27/02/2026

En el aprendizaje humano, que comienza con la infancia y prosigue toda la vida, se nos enseña a hablar, a escribir; ¿pero se nos enseña a escuchar? El pueblo de Israel era un pueblo de la escucha. Todos los días recitaban: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-9). La Iglesia es también un pueblo de la escucha, aprendida en la escuela de su Maestro: Jesús.
Y hoy, tras el comienzo de un siglo lleno de oportunidades, pero también de retos, parece que cada vez más estamos llenos de heridas, soledades, de crisis vitales, duelos profundos… Cuando nos llega la enfermedad y el dolor, la muerte de un ser querido, o la droga y la cárcel se meten en casa de rondón, por situaciones inexplicable, ¿a quién me dirijo? ¿Quién me escucha? La sociedad actual, llena de digitalización, en pleno auge de la inteligencia artificial, está también transida por la convulsión política internacional, una crisis económica prolongada (2008), el auge de populismos, el aún no asimilado miedo al contagio del virus (COVID) y lo que impactó en la conciencia de los niños y jóvenes que lo vivieron en un confinamiento. No sabe qué hacer con el dolor, la muerte, la soledad, la angustia y la enfermedad mental.
Los poderes políticos, culturales, sociales, también se sienten sobrepasados en este cuidado interno de la persona. Es verdad que con medios que, con frecuencia, son técnicos, y que son muy buenos profesionales quienes los realizan; pero les falta ofrecer un sentido de vida que escuche, atienda, acompañe, tome de la mano y señale un horizonte de sentido. “¡Nadie me escucha!”. Asimismo, los tradicionales canales familiares y vecinales han perdido el vínculo de conexión y cohesión social ante estas situaciones. “No llego”, “me es imposible”, “no tengo tiempo”… Y es verdad, también las familias están llenas de prisas; los barrios viven el desmantelamiento de lo asociativo y comunitario; y los pueblos, en ocasiones, restos de un naufragio de toda una cultura de solidaridad extinguida.

Este es un tiempo de una nueva oportunidad. La nada es el lugar de mayor novedad. La Iglesia diocesana, con este nuevo Centro de Escucha, puede preparar a discípulos de Jesús, unidos a los hombres y mujeres de buena voluntad, y contar con profesionales que desde un humanismo creativo, lúcido, bien pensado y formulado, ofrezcan espacios de escucha que levanten y tomen de la mano a hombres y mujeres, desde sus fortalezas, hacia una vida nueva e incorporada a una comunidad nueva, para mostrar que la humanidad caída ha sido “restaurada en Cristo”, Hombre nuevo.
Este Centro de Escucha puede ayudarnos en los próximos años, mediante un programa de formación, a formar hombres y mujeres, “expertos en humanidad y contemplativos en el corazón de Dios”, para servir:
En el campo de la salud y del dolor, así como el de la muerte y el duelo posterior. Ofrecer escucha y atención continuada es un cometido de este Centro de Escucha. La Pastoral de la Salud, la Pastoral del Tanatorio, y la Pastoral Penitenciaria encontrarán aquí un lugar de referencia para ayudar a personas necesitadas de una escucha prolongada. Y, con la programación y formación anual, hallarán también un espacio de formación continuada para la formación de laicos.
Y, por resumir, para no hacernos largos, para quienes sufren enfermedad mental; para los privados de libertad, los presos; y los que viven en una soledad no deseada. Personas todas ellas destinatarias de una dedicación evangelizadora de primer orden por parte de nuestra Diócesis. El libro de Noreena Hertz, El siglo de la Soledad [1], ofrece un buen análisis al señalar que grandes grupos de la sociedad actual no son escuchados y se sienten solos y desatendidos por una sociedad que prescinde de ellos. Son colectivos de pobreza, de exclusión social, de enfermedad mental, de soledad rural y la soledad del anonimato de las ciudades. Todos ellos perciben un “distanciamiento social” y “sentimientos de marginación”, “sensación de invisibilidad”, “exclusión social y aislamiento provocado”, más “la impotencia e inutilidad de sus vidas”, que dañan grandemente a la persona y necesitan ser escuchados.
El documento final del Sínodo de la Sinodalidad invita a las Iglesias locales, a las Diócesis, a una pastoral de la escucha y a “promover su experimentación y desarrollar modelos”. Este Centro de Escucha es un modelo. Hemos de proseguir. Y anima al discernimiento con el fin de crear un “ministerio de la escucha y acompañamiento”[2], destinado a los que están al margen del recinto eclesial, sienten la lejanía de Dios o le buscan sinceramente. Siguiendo a un teólogo, “este acompañamiento personal será una función pastoral central para la Iglesia en la tarde de la historia cristiana”[3]
Muchas gracias a todos los que han hecho posible este Centro: la Diócesis, Cáritas Diocesana y Centro de Humanización de la Salud San Camilo. Es una gracia para la diócesis salmantina.
Tomás Durán Sánchez, vicario general
[1] Cf. Noreena Hertz, El siglo de la soledad. Recuperar los vínculos humanos de un mundo perdido. Barcelona, PAIDOS, 2021.
[2] Cf. XVI Asamblea del Sínodo de Obispos, Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Documento final, n. 78. Roma 2024.
[3] Cf.Tomas Halik, La tarde del cristianismo. Barcelona, Herder, 2023. Pág.259.