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ACTUALIDAD DIOCESANA

28/03/2018

Mensaje del Obispo de Salamanca con ocasión de la Semana Santa

“Hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3, 14)

 

A través de ‘Comunidad’  hago llegar a la comunidad diocesana una fraternal exhortación a entrar en la Semana Santa con la firme decisión de llevar a término el camino de conversión que nos propuso el Papa Francisco en su Mensaje para la Cuaresma, de manera que las celebraciones de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo sean una real participación en su Misterio Pascual. Expresamos la continuidad y la novedad. La Pascua transforma la tarea cuaresmal de vigilar el amor en anuncio gozoso del don del amor.

Con la cita de Mt 24,12:  “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”, el Papa nos exhortó a cuidar que no se enfríe en nosotros el amor, contagiados por la maldad que nos rodea.

Falsos profetas difunden mentiras a diario y nos tienden trampas bajo diversas formas de apariencia de bien y de verdad. Aprovechan las emociones y sentimientos para llevar a las personas adonde ellos quieren y hacerlas esclavas. La fascinación del placer momentáneo, del dinero y del lucro al servicio exclusivo de los propios intereses; la autosuficiencia egoísta, que acaba encerrando en la soledad; la búsqueda de soluciones fáciles e inmediatas para los problemas y sufrimientos, que resultan inútiles y agravan las situaciones hasta grados extremos.

Foto: Óscar García

Cada uno de nosotros está llamado a discernir y a examinar en su corazón en qué medida está amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en lo inmediato y superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios.

Más en concreto, el Papa nos animaba a preguntarnos: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Y nos recordaba que lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, “raíz de todos los males” (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia contra quienes consideramos una amenaza para nuestras certezas e intereses indiscutibles: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos, que en el designio de Dios cantan su gloria, se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras parroquias y comunidades. Las señales más evidentes de esta falta de amor son: la indiferencia y pasividad egoístas, la búsqueda exclusiva de los propios intereses, el afán de protagonismo y de poder, los enfrentamientos con los hermanos, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente y efímero.

Ante estos peligros y tentaciones de frialdad del amor cristiano, la Iglesia nos ha ofrecido en la Cuaresma el remedio de la oración, la limosna y el ayuno. Y ahora, en la Semana Santa, nos llama a hacerlo plena realidad en la comunión con Jesucristo crucificado y glorioso. En esta Semana tenemos la ocasión de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas, con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, y pueda buscar y encontrar la verdad y el consuelo en Dios, nuestro Padre. El Jueves Santo, día de la Eucaristía y del amor fraterno, es tiempo especialmente oportuno para experimentar la alegría de compartir los bienes con los hermanos más necesitados y vencer la tentación de la codicia, que nos encierra en el triste egoísmo. El Viernes Santo, día penitencial por excelencia, en comunión con el sacrificio de Jesucristo en la Cruz, la práctica del ayuno y la abstinencia fortalece nuestra libertad interior para el bien y nos hace crecer en el amor; nos permite compartir los sentimientos de los que pasan hambre y nos ayuda a tener hambre y sed de la justicia de Dios.

De todas estas formas, la Semana Santa lleva a su meta el camino de la Cuaresma y nos llama a volver a Jesús, a acoger su gracia de reconciliación, a abrirle el corazón y la vida entera para que él los llene de su alegría, que procede de la gracia de la reconciliación, es decir de su salvación. Entremos en este tiempo de gracia con la gozosa esperanza de volver a experimentar que somos amados por Dios con el amor más grande, absoluto e incondicional: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, pra que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). De esta experiencia del amor Salvador de Dios ha de brotar nuestro deseo y capacidad de seguir con fidelidad a Jesucristo y dar con alegría testimonio de la fe con la participación en las celebraciones liturgicas y en las representaciones procesionales de su pasión, muerte y resurrección.

Foto: Óscar García. Procesión del Encuentro.

Que el Señor resucitado nos haga partícipes de su Pascua, de su paso a la Gloria del Padre; y que nos introduzca en la Luz, la Verdad y la Vida del Espíritu Santo. Que así nos conceda la gracia de “estar” y “permanecer” en Él, “guardar” su Palabra, vivir en la unidad, y “amar de verdad y con obras” (1 Jn 3,18), como él nos ha amado. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3, 14). “En esto conocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 35).

 

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