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ACTUALIDAD DIOCESANA

19/11/2017

I Jornada Mundial de los Pobres. Crónica de una eucaristía emocionada

Fructuoso Mangas | Conocía yo de antemano el guión y los pasos y gestos de la celebración y aun con eso la viví con emoción y con profundidad. Es cierto que la causa de los pobres, a poco que se apure la jugada, arrastra y emociona, pero también se nos convierte a veces en tema manido que nos resbala. Por el testimonio de bastantes personas hubo en esta ocasión una fuerte experiencia personal y comunitaria de comunión y de sentimiento compartido ante el problema de la pobreza y el hambre en el mundo, cerca y lejos.
La iglesia de San Martín se quedó pequeña y hubo personas que se marcharon al no encontrar lugar adecuado. Era una Asamblea numerosa y compacta, comprometida y variada, participando con atención en cada paso. El Coro diocesano, con su habitual estilo de viveza y sentimiento, le dio a la celebración una especial calidad de fuerza y participación.
Y dentro de este campo de lo externo y de la percepción a simple vista destaca la participación de más de veinte personas en las distintas partes de la Eucaristía, con una innegable belleza estética y litúrgica en más de un momento. Quizás fue demasiado larga por la excesiva duración de dos o tres espacios, pero la seguimos todos, a la vista de las opiniones, con frescura y devoción a pesar de ese exceso de tiempo.

Mirar a los pobres y ponernos de su lado

En todo caso quiero destacar tres cosas que me parecen las más relevantes.
En primer lugar que la Celebración por su significado y su intención expresaba la decisión muchas veces confirmada de nuestra diócesis de mirar a los pobres y ponernos a su lado, de los de lejos y de los de cerca. No dejaba de ser un gesto cargado de sentido diocesano y de intención compartida al responder a la llamada del Papa Francisco en esa primera Jornada Mundial por los Pobres. Allí estaba nuestra diócesis manifestando una intención, una prioridad pastoral y la opción por el amor a los más pobres. Me pareció un momento privilegiado, a pesar de las obligadas ausencias. Era una forma de responder a la llamada del Papa con esta Jornada Mundial de los Pobres y de comprometernos una vez más a lo que expresaba el Documento de convocatoria citando al apóstol Juan: «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras». Cuantos estábamos allí y cuantos no pudieron ir quisimos que aquella Eucaristía fuera compromiso levantado en alto de un amor no de palabra sino con obras y en verdad.
Otro elemento importante es que cabe esperar que las personas que participaron se sintieran llevadas, y así quizás lo prometieron, a un amor mayor a los más pobres, a una sensibilidad más viva ante la injusticia y la desigualdad y a una participación más activa en los grupos y acciones que en la diócesis trabajan en ese campo. También de esto se trata y eso buscamos entre todos, una sociedad más justa y un mundo más humano en los que todos tenemos parte y trabajo. Y hay campos y espacios para todos y que necesitan de la mano y de la presencia de todos.
Y no fue lo menos significativo el hecho de que participaran en la Celebración, además de los sacerdotes y fieles, más de veinte personas en distintos momentos y gestos. Cada uno puso parte y además con calidad y precisión a pesar de que casi ni hubo tiempo de ensayos y acuerdos; desde las Hijas de la Caridad hasta la Pastoral de Prisiones o el Comedor de los pobres, desde la Delegación de Pastoral Social hasta Cáritas o Manos Unidas, desde Ranquines hasta las Conferencias de San Vicente o Misiones o las diferentes parroquias que participaron y los que me dejo por la prisa de una crónica de urgencia. Es importante, me parece a mí, esta unión aunque sea en algo tan inicial y tan hacia dentro, como signo perceptible de la comunión en la caridad y en la lucha por una sociedad más justa y un mundo sin hambre y sin pobreza.
Y al final la Asamblea, en un gesto final cargado de sentido y de intención, salió a la plaza y allí levantó de nuevo las cinco flores y los cinco gritos por los pobres del mundo y por una tierra en paz y con justicia para todos. Las escalerillas de la plazuela eran el mostrador perfecto para los cinco cirios de perdón y las cinco flores del compromiso por los pobres.
Y nos fuimos en paz y, así lo esperamos todos, con algo nuevo y hermoso por dentro.

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