La Cruz de Jesús en Salamanca

Llega estos días a la ribera del Tormes, a nuestras plazas, calles y cátedras, la cruz de Jesús portada por los jóvenes; esa cruz que se plantará en el lugar donde la primavera próxima ellos viniendo desde todas las latitudes se concentrarán para orar juntos, para hacer presente el entero mundo ante Dios, para oír la palabra de Benedicto XVI. ¿Qué sentido tiene volver la mirada personal y pública a este trozo de madera que de manera especial portarán los jóvenes por nuestras calles, plazas e iglesias?

Podemos pasar ante ella sin entender nada en pura magia ante un palo que calado de sangre remite a siglos pasados, o escandalizados de que una muerte sea proclamada como signo de vida, o fervientemente reconociendo en ella la clave para entender la historia de Dios en el mundo y la historia de los hombres frente a sí mismos y ante Dios. Para que nuestra actitud sea esclarecida intelectualmente y auténtica religiosamente debemos descubrir los distintos niveles que en la cruz de Jesucristo se encuentran. Esa cruz es a la vez un hecho, un signo, un misterio y un escándalo.

 

I. Es un hecho de la historia humana, en un lugar y tiempo concretos, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, en una ciudad por nombre Jerusalén, con unas autoridades judías con nombres propios y cargos institucionales. Está al final de un proceso determinado por la legislación judía y por el derecho romano. Los relatos de los evangelios nos identifican tiempos y lugares, personas y situaciones; y nos identifican sobre todo al Crucificado en ella: Jesús de Nazaret, que predicó la buena nueva de Dios como paz, justicia y misericordia para con los hombres. De él dice San Lucas, el autor del libro bíblico de Los Hechos de los apóstoles, que pasó por el mundo haciendo el bien. Esta cruz no es un mito, ni una mera idea, ni una ingenua utopía. Es la cruz de alguien. Y es este alguien el que le otorga su sentido. Esta cruz es sagrada porque el que murió en ella es el Santo de Dios. Sin conocerle a él no podemos conocer a ella.

 

II. Esta cruz es la vez un signo. En el párrafo anterior hemos visto la cruz como resultado de las acciones y decisiones de los hombres contra Jesús. Hubo responsables de que aquel justo fuera ajusticiado. Los cristianos no trivializamos esos hechos y no declaramos que lo injusto sea bueno, o que un crimen no tenga importancia. Nosotros más que a lo que hicieron los hombres contra Jesús miramos a lo que hizo Jesús con los hombres. Antes de llegar al final, durante el tiempo de su acción pública, y luego cuando fue llevado a la cruz, él extendió su mirada de misericordia con entrañas compasivas y aliviadoras, frente a toda miseria, enfermedad, marginación, exclusión y pecados. Sus milagros fueron reveladores de la paternidad amorosa de Dios, expresión de su absoluta cercanía y voluntad de ayuda para con los hombres. Esa misma actitud la tiene en su muerte. Jesús convierte lo que fue una traición en una entrega, lo que fue su rechazo declarándole blasfemo de Dios en perdón de los hombres y en intercesión por ellos ante Dios.

Jesús fue matado por unas razones pero él murió por otras: haciendo de su muerte un acto de libertad, de ofrenda y de súplica. Esa es la grandeza del ser humano: desde fuera le pueden anular la violencia, la injusticia, la enfermedad la misma muerte, pero desde dentro no es anulable y puede hacer incluso de su muerte un acto personal en libertad. La cruz de Jesús es un acto de perdón, de paz, de súplica. Los hombres actuaron contra él: él en cambio actuó en favor de ellos

 

III. Pero junto a todo esto y desde dentro de ello la cruz se nos desvela como un misterio. Esta palabra no la entienda el lector en su sentido corriente y vulgar, como algo desconocido o incognoscible que escapa a la razón humana, sino tal como la entiende la Biblia: como la manifestación del designio de Dios para con los hombres que ha tenido lugar por los sabios, santos, poetas y profetas, pero sobre todo de manera suprema por Jesucristo en su palabra, en su acción, en su persona y en los acontecimientos que tuvieron lugar en su muerte y resurrección. Si en los dos puntos anteriores hemos visto que la cruz nos dice cual fue la actuación de los hombres contra Jesús –lo traicionaron y crucificaron- y cual fue la actitud de Jesús -a la traición respondió con la entrega e intercesión por ellos-, ahora debemos añadir que la cruz nos revela sobre todo quien y como es Dios para nosotros, resucitando a Jesús..

Dios en su Hijo, de quien es siempre Padre y es inseparable, estaba compartiendo su destino, sufriendo la agonía y la muerte. Dios nos conoce no solo porque nos ha creado sino porque ha sufrido como nosotros. Nos conoce desde fuera como creador y desde dentro como encarnado y crucificado. El ha gustado nuestro dolor y agonía: ambos están ya redimidos. No conducen a la nada sino a la resurrección. La cruz de Jesús es así el signo supremo de la ‘humanidad’ y de la ‘solidaridad’ victoriosa de Dios con los hombres participando en nuestra muerte y abriéndonos a la resurrección como a Jesús. La cruz es así nuestra victoria.

La cruz de Jesús sólo es cristiana si la vemos desde su mensaje del Reino y desde su resurrección. Dios no castigó a los que crucificaban a Jesús porque amó tanto a los demás hermanos como al Hijo primogénito, sino que por el contrario nos lo entregó. “Me amó y se entregó por mí” dice San Pablo. “Cristo pensó en mi en su agonía…derramó algunas gotas de sangre por mí” (Pascal). Nuestros dolores, cruces y muertes están prevenidos en Jesús, nuestros pecados están padecidos y superados en Jesús. La cruz de Jesús es así la revelación del Dios amor, garantía de la paz y de la esperanza del hombre. De esa paz, perdón y promesas nos nacen a los cristianos la exigencia de eliminar todas las injusticias y de arrancar todas las cruces que haya en nuestro mundo.

 

IV. La cruz es un escándalo para quienes no creen en Dios. ¿Cómo y por qué hacer nacer la vida de esa muerte, esperar la paz de ese suplicio brutal que era la crucifixión?. Para los no creyentes en Cristo la cruz es insania y locura, para los creyentes la cruz es vista desde quien está en ella, al que Dios nos ha dado como dinamismo y sabiduría, redención y santificación. En este sentido es poder de vida, exigencia de justicia, pujanza de espera. Machado contraponía el Jesús del madero al Jesús del mar, el de la muerte en cruz al que vencía la furia de la tempestad. Pero el único Jesús es el vencedor porque ha entrado dentro de nuestra historia y, pareciendo víctima, ha vencido a esos poderes, no trivializándolos ni negándolos sino traspasándolos. El cristiano agradece a Dios su fe y comprende el escándalo del no creyente. El cristiano reclama luz y justicia para las víctimas. Y más allá espera para sí y para los demás lo que los mortales no podemos otorgarnos: la paz definitiva, la reconciliación con nosotros mismos y con los demás, la misericordia de un amor que no mire nuestros pecados y nos haga justos desde nuestras entrañas, desde los ojos de la razón y del corazón. El cristiano reclama justicia, crea justicia y además espera aquel perdón que por ser el reverso del amor gratuito de Dios no humilla sino ensalza.

 

V. La cruz es el signo del amor y del perdón de Dios para todos, por ello nunca es contra nadie. Ante la cruz se han postrado confiados y agradecidos los hombres. Ante el amor e inocencia de Jesús hemos reconocido nuestros pecados: los hemos llorado y renacido a la paz y a la alegría para ser signos del admirable ejemplo de Jesucristo, del admirable don y perdón de Dios, que incluyen redención, iluminación y santificación. Por eso acompañar a la cruz de Jesús en Salamanca, estar ante ella en gozo, canto y súplica es una oportunidad de gracia. Y si lector no lo sabe hacer con palabras propias lea, relea y recite dos sonetos sublimes de nuestra mejor literatura: el clásico “No me mueve mi Dios para quererte” y el moderno que fascinaba a Unamuno: “Delante de tu cruz los ojos míos”.

 

Olegario González de Cardedal. 20 octubre 2010.

 

 

Artículos
Esta página ha sido actualizada el  03/05/2012
Obispado de Salamanca, C/Rosario, 18, 37001, Salamanca, España, Tel: 923128900 Fax: 923128901
casadelaiglesia@diocesisdesalamanca.com
Información Legal
2008 Informática Millán