20/03/2026

Al llegar el quinto domingo de la cuaresma, Betania es el escenario de la sentencia a muerte de Jesús.
Mientras la doblega con su poder divino en el cuerpo primero enfermo y luego dormido en el sepulcro de su amigo Lázaro, su muerte humana es decidida por los que no eran capaces de reconocer en sus signos la manifestación de la gloria de Dios.
Mientras Marta confiesa su fe en la resurrección de la carne, Jesús mismo se revela como la resurrección y la vida y ella lo aclama como Cristo e Hijo de Dios.
Mientras María llora, Jesús también lo hace ante la tumba de su amigo, y al contemplar ese momento podemos recordar cuántas veces hemos llorado ante la muerte de nuestros seres queridos, de un hermano como le sucedía a Marta y María, de un buen amigo como lo era de Jesús.
Y también podemos pensar en nuestra propia tumba, en nuestra propia muerte, y confesar la esperanza en la resurrección, porque Cristo mismo es la resurrección.
Para esto nos estamos preparando en el camino cuaresmal, un itinerario en el que toda la comunidad diocesana ha sido invitada, más que nada, a pensar en su propia vocación, en su personal llamada.
La compartida por todos es la bautismal, que renovaremos en la noche santa de la Pascua.
La pila bautismal es nuestra primera tumba: allí morimos al pecado y nacemos para la vida como hijos de Dios. Lázaro la experimentó en las palabras de Jesús: “Sal afuera”.
Un día tendremos otra tumba de la que también saldremos, en la resurrección del último día. Para esto Jesús nos desata y nos deja andar, para que andemos como hijos de la luz, llevando su Cruz y la nuestra camino de nuestra Pascua que es el mismo Cristo.
Tomás González Blázquez