08/05/2026

La reciente Asamblea de la Iglesia en Castilla ha constituido un verdadero acontecimiento eclesial de primer orden, no solo por su dimensión organizativa o representativa, sino por la profundidad espiritual y comunitaria que en ella se ha vivido. Durante estos días, las distintas diócesis han compartido un mismo espacio de escucha, discernimiento y encuentro, configurando una experiencia real de Iglesia en salida que busca, con honestidad y fidelidad, situarse ante los desafíos de nuestro tiempo desde la centralidad del Evangelio. No se ha tratado simplemente de una reunión estructural, sino de un momento de gracia en el que la Iglesia ha podido mirarse a sí misma, reconocer sus heridas, acoger sus búsquedas y, sobre todo, abrirse a la acción del Espíritu que impulsa siempre hacia adelante.

En este contexto, la presencia de la Pastoral Penitenciaria de la Diócesis de Salamanca en la Asamblea de la Iglesia en Castilla ha supuesto una aportación de especial relevancia, no tanto por ocupar un espacio formal dentro de la misma, sino por lo que representa en sí misma: la encarnación del Evangelio en uno de los lugares más invisibilizados y complejos de nuestra sociedad. La cárcel, como realidad humana y social, no puede entenderse como un ámbito aislado o ajeno, sino como un espacio donde se concentran, de manera especialmente intensa, las fracturas estructurales que atraviesan nuestro tiempo. Por ello, su presencia en el marco de la Asamblea de la Iglesia en Castilla ha significado algo profundamente elocuente: la entrada de la realidad de los márgenes en el centro mismo del discernimiento eclesial.
Porque hablar de cárcel es hablar, sin ambages, de la periferia de las periferias. Es hablar de un lugar donde convergen múltiples dimensiones de vulnerabilidad: la exclusión social, la pobreza estructural, las trayectorias de vida marcadas por la precariedad, la enfermedad mental, las adicciones, la migración forzada, la ruptura de los vínculos familiares y comunitarios. La cárcel no crea estas realidades, pero las intensifica, las visibiliza y, en muchos casos, las perpetúa. Por eso, acercarse a ella desde la Iglesia no puede hacerse desde la distancia ni desde planteamientos meramente asistenciales, sino desde una profunda actitud de encarnación, de presencia sostenida, de acompañamiento real en los procesos vitales de las personas privadas de libertad.
La Pastoral Penitenciaria ha llevado a la Asamblea de la Iglesia en Castilla precisamente esa experiencia concreta, tejida día a día en el contacto directo con la vida herida, pero también con la esperanza que, de forma silenciosa y persistente, sigue abriéndose paso incluso en los contextos más adversos. No se trata de una visión idealizada, sino de una mirada profundamente realista que reconoce la dureza de la cárcel, pero que al mismo tiempo es capaz de descubrir en ella procesos auténticos de reconstrucción personal, de toma de conciencia, de búsqueda de sentido y, en no pocas ocasiones, de encuentro con Dios. Porque allí, donde todo parece cerrado, siguen naciendo caminos.
Caminos de acogida que rompen la lógica del descarte. Caminos de acompañamiento que sostienen en la fragilidad.
Caminos de reconstrucción que devuelven a las personas la posibilidad de una vida digna.
Y en esos caminos se hace visible el núcleo mismo del Evangelio, no como un discurso, sino como una experiencia viva que interpela y transforma. Así lo expresa con claridad el Evangelio de Mateo cuando pone en boca de Jesús estas palabras: “Estuve en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,36). Esta afirmación no puede reducirse a una dimensión simbólica o espiritualizada; constituye, en realidad, un criterio decisivo para la autenticidad de la vida cristiana y para la configuración misma de la Iglesia.
Esta fidelidad al Evangelio exige también una mirada honesta sobre la realidad penitenciaria. En este sentido, no puede dejar de mencionarse la situación de las mujeres en prisión, donde todavía se perciben desigualdades estructurales derivadas de un modelo históricamente configurado desde parámetros masculinos. Aunque no sea la única problemática, sí constituye un ámbito que interpela directamente al principio de igualdad y que reclama una atención específica desde la justicia y la dignidad humana.
La experiencia vivida durante la Asamblea de la Iglesia en Castilla ha estado marcada, además, por una profunda vivencia de comunión. Una comunión que no ha sido meramente formal, sino que ha encontrado su raíz en aquello que define a la Iglesia desde sus orígenes. Como recogen los Hechos de los Apóstoles, “la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Esta unidad, lejos de uniformizar, ha permitido integrar la diversidad de realidades, carismas y sensibilidades, reconociendo que todas ellas forman parte de una misma misión compartida.
Y es precisamente desde esa comunión desde donde adquiere pleno sentido lo acontecido: no ha sido solo la Iglesia la que ha mirado hacia las periferias, sino que las periferias han irrumpido en el corazón de la Iglesia. La realidad de la cárcel, acompañada desde la Pastoral Penitenciaria de la Diócesis de Salamanca, ha dejado de ocupar un lugar marginal para situarse en el centro del diálogo, del discernimiento y de la proyección pastoral dentro de la Asamblea de la Iglesia en Castilla. Este hecho no es menor; supone un cambio de perspectiva que afecta directamente a la forma en que la Iglesia se comprende a sí misma y articula su misión.
Sin embargo, sería un error interpretar la Asamblea de la Iglesia en Castilla como un punto de llegada. Muy al contrario, constituye un punto de partida que abre un horizonte de responsabilidad ineludible. El verdadero desafío comienza ahora: traducir lo vivido en procesos concretos, hacer que la experiencia de comunión se encarne en la vida cotidiana de las diócesis, de las parroquias, de las comunidades. No basta con haber discernido; es necesario actuar, comprometerse, sostener en el tiempo aquello que ha sido intuido como camino.
En este proceso, la aportación de la Pastoral Penitenciaria se revela especialmente significativa. Porque recuerda, con claridad y sin concesiones, que la misión de la Iglesia no termina en el momento en que una persona recupera la libertad. El verdadero desafío comienza, en muchos casos, en ese instante: en el “después”, en el retorno a la sociedad, en la reconstrucción de la vida. Y ahí se pone en juego una verdad esencial: no basta con que alguien salga de la cárcel; es necesario que haya una comunidad que le espere, que le acoja, que le acompañe.
Esta convicción conecta directamente con el modo de vida de las primeras comunidades cristianas, que “perseveraban en la comunión” (Hch 2,42) y hacían de la acogida un signo distintivo de su identidad. Hoy, esa llamada sigue plenamente vigente y constituye uno de los grandes retos para la Iglesia contemporánea.
La Asamblea de la Iglesia en Castilla ha sido, en definitiva, un tiempo de gracia en el que se ha experimentado de manera clara la acción del Espíritu —ese Espíritu que impulsa, que sostiene y que envía— y que sigue abriendo caminos nuevos en medio de realidades complejas. Un Espíritu que ha tejido vínculos, ha despertado inquietudes y ha sembrado horizontes de esperanza.
Ahora, ese impulso debe traducirse en compromiso real.
Un compromiso que pasa por no olvidar a quienes permanecen tras los muros, por no invisibilizar las desigualdades que se producen en su interior, por no reducir la misión de la Iglesia a los espacios de confort. Un compromiso que exige situarse, con decisión, allí donde la vida duele, pero también donde la gracia actúa con una fuerza especial.
Porque cuando la Iglesia se acerca a la cárcel, no solo transforma la realidad. Se transforma a sí misma. Y redescubre, con una claridad renovada, dónde late su verdadero corazón.
Hoy, desde la comunión vivida en la Asamblea de la Iglesia en Castilla, se abre un tiempo nuevo en el que las periferias no solo han sido escuchadas, sino reconocidas como lugar esencial de la misión.
La tarea es inmensa. Los desafíos son profundos. La responsabilidad es ineludible.
Pero la certeza es aún mayor: cuando el amor de Dios guía la historia, no hay periferia que quede fuera, no hay herida que no pueda ser abrazada, no hay vida que no pueda ser reconstruida.
Y es desde ahí, desde esa certeza radical, desde donde la Iglesia está llamada a situarse. No en la comodidad de sus límites, sino en la verdad de su misión.
Porque el centro… comienza siempre en los márgenes.
Samuel Huesca Triano, jurista especializado en derecho penitenciario, voluntario de Pastoral Penitenciaria
