Meditaciones de un cofrade salmantino

Cuando al sur de la vieja piel de toro la ligera brisa marina mece blandamente las olas primaverales desprendiendo al vaivén del “Mare Nostrum” tibios aromas salobres como lágrimas, y el viento trae anuncios de cálidos tiempos... Se van insinuando, poco a poco, perfumes de claveles llorados, rosas llenas de pasión o el penetrante azahar que envuelve los sentidos; puede que incluso arribe a nuestras costas mediterráneas el embriagante jazmín tunecino o la preciada, escasa y tan codiciada esencia de la misteriosa rosa de Damasco.

En mi añorada tierra gallega, las blancas magnolias y gardenias o los gladiolos, camelias y azucenas serán otro cantar sufrido: como un “sin sentido” plácido y relajante encantado por el caer de la llovizna que, cual delicado encaje de Camariñas, envuelve de morriña plateada un corazón tan lejano como el mío. Aquí, en medio de ensueños infantiles, recuerdo protegido tras los cristales del mirador frente a las palmeras gigantes la procesión de “Os Caladiños” partiendo de mi querida plaza de Amboage y a “Nª Sª de los Dolores” cubierta de rosas blancas que, cual ofrendas plateadas, intentan consolar su luto riguroso.

Entonces en el viejo Reino de León el lejano retumbar de los parches de tambores, bombos y cajas se hacen presagio de muerte destemplada, rota como el quebrantamiento seco y lúgubre de las piernas de los crucificados condenados a escarnio. El traqueteo de carracas o el ulular del cuerno o el tañido seco de la campana impera aún en la vieja tierra sin mar. Luego un lamento de cornetas, o el trino cantarín de trompetas y clarines vibran en nuestros tímpanos; sacuden corazones despertando las almas y las conciencias:

¡Llega el Señor!

 

Siento erizarse el vello en un escalofrió, mientras la tibieza del sol nos acaricia pese a las nubes y nubarrones juguetones con nuestro miedo a la lluvia “poco devota”. Ensayamos como en una danza ancestral el paso: protegidos unos con el costal y otros con la almohadilla; agarramos las “trabajaderas”, las “argollas” o aferramos el “banzo anhelado”. Allí se desliza la alpargata rustica de esparto racheante, y aquí el paso corto ligeramente oscilante del zapato enlutado, a veces adornado con viejas hebillas de plata heredada como en Medina de Rioseco, ciudad ferial vieja de los Almirantes de Castilla:

 

¡Cuanto sacrificio derramado!

¡Cuanta devoción mostrada!

¡Cuanto sufrimiento desgarrado!

 

Y sin embargo todo siempre es poco, y bien vale la pena si es por nuestro Cristo adorado o su querida Virgen, nunca suficientemente bien amada.¿Qué no haríamos por aliviar el último estertor agónico de “El Cachorro” imprecando suplicante a su Padre en lo alto?:

 

“ ¡Eloí , Eloí!, ¿lamá sabajzaní? ” (Mc 15, 34 parc.)

 

¿Son las chispas destellantes de luz deslizándose por las sufridas mejillas de “La Esperanza” brillantes mocárabes, o tal vez añoranzas del San Gil a sus espaldas?¿Acompaña la alta zancada legionaria echado en su cruz al malagueño “Cristo de la Buena Muerte”, o la bélica y orgullosa canción lo acuna dulcemente mecido en lo alto?

Y luego dirán que los andaluces, mas que devoción, sienten casi fanatismo por sus sagradas imágenes: grandes misterios en intrincadas canastillas tejidas de rocallas doradas, altos pasos de plata de orfebre cimbreantes, cobijando bajo palio Inmaculadas Vírgenes Santas a veces acompañadas de el Evangelista Juan, “El Discípulo Amado”:

 

“Mujer, ahí tienes a tu hijo"

“Ahí tienes a tu Madre.” (Jn 19, 25 – 26 parc.)

 

Y esa preciosa urna isabelina atesorando un yacente en bello relicario de plata de las Indias que en la Cádiz trimilenaria procesiona según crónicas de “A Paso de Horquilla”. ¿Qué decir de la pensativa muerte al píe de la cruz ya vacía en una sobrecogedora “La Quinina” de la bética Hispalis, último gran paso alegórico fruto de la Contrareforma Tridentina (o el extraño “Jesús Nazareno de la Cofradía del Silencio” tomando su cruz).Y aquella madre doliente, “Piedad de El Baratillo”, en su capilla de la Calle Adriano en El Arenal de Sevilla cobijando sobre sus cansadas piernas ese Cristo quizás dormido y dulcemente desmayado en espera de su Resurrección Triunfal.

Podríamos recordar los bellos Salzillos murcianos, cual nacimientos, entre luchas de Californios y Marrajos, portados en tronos a ritmo acompasado de horquilla como la deslumbrante “Última Cena”; pero quedan tan lejos de esta nuestra casa a veces tan triste y austera, ronca y desgarrada como el raído hueso descarnado asomando el tuétano bajo las calaveras del Calvario.

Tantos y tantos misterios de un mundo tan lejano a nuestros ojos y oídos leoneses o castellanos, tantos y tantos sentidos que cada uno íntimamente palpa distinto, diferente, incomprendido, enormemente profundo, magníficamente sublime…

Y, sin embargo, todos juntos adoramos con nuestros sentidos y alma a ese mismo “Hijo de Dios” muerto como criminal en la cruz para nuestra Salvación, pese a ser sacrificado como “Cristo del Amor y de la Paz” manando el perdón a borbotones por sus venas; a tantas y tantas Señoras Nuestras siendo la misma Virgen y Madre Venerada, siempre abogada nuestra.

El valor sentimental, la mayor o menor antigüedad, a veces su misterio o larga historia en nuestro devoción, incluso si la imagen nos resulta más o menos bella no implica que una Virgen sea más importante que otra, ni que un Cristo más o menos adorado sea más principal que otro. Pues en el fondo, tanto un Cristo de Dalí como el garabato de un niño representan al mismo Jesucristo; y cada Virgen -da igual su advocación- todas son la misma Madre de Nuestro Señor. Deberíamos tenerlo muy en cuenta cada cofrade. Todos compartimos:

 

“¡Un solo Señor,

una sola fe,

un solo bautismo,

un solo Dios y Padre!”

 

En Salamanca son más nuestros los montes florecidos de claveles empapados con la sangre derramada cruelmente de El Cordero de Dios crucificado, o los morados lirios nazarenos pisados por nuestro “Jesús en la Calle de la Amargura”; incluso un puntiagudo y pobre seco cardo del camino, como que laceró con sus espinas las sienes de El Señor: puede que alguna vez también lo sintamos lacerar nuestros costados, pies y manos sobrecogiéndonos quizás en penitencia como en una mística comunión de sufrimiento apasionado con el Divino Jesús.

Mas la tan mariana Sevilla podría incluso aprender de la “Docta Salmantica”, pues ya en 1618 el Claustro de Doctores de nuestra casi ocho veces centenaria universidad, juró defender el “Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María” y así en la toma de posesión de su cátedra en el Paraninfo cada doctor juraba delante del Claustro, sobre los Evangelios, defenderlo. Así aparece pintado en el gran cuadro barroco central del retablo de mármoles y pinturas en la Capilla Universitaria. Cuadro que, a modo de telón, cubre el tabernáculo de mármoles, jaspes, plata y bronces: donde se coloca la urna sacramental, pieza preciosa del XVII regalada por un antiguo colegial. Por privilegio ancestral la urna es transparente en plata sobredorada, cristal de roca y lapislázuli. Hasta 1854 la Iglesia Católica Romana no declaró dicho dogma. Así en Salamanca ciencia y fe se fusionaron:

 

“Salmantica Docet.”

 

Alguno diría que nuestra Universidad de Salamanca fue más allá que la Iglesia y, como alguno dijo de ella: “Ser más papista que el Papa”. Posteriormente dicho juramento seria asumido por la propia ciudad de Salamanca El Papa Alejandro IV en 1255 reconoció la “Universalidad de sus Estudios” y proclamó que era “Una de las cuatro lumbreras de la Cristiandad” junto a Bolonia ,Paris y Oxford. Mas nació miserable al amparo de la Catedral Vieja y hasta el S. XV no tuvo sus primeras casas.

En Salamanca no hay cofradía o hermandad más pobre que la universitaria con su hábito – mas mortaja ruda- negro y los pies apenas protegidos por pobres sandalias alpargatas; y a los hombros grandes cruces bastas... Pero el estandarte bordado en plata y brillantes con el “SIGILVM VNIVERSITATIS STVDII SALMANTINI”sobre terciopelo negro, o el paso del “Stmo. Cristo de la Luz y Nuestra Sª Madre de la Sabiduría” amparando sus esquinas los cuatro santos patrones del saber universitario. Su solemne discurrir penitencial por el barrio antiguo que, como prueba de austeridad, nunca llega hasta la plaza porticada más bella de España; quizás para que sus luces y bullicio no rompan la promesa de silencio prestada al capellán y doctores ante la magnifica fachada-retablo de la Universidad... Todo es comunión de fe, tradición, sabiduría y penitencia universitaria.

Salamanca, la ciudad dorada, y siempre adorada, que aún en los comienzos del S. XXI sigue enamorando como al viejo rector Miguel de Unamuno que exclamaba:

 

“Salamanca, Salamanca,

renaciente maravilla,

académica palanca

de mi visión de Castilla...”

 

O al mismo Fray Luis de León que tras estar casi cinco años prisionero de la Inquisición en Valladolid por haberse atrevido a criticar la “Vulgata de San Jerónimo” o traducir el “Cantar de los Cantares” (el más bello poema de amor jamás cantado): tras ser liberado en diciembre de 1576 fue aclamado tanto por sus alumnos como por los salmantinos. No perdió ni el ánimo, ni la fe y tras el mal sueño de su persecución –como si nada hubiese sucedido- comenzó su clase con su famosa frase:

 

“Decíamos ayer...”

 

Prueba de que en esta ciudad el tiempo puede detenerse en un instante mágico en que la maravilla de su piedra dorada al sol embelesa a todos, quizás por eso a muchos de sus estudiantes les duele dejarla. Siempre deseamos volver a ella, emocionándonos cuando divisamos sus torres brillando en la lejanía; y se quiere recuperarla al igual que la juventud.

Yo he sentido esa magia sentado a la sombra ante la cabecera románica de la Catedral Vieja imbricada en el crucero gótico de la Catedral Nueva: parecen amparar la majestuosa y enigmática Torre del Gallo cuando la primavera se aparece y el sonido es llenado por los pájaros felices entre los árboles en flor del cercano Huerto de Calixto y Melibea. Entonces el aire es llenado del “machar el ajo de las cigüeñas”: el golpear de los largos picos mientras sobre nuestras cabezas sus iguales describen círculos más y más altos como si se complacieran en coronar el cielo sobre la ciudad dorada.

Pasear por sus ruas y calles como la más perfecta para extasiarse en una procesión que es la Calle de la Compañía: donde aparenta ser la cuesta de un calvario pétreo coronado por la fachada y torres de la Iglesia del Espíritu Santo. Y enfrente esa maravilla gótico-mudéjar que es la Casa de las Conchas. Discurrir de la fe por el oro en piedra derramado. Eso es mi Salamanca: “arte en piedra paso a paso”.

Poder gozar de un atardecer con el sonido gorgoteante del órgano del Salinas broncíneo o asistir en el coro de su gran catedral a una batalla de su órgano renacentista y barroco mientras poco a poco el tiempo se convierte en filigrana charra.

Y cuando las tinieblas inunden las naves inmensas del templo apenas roto por los reflejos de la luna en sus vitrales o alguna lamparilla aún tímidamente encendida... En la Capilla del Santísimo la muy doliente “Piedad de Luis Salvador Carmona” nos detiene a contemplar su hijo muerto inquiriéndonos:

 

“Vosotros que pasáis, mirad y ved si hay dolor semejante al mío.”

 

Soñar con el tiempo parado, discurrir entre siglos de saber y esperar tener la suerte de encontrarte algún día con un instante soñado. Eso es esta ciudad “donde el hoy es pasado, el pasado será promesa de futuro, y el futuro esta ya comenzando”.

Pero... callemos que se oyen “Hosannas” entre “Sones de Alegría” ante la Puerta de Ramos: “Jesús Amigo de los Niños” ya entra aclamado en Salamanca a lomos de un pollino entre ramos de laurel y olivo, las palmas cimbreantes en lo alto y, a sus pies, un joven Juan Marcos toma notas para su relato.

Roguemos y lloremos arrepentidos hasta que “Sones de Dolor” nos traigan al Cristo Crucificado tras arrastrarse como Nazareno camino de su Calvario. Y luego veremos el impresionante cortejo fúnebre de ese yacente “Cristo de la Liberación”.

Reservemos esperanza, gozo y alegría para recibir limpios ya del pecado a ese Cristo Salvador en Pascua de Resurrección: ya “Sones de Victoria” están proclamando el triunfo de la vida sobre la muerte, la gloria eterna de nuestro Cristo Resucitado.

 

Salamanca, 14 de abril de 2011

 

Francisco José Jaspe y Anido

Cofrade. Hermano. Congregante.

 

(Querido hermano y hermana cofrade, de nuevo nos reuniremos en la “Conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo” pero ten en cuenta que siempre debemos dar ejemplo de fe en nuestras penitencias, para recibir luego con todo gozo y alegría desbordada en la “Pascua de Resurrección” a Jesucristo Resucitado pues, como decía el mismo apóstol, “Vana sería nuestra fe si no creyéramos en la Resurrección”)

 

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