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23/11/2017

#Historias nº 2, por Santi Casanova

Se llamaba Andrea (nombre ficticio) y tenía 15 años. Parecía una adolescente normal, bien integrada en el grupo de clase, con amigos y amigas, y sin especiales sobresaltos. En el colegio no llamaba mucho la atención. Sus profesores estaban contentos con ella porque no “molestaba” y, aunque pensaban que podía dar más de sí, no le dedicaban mucho tiempo, ni en las tutorías ni en las reuniones de claustro. Andrea era como invisible.

Yo la conocí en un retiro. Una experiencia que se ofrecía a jóvenes de entre 15 y 20 años y a la que asistían muchas veces sin saber muy bien con qué o con quién se iban a encontrar. Ese fue su caso. Tal vez vino porque venían sus amigas más directas. Tal vez porque así lo dispusiera Dios. El caso es que allí estaba. El retiro comenzó y yo no me había fijado en ella. Su invisibilidad era su escudo protector más eficaz. Pero llegó su momento.

El tema de la familia la sobrepasó. Fue entrar y mirar su realidad y venirse abajo. Toda su invisibilidad dio lugar a una más que evidente petición de ayuda. El escudo protector se había hecho pedazos y Andrea tuvo miedo, al sentir, por primera vez en mucho tiempo, el frío de la inseguridad, de la intemperie humana, de la intuición de no ser querida por aquellos a los que ella más amaba. Su triste invisibilidad tenía razones a las que agarrarse. Su inquieta soledad había sobrevivido bajo el ala de una existencia nada común a su alrededor. Un tiempo, el de la adolescencia, que debía ser vivido con alegría, pasión, ilusión y entusiasmo, estaba pasando sin pena ni gloria; más bien con dolor.

Andrea descubrió en el retiro que ahí estaba Dios. Posiblemente sin un gran entendimiento y sin grandes compromisos. Pero lo sintió cerca. Su temperatura interior subió unos grados y tras la experiencia, poco a poco, Andrea fue sonriendo. Logró afrontar la herida que en ella latía a causa de su vivencia familiar que, por otra parte, no era grave pero que, con el tiempo y con falta de comunicación, la había arrojado al infierno del desamor, del desarraigo. Andrea se casó hace unos años y, hoy por hoy, es mamá de dos preciosas criaturas. Sonríe y ama. Y es amada. Su relación con Dios se mantiene a su manera, como muchos jóvenes de hoy. Pero ella sabe que Él le cambió la vida un día, hace años.

La experiencia de Andrea es la de muchos de los jóvenes que hoy llenan nuestras calles, nuestras aulas, nuestras casas. Jóvenes que, en muchos casos, no viven en familias desestructuradas pero que, por alguna razón, se sienten solos y poco queridos. Jóvenes que se han visto arrastrados a ser como todos y que, por eso mismo, son invisibles para todos. Jóvenes que no llaman la atención. Que no “molestan”. Que sobreviven. Jóvenes que han perdido de vista el rojo pasión de un horizonte prometedor al que están convocados. Jóvenes que han llegado aquí, a su adolescencia, a su juventud, sin que tal vez nadie les haya convocado nunca para nada.

A veces me pregunto si estos jóvenes no son fiel reflejo de nosotros mismos. Nosotros, los que nos sabemos acompañados por Dios pero actuamos como si todo dependiera de nosotros. Nosotros, embarcados en tantas tareas que hemos perdido la alegría de la misión por el camino. Nosotros, los que nos cruzamos con ellos siempre con prisa, con ganas de que se comprometan pero con poco tiempo para escucharles. Nosotros, los que seguimos viviendo de las rutinas, de las inercias, de los cambios que nada cambian. Nosotros, los temerosos de dejar actuar al Espíritu por si todo se nos va de las manos. Nosotros, los serios, los buenos, los elegidos.

Si Jesús hizo algo claro en los años dedicados a su misión fue dar visibilidad a los invisibles, escuchar a los descartados, poner en el centro a los pequeños, comer con los etiquetados, encontrarse en tierra hostil con quién tenía sed de felicidad.

Hay muchas Andreas que seguirán encontrando a Dios en algún momento de sus vidas. Porque Dios es así de grande. Pero muchas otras se quedarán en el camino. Porque nunca vendrán a una oración, ni a una vigilia, ni a un retiro, ni a una Eucaristía. “¡Pues que vengan!” gritan algunos. Y mientras analizamos de quién es la culpa y cuáles son las causas, las Andreas siguen enfriando su corazón, tristes, solas y sin amor.

Un abrazo fraterno
Santi Casanova. Laico escolapio
@scasanovam

 

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