En recuerdo de una trabajadora: Santa Bonifacia Rodríguez

Nos trasladamos a Salamanca a mediados del S.XIX. En esta ciudad las jóvenes de la clase trabajadora permanecían inactivas, sin horizontes y sin esperanza. Había una clase obrera femenina en desempleo, sin cualificación laboral y carente de una formación básica, el analfabetismo hacía estragos en ella.

En este momento no había ninguna legislación laboral, ni vacaciones. El descanso estaba reducido al descanso dominical y las fiestas religiosas. Los que tenían un empleo hacían largas jornadas de trabajo con sueldos mínimos. La condición de la mujer pobre en este campo rozaba los límites de la marginación. Ante esta panorámica, solo cabía la resignación. Parecía que nada podía cambiar.

 

Pero surgió una trabajadora de las mismas entrañas del pueblo, hija de trabajadores que tenían que trabajar para vivir, la salmantina Bonifacia Rodríguez de Castro, hoy santa Bonifacia y primera santa canonizada de esta ciudad, que pretendió dar una respuesta a tanta inercia y carencia laboral. “las chicas no tenían nada qué hacer y se perdían”.

 

Su ejemplo y coherencia de mujer trabajadora, de trabajadora manual, y su compasión por los desheredados, en especial por la mujer pobre, fue la principal motivación para dar una respuesta al problema del desempleo femenino. Su experiencia de ser una trabajadora, toda su vida, le dio la capacidad de penetrar en el mundo laboral necesitado de evangelización y promoción. Ella quiso ser sal y luz en el mundo del trabajo al que pertenecía. Sin pretenderlo, fue un testimonio claro de lo que podía ser una mujer trabajadora, contenta con su condición que la acercaba a la experiencia de Jesús artesano en Nazaret. El trabajo fue para ella medio de vida, de oración y de solidaridad. Ella “iba en todo, en la oración y en el trabajo”.

 

Bonifacia no salió a la calle reivindicando derechos para las mujeres pobres sin empleo y sin derechos laborales. No tenía noticias de las feministas de su tiempo que reclamaban sus derechos, ni encabezó ningún movimiento de esta índole. La realidad que vivía era muy distinta, había que despertar y promocionar en todos los campos a una juventud femenina sin horizontes anclada en la pasividad y en la rutina.

 

Desde su juventud tuvo una gran inquietud por la promoción femenina, por ello fundó la Asociación de la Inmaculada y San José con un grupo de amigas trabajadoras como ella para la oración y para la promoción laboral, anticipo de lo que sería la fundación de las Siervas de San José.

 

La fundación de las Siervas de San José, donde el trabajo vertebra toda la espiritualidad desde la mirada a Jesús Trabajador en Nazaret, permitió a Bonifacia crear un espacio de promoción laboral y de evangelización: los Talleres de Nazaret.

 

Antes que se generalizara el tema de la mujer trabajadora, Bonifacia emprendió el camino de su liberación y promoción, en una ciudad sin recursos y en un medio nada propicio para el desarrollo. Comenzó, fiada de Dios, una pequeña gran tarea de liberación de la mujer trabajadora capacitándola laboralmente para que pudiera “ganar el pan con el sudor de su rostro”. Lo que le permitiría cierta autonomía económica. Bonifacia también abordó otras dimensiones importantes de promoción: “les enseñaba a leer, el catecismo y un oficio”.

 

El Taller de Nazaret centro de las Congregación de las Siervas de San José, lugar de trabajo, acogida, solidaridad con las pobres sin trabajo, está sostenido por tres pilares: oración y trabajo hermanados, la acogida a las pobres sin trabajo y el fomento de la industria, todo un espacio adecuado para dar una respuesta a los desafíos del mundo laboral femenino del s. XIX.

 

En la dimensión de acogida a las pobres sin trabajo, el objetivo sería conseguir una mujer trabajadora bien preparada laboral, y cristianamente formada, a ser posible con un oficio: “ser una menestrala santa”, desde el trabajo cotidiano bien hecho bajo la mirada de Jesús, María y José trabajadores en Nazaret.

 

Bonifacia fue pionera en a la promoción y evangelización de las jóvenes y mujeres trabajadoras. Fue “en lo que más se distinguió “. Su dedicación, compasión y ternura para con las chicas heridas por la vida, no tenía limites, ”las quería como a la niña de sus ojos”.

 

Esto le costó, en su tiempo, la incomprensión y el rechazos de quienes no habían comprendido el mensaje que a través de la página evangélica de Nazaret se estaba dando al mundo laboral femenino: “anunciar la buena noticia a los pobres, y a liberar a los oprimidos”

 

Hoy, con razón, desde su sencillez y humildad, se la propone a Bonifacia como patrona de la mujer trabajadora, como compañera, paradigma y protectora. La dimensión que Bonifacia da al trabajo, novedosa en su tiempo, la de ser medio de santificación, factor de realización personal, de dignidad y de colaboración en la construcción de nuestro mundo, supone hoy, un camino a seguir desde la sencillez, la humildad.

 

La Inquietud por servir a los pobres, empezando por la mujeres necesitadas, es una tarea que se debe continuar, pues en nuestro mundo todavía existen contextos necesitados de promoción, evangelización y cercanía.

 

Adela de Cáceres, ssj.

Esta página ha sido actualizada el  06/03/2017

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