Yo estuve allí, yo también lo viví: Fuego en Calatrava (Madrugada del 12 de Febrero 1960)

Asomarse a la vida de un Seminario Mayor de los años 1960, con mirada periodística, seguramente que daría pie, para hacer un reportaje que no llamaría especialmente la atención a los lectores. La vida estaba programada con un ritmo muy normal y con una disciplina fácilmente asumida por jóvenes que desde niños estábamos entrenados para vivirla austeramente pero sin traumas ni heroísmos llamativos: misa a primera hora de cada mañana, (sin calefacción) oraciones, estudios, deportes, gimnasia, clases, retiros y un sin fin de detalles como correspondía a Seminarios de aquel tiempo.

Todo discurría con normalidad, aderezado con aspiraciones juveniles no siempre comprendidas por los formadores, que daban lugar a protestas y a rebeldías como salsa, a veces amarga, del día a día. Una ardua tarea entonces y ahora, la de acompañar como formadores a los futuros sacerdotes sin claudicar ante las dificultades de cada momento y sin ceder ante las exigencias de una sólida y evangélica formación para el fin pretendido como pone de manifiesto el Vaticano II: “Formar verdaderos pastores, a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo”.

 

Tres de la mañana, ¡fuego!

 

Con inesperada sorpresa, aquella larga noche del 11 al 12 de febrero del año 1960, nos hizo saltar de la cama sobresaltados a las 3 de la madrugada, ante el urgente aviso de “¡fuego!” en uno de los dormitorios colectivos que un diligente y avispado seminarista detectó providencialmente. No había tiempo para preguntas y reflexiones; manos a la obra para poner a salvo los enseres posibles: libros, colchones, baúles, mesas, sillas etc. En unos minutos apresurados, el patio se llenó de diversos y múltiples objetos que la celeridad de nuestros años jóvenes hizo posible. Mientras, los bomberos y algunos abnegados estudiantes Dominicos, encaramados en los tejados intentaban sofocar el fuego que avanzaba imparable y que finalmente no se pudo sofocar. El espectáculo de los seminaristas con las sotanas llenas de polvo, de humo, ateridos de frío por las bajas temperaturas y por el agua de los bomberos, discurriendo de un lugar a otro, se cruzaba con los curiosos y voluntarios que colaboraban con nosotros en el rápido e improvisado desalojo. Las familias que a través de la radio se enteraron de lo que estaba sucediendo, se pusieron en camino temiendo que la catástrofe pusiera en peligro la vida de sus hijos. El Obispo Barbado Viejo, el Cabildo de la Catedral, sacerdotes, los miembros de la Obra de Vocaciones, las autoridades civiles y otros muchos asistían angustiados ante lo que esta sucediendo. Alguien dio órdenes tajantes de retirarnos ante el peligro de un derrumbe inminente de toda la techumbre, como así aconteció minutos después. El Rector con el lógico dolor y la angustia no disimulada, nos convocó en medio del patio para compartir la desgracia y para indicarnos que ante lo sucedido, marchásemos a nuestras casas hasta nuevo aviso. Hasta aquí el relato del fuego y algunos aspectos generales.

 

Fuego liberador

 

¿Qué vivencia y qué lecciones he aprendido de aquel inesperado y destructor evento? Antes de exponer mi particular experiencia, me permito hacer una breve digresión teniendo en cuenta que el fuego ha sido a lo largo de la historia un compañero de camino con efectos muy diversos y con múltiples significados. Partiendo de la afirmación paulina” a los que aman a Dios, todo redunda para su bien” y poniendo el foco en las distintas manifestaciones del “fuego” en la Historia del Pueblo de Dios, desde Moisés ante la zarza ardiendo en el monte Horeb hasta el Bautismo de Jesús con Espíritu y Fuego y sobre todo en la Pascua de Pentecostés con el fuego en la cabeza de los Apóstoles, me permito hacer una lectura en positivo de todo lo sucedido en aquella fecha inolvidable aún a riesgo de hacer una interpretación equivocada y excesivamente simplista.

 

Dejando a un lado el sobresalto y el dolor de ver desaparecer el hogar en que tantos beneficios había recibido y tantas lecciones había aprendido, no me produjo la lógica consternación que percibía en otras personas mayores y con responsabilidad en todo lo referente a Calatrava. ¿Por qué? En primer lugar porque la ida inesperada al hogar familiar para descansar del impacto vivido en aquellas horas, aliviaba el dolor y la angustia de la reciente situación.

En segundo lugar porque adivinaba el volver otra vez al Seminario de San Carlos (la actual Pontificia) del que había salido con nostalgia no disimulada y sin haber entendido las razones aludidas por la autoridad correspondiente. En aquel caserón, gozábamos de una apertura y de una convivencia más plural compartida por los seminaristas provenientes de casi todas las Diócesis de España para los estudios en la Universidad Pontificia y reinaba un ambiente de alegría y aire fresco que nos preparaba para afrontar los nuevos tiempos, que la Iglesia tenía que acoger.

El regreso a Calatrava dos años antes del “fuego” no fue acogido con simpatía por la percepción, quizás injusta, de que la vida y la disciplina impuesta por el nuevo equipo de formadores recortaba horizontes y nos imponía un yugo que no aceptamos de buen grado porque interpretábamos como un retroceso y una formación inadecuada y menos acorde con la primavera eclesial que se estaba aproximando. El fuego nos pareció una liberación. ¿Fruto de nuestra inmadurez? O ¿deseo de retornar al hogar donde esperábamos ser acogidos nuevamente para seguir avanzando con el nuevo ritmo más acorde con los “signos” de los tiempos? Probablemente ambos motivos estuvieron presentes.

 

Consecuencias del fuego

 

¿Qué lecciones he aprendido y qué consecuencias se han derivado desde entonces hasta el día de hoy? Una muy importante y que es compartida unánimemente: el Seminario no lo forman las piedras, ni los edificios, sino los jóvenes seminaristas que viven en él. Los vaivenes que ha sufrido nuestro Seminario en estos 52 años posteriores al fuego, están patentes: pisos de la Gran Vía, Rúa, otra vez Calatrava, Villamayor, (sobre este periodo cuenta Rafael Blanco su gozosa experiencia en el número anterior de esta publicación), Calatrava, Espoz y Mina, Casa de Ejercicios del Rollo, Casa Samuel, y otra vez Calatrava recién restaurado el edificio. Sin culpabilizar a nadie, yo sin ninguna autoridad ni título que me avale, me atrevo en este apasionante tiempo de la Nueva Evangelización, a hacer una invitación a todos para dejar los lamentos estériles y a poner manos a la obra y empujados por el Viento y Fuego del Espíritu Santo seguir la ruta que nos indica el gps eclesial en estos momentos: leer y meditar los relatos vocacionales de los Santos Evangelios y “orar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Refrescar la memoria leyendo el Decreto Conciliar Optatam Totíus sobre la formación de los seminaristas, la Exhortación Apostólica del Beato Juan Pablo II Pastores Dabo Vobis, los múltiples escritos de Obispos, teólogos y otros muchos, y finalmente colaborar con esperanza con el recién estrenado equipo diocesano de Pastoral Juvenil y vocacional de nuestra Diócesis de Salamanca. Y así, entre todos aportar los materiales que hagan posible levantar un nuevo Seminario como lo exige el momento actual.

Qué sabias y oportuna son las palabras del Papa Juan Pablo II en dicha Exhortación: “Ante la grave escasez de sacerdotes son necesarias una fe más grande y una esperanza más viva” y si la pequeñez del número de candidatos lo requiere, también invita:”Agrúpense en seminarios interdiocesanos, regionales o nacionales, para atender con mayor eficacia a la sólida formación de los alumnos”.

¡Hagamos todos unidos un corro de la mano de Santa María, Reina de los Apóstoles alrededor del “fuego” de la noche Pascual y prendiendo del Cirio Pascual nuestras candelas avancemos tras él venciendo las tinieblas!

 

Domingo Martín Vicente

Sacerdote diocesano

 

 

Esta página ha sido actualizada el  17/02/2012
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