ACTUALIDAD DIOCESANA

02/07/2018

Tiempo para descansar y compartir

El 24 de febrero de 2013, traía El Mundo un artículo con este título: “Compartir en vez de competir”. Desgraciadamente en muchas culturas se lleva lo contrario: Competir en vez de compartir. El filósofo Charles Einstein cree que hay que cambiar el concepto de dinero: ‘En las culturas tribales, el principio primordial era compartir y no competir’.

Nuestra sociedad busca comodidad y placer. Se nos enseña a competir, a consumir, y, sin embargo, no se nos dice lo más importante: el cómo vivir y cómo convivir. A estos fenómenos se los ha llamado “ordenación egocéntrica de la realidad”, “predominio de la trivialidad”. J. M. Mardones expresa así esta situación: “Esta cultura, que explota el sentido de lo emocional y de la satisfacción inmediata, directa, inevitable… pretende sumergir a la persona en la “emocionalidad” de lo inmediato, convertirla en mero receptor pasivo. Provoca la anestesia del sentido”. Se podría decir que en nuestro mundo predomina la cultura de la aspirina, del microondas y de los pañales, pues al menor dolor echamos mano de un analgésico, queremos las cosas rápidas, inmediatamente, y lo que usamos, lo tiramos.

Existe una forma muy bonita de compartir. Apareció por primera vez en Nápoles. La gente paga anticipadamente el café a alguien que no puede permitirse el lujo de una taza de café caliente. Esa costumbre ya ha salido de las fronteras de Italia y se ha extendido a muchas ciudades de todo el mundo. Puede ayudarnos a compartir con otras personas en estos meses de verano.

El valor de las cosas depende del puesto que tienen en nuestro corazón y del tiempo que les damos en nuestra vida. “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante” revela el zorro al Principito, y acaso sea bueno pararse a pensar cuál es el foco de atención que ahora nos ocupa.

Nos falta el compartir, el perder tiempo, o mejor dicho, detenernos ante el otro para admirar todo lo que es y lo que vale.

No podéis servir a Dios y al dinero, nos dice Jesús (Mt 6,24). Si “mi dios” es el amor, la sensibilidad y la ternura, la justicia, la alegría, esperanza, podré compartir; si sólo reina en mí el egoísmo, viviré compitiendo siempre. “Sufrimos demasiado por lo poco que nos falta y gozamos poco por lo mucho que tenemos” (Shakespeare).

La entrega de uno mismo hecha al ciento por uno en humanidad, en vida compartida, en familia, en casa… en comunión de vida, es la que renueva el mundo y crea verdadera riqueza. Y no hace falta dar muchas razones para justificar por qué esto es así, porque hay quien teniendo orejas no oye y teniendo ojos no ve. Es cuestión de invitación, como todo en el Evangelio. Quien lo dude no tiene más que lanzarse a la piscina de la vida y entregarse a los demás para convencerse de lo que aquí se dice.

Yo confieso que es muy poco lo que hago, pero dentro de ese poco, he visto florecer a mi alrededor los corazones de otros que a su vez se han entregado y no puedo menos que decir que entre todos se han creado lazos nuevos de cariño y complicidad no buscada pero sí encontrada, que previene y abona un experiencia de fraternidad más allá de los lazos de sangre, absolutamente gratificante y transformadora. Nada se pierde y nadie pierde aquí. Todo se transforma y todos ganamos en felicidad y bienestar.

“Hay quienes poseen poco y lo dan todo. Estos son los que creen en la vida y en su generosidad, y su cofre jamás se verá vacío” (K. Gibran).

El verano es un tiempo propicio para descansar, pero también para compartir con la familia, los amigos y otras personas.

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