, como reclamaba una pintada: “Sin Dios, sin Amo”. Es decir, una sociedad sin norte. Y ya sabemos a qué aboca esto.

Cuenta el sociólogo R Stark en su último libro sobre la “expansión del cristianismo” que éste cuajó en una sociedad romana caduca y desfasada, incapaz de afrontar las consecuencias de los desastes naturales y sociales de su época. Y que no fue Constantino quien convirtió a esta fe al Imperio, sino que cuando se bautizó, aquel imperio ya era mayoritariamente cristiano. Y lo era porque ese grupo minúsculo, pero efectivo, lleno de valores y de esperanza, (¡más allá de Hipatias distorsionadas y de historia manipulada!) había cuajado en sus bases.

Un “resto” pequeño de ancianos y de buena gente hizo nacer esta nuestra fe hace dos mil años, capaz de invertir los términos de todo un Imperio. Tal vez un resto ahora, en la base también (esa que genera a sus mejores representantes) cuaje un cristianismo vivo y desinteresado, generoso y lleno de vigor transformador que recuerde a este mundo, en medio de muchas “persecuciones”, cómo se ha de construir a sí mismo de manera justa y equilibrada. Un mundo que critique para corregir y mejorar, pero no sólo a las jerarquías eclesiásticas, sino a esas otras que realmente tienen el poder en sus manos: las de los políticos y los potentados de los medios de comunicación. A lo mejor la sociedad española se da la vuelta, ¡como suele!, y los desfasados empiezan a ser los que ahora tanto fustigan con la palabra.

Rafael Blanco, pbro.

 

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