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20/02/2026

La Cruz: expositor

Continuamos la serie cuaresmal que publicamos cada viernes. En esta nueva entrega, la contemplación de la Pasión del Señor nos conduce a mirar nuestras propias actitudes y a redescubrir en la Cruz el camino de la humildad y del amor que vence al mal.

 

AKBÉS

Cuando contemplamos la Pasión del Señor ponemos nuestra atención en los látigos, golpes, azotes, sangre, heridas, abucheos, espinas, clavos, lanzas y demás horrores que en ella se manifiestan. Lo hacemos como si fuese algo que ocurrió y que nosotros, piadosos, recordamos con fe y devoción.

De una parte, no podemos pensar que aquello ocurrió solo entonces y que ahora, en el siglo XXI, ya no sucede porque nos creemos civilizados y, cómo no, más humanos. Basta fijarnos en los noticiarios: no sólo porque persigan a los cristianos, sino porque muchos “inocentes” siguen sufriendo atrocidades y exclusiones de todo tipo. Esto sucede a gran escala, pero también en nuestro entorno, y no solo porque otros lo causen, también porque nosotros lo causamos. Olvidamos fácilmente que Aquel a quien decimos seguir nos dijo bien claro: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Bien podría decirse, en la actualidad, lo que dijo el Señor citando al profeta Isaías: «Él les contestó: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”» (Mc 7, 6-7).

Para expresar esto mejor, voy a referir algo que escuché a un amigo. Decía: vemos una imagen y hacemos una reverencia, o una señal de la cruz, o recitamos una oración. Ahora bien, ¿no son hechura de manos humanas las imágenes? Claro que sí. Sin embargo, las personas que son hechura de Dios,  en numerosas ocasiones, ni nos conmueven. ¿No dice el Mandamiento Nuevo:  «Amaos unos a otros como Yo os he amado»?. Y sin embargo, con escasos motivos perdemos los estribos y hacemos y decimos cualquier disparate.

Para matizar lo dicho: ¿entonces las imágenes no sirven de nada? Yo no he dicho eso —continuó mi amigo—. Y siguió: nadie confunde a su padre o madre con una foto suya y, sin embargo, le duele que otro pise la foto, la escupa o la maltrate de cualquier manera.

Así deben ser las imágenes para los cristianos. Las imágenes expresarán nuestros sentimientos en la medida en que los hayamos vivido en la vida diaria. Así conoceremos los sentimientos del Dios Encarnado y las imágenes nos ayudarán a comulgar con Él. La Cuaresma que acabamos de comenzar es un tiempo de gracia para acercarnos a la integridad y a la integralidad de nuestra fe.

De otra parte, no es verdad que lo fundamental de la Pasión del Señor sea solo  lo que ocurrió, porque, entre otras cosas, sigue ocurriendo. Lo importante y lo que, a mi juicio, debe llamar nuestra atención son las actitudes con las que el Señor vivió lo que ocurría. No solo nos revela el Señor, en su Pasión, el modo de obrar del Padre sacando la consecuencia de lo que Él mismo dice a Felipe: «Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?» (Jn 14, 9). Dicho esto, nadie puede dar lecciones a Dios y, por tanto, la conclusión es clara.

Además, en la Pasión, el Señor nos muestra también cómo obra el hombre tal cual salió de las manos del Padre, sin pecado, y cómo se ha pervertido el ser humano eligiéndose a sí mismo en lugar de a su Creador. Más aún, creyendo que puede obrar como Dios.

El pecado de soberbia que cometieron nuestros primeros padres: «La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (Gn 3, 4-5) es  el mismo que el que cometió el ángel caído. Dice el profeta Isaías profetizando contra Babilonia: «Tú decías en tu corazón: | “Escalaré los cielos; | elevaré mi trono por encima de las estrellas de Dios; | me sentaré en el monte de la divina asamblea, | en el confín del septentrión escalaré las cimas de las nubes, | semejante al Altísimo”. ¡En cambio, has sido arrojado al abismo, | a las profundidades de la fosa!» (Is 14, 13-15); y el profeta Ezequiel profetizando contra Tiro: «Esto dice el Señor Dios: Eras un dechado de perfección, | lleno de sabiduría y de acabada belleza. Habitabas en Edén, en el jardín de Dios, | revestido de piedras preciosas: […]. Fue irreprensible tu conducta | desde el día de tu creación | hasta que se descubrió tu culpa. […] Por eso te expulsé de la montaña de los dioses | como a un profano, | y te hice desaparecer de entre las piedras de fuego, | querubín protector. Por tu belleza tu corazón se hizo arrogante, | el esplendor echó a perder tu sabiduría» (Ez 28, 12-17).

Resulta evidente que las actitudes de Jesús son las contrarias a las del maligno; por eso, la cruz es la victoria del bien sobre el mal, de la humildad sobre la soberbia, de la generosidad sobre la envidia, de la caridad sobre la avaricia, de la paciencia sobre la ira, de la templanza sobre la gula, de la castidad sobre la lujuria, de la diligencia sobre la pereza. Es decir, el Hombre Nuevo queda expuesto en la cruz para que tengamos claro que el triunfo del Amor sobre el odio, del Bien sobre el mal, está realizado.

Quien queda expuesto en la Cruz, es para nosotros, una llamada:  que mirándole a Él, quedemos curados, como los que miraban a la serpiente de bronce que Moisés elevó en el desierto (Nm 21, 8). El mismo Señor se lo dice a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15).

Dice la profecía de Zacarías: «Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito» (Zac 12,10). Sin duda ninguna, la Cuaresma es la llamada a recorrer el camino del que traspasaron, pues, sin reconocerlo a Él, el mundo queda como antes de su venida y no hay norte para escapar de la soberbia y buscar la humildad. La humildad es el camino del Hijo de Dios; no recorramos el del ángel caído.

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