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ACTUALIDAD DIOCESANA

20/12/2017

#Historias nº 5, por Santi Casanova

Hace unos días se presentó en la Conferencia Episcopal el “Informe de la síntesis para el Sínodo sobre Jóvenes, fe y discernimiento vocacional”. He de reconocer que pocas cosas me han sorprendido. Es más, algunas de ellas las vengo comentando en esta sección, en el programa de los domingos de “Iglesia Noticia” y en algún otro espacio en el que participo. Por una parte, me alegra comprobar que no voy muy desencaminado en mis análisis y que me sitúo bastante cerquita del sentir de nuestros jóvenes. Por otra parte, me inquieta el que, pese a tener el asunto más o menos bien diagnosticado, todavía no hayamos dado demasiados pasos para revertir un poco ciertas sensaciones juveniles.

Los jóvenes piden “tiempo y personas para escuchar”. Ciertamente es una necesidad a la que no estamos dando respuestas. Tal vez porque seguimos en nuestros esquemas de “cuantos más mejor” y nos centramos demasiado en convocar a actividades y experiencias, en ofrecer algo a lo que los jóvenes acudan en mayor o menor número. Hemos ido cayendo en picado en esto en los últimos años. No sólo en el acceso a los sacramentos sino también a catequesis, a grupos juveniles de fe, a peregrinaciones… Uno mira los números de hace años y los de hora y el panorama es preocupante. Pero claro, preocupa desde esta perspectiva de querer tener a los jóvenes dentro de nuestros rediles. Y ellos nos están pidiendo otra cosa. Nos piden personas que no vivan ahogadas por el “hacer”, sacerdotes y catequistas que no vivan al límite de las 24 horas de cada día, pastoralistas y profesores con algo de oxígeno para acompañarles sin más, para “perder tiempo” con ellos. Hoy no podemos. Porque los que tenemos que hacer eso estamos embarcados en mil proyectos eclesiales, todos muy necesarios claro: misas, clases, reuniones, comisiones, equipos, etc., etc., etc. Escuchar y acompañar para los ratos libres… ¡¿Qué ratos libres?! ¡¿Los que no tenemos?! Pues habrá que priorizar hermanos. O una cosa o la otra.

Los jóvenes nos los dicen: “Se ha de salir fuera de nuestras estructuras eclesiales para escuchar. Promover nuevos espacios, más apertura y acoger sin enjuiciar”. Y salir no es simplemente algo físico sino también conceptual, racional, afectivo… No se trata de dejar de creer en lo que creemos ni de adulterar o rebajar el mensaje evangélico (que rebajamos tantas veces cuando nos conviene, por cierto) sino de estar dispuesto a encontrarse con el joven que no está, que piensa diferente, que busca algo pero no sabe qué, que tiene unas problemáticas y preocupaciones distintas a las de antes, cuyas familias no son iguales a las que conocimos tiempo atrás y que viven en una sociedad inmensamente más abierta, horizontal, líquida y tecnológica que aquella en la que nosotros vivimos. Esto requiere tiempo. Y recursos. Pues venga. ¿Dónde están los coordinadores de pastoral y sus equipos? ¿Y las curias de las Congregaciones? ¿Y los equipos diocesanos, las delegaciones, las parroquias con sus párrocos, delegados, vicarios y obispos al frente? Pues vengan. Tienen encima de la mesa el diagnóstico. ¿Qué piensan hacer? ¿Una política de mantenimiento con corchos llenos de propuestas a las que sólo acuden adultos y mayores? ¿Pensamos seguir sólo convocando y quejándonos de que estos jóvenes no vienen a nuestros cursos de Biblia, a nuestras peregrinaciones a Fátima, a nuestros encuentros parroquiales? ¿O vamos a romper con algunas cosas para tener personas y tiempos suficientes para salir ahí afuera y escuchar, conocer, estar? La evangelización hoy no es automática. Requiere presencia, relación, confianza, lazos, al estilo de lo que El Principito le explicaba al zorro. Con las fuerzas tal como las tenemos hoy empleadas… no es posible. Lo siento. Por muy creativos que seamos. Así que hay que optar. Hay que dejar algo viejo para crear algo nuevo.

No lo vamos a cambiar todo de un día para otro. Pero necesitamos que cuanto antes se pongan en marcha los mecanismos que nos permitan mover piezas de unos ámbitos a otros. Necesitamos personas entregadas y formadas en comunicación, en redes sociales, en doctrina social de la Iglesia, en acompañamiento y discernimiento. Sin quitar importancia a lo que hoy tenemos entre manos, algo debe ser puesto en un segundo plano si no queremos una Iglesia anciana y moribunda dentro de 20 años.

¿Lo conseguiremos? Mi esperanza no puede ser mayor. Empezando por mí mismo. Huele a cambio. Huele a una nueva Galilea.

Un abrazo fraterno.
Santi Casanova. Laico escolapio
@scasanovam

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