26/06/2026

Con ocasión de que este lunes celebramos la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, os invito a rememorar el aún reciente paso del papa León entre nosotros. Los medios de comunicación lo valoraron como una experiencia profunda y una huella social que ha emocionado y sorprendido a muchos, creyentes y no creyentes.
Ahora que ha pasado, pensando desde dónde podríamos rumiar nosotros los católicos este acontecimiento, me vino a la memoria este dicho de Cicerón, que después hizo suyo San Jerónimo: “La cara es el espejo del alma”. Me parece una perspectiva sugerente que, aplicada a nuestro propósito, nos lleva a preguntarnos: ¿A través de “su rostro”, su mirada y sonrisa, su escucha y palabra, su plan de viaje y sus gestos, su manera de hacerse presente y relacionarse con la gente, qué nos ha transmitido León XIV? Como sucesor de Pedro y cimiento de la Iglesia, ¿qué “alma eclesial” nos ha revelado en su paso por Madrid, Barcelona y las Islas Canarias?
Creo que, en todo eso, él nos ha hablado de su modo de comprender la Iglesia y la misión de ésta en el mundo de hoy. Ha predicado con el ejemplo. Y nos ha llamado a una conversión espiritual, eclesial y pastoral que podríamos expresar en estos diez acentos evidentes en su viaje:
Una Iglesia cristológica y trinitaria, desde una teología y espiritualidad “de ojos abiertos”, que busca servir a Jesús entre los últimos de la sociedad… Una Iglesia de praxis no fragmentada, que sabe unir oración profunda, liturgia viva y solidaridad implicativa… Una Iglesia misionera y samaritana, más allá del afán por mantener la institución… Una Iglesia que se acerca a todas las personas y ámbitos sociales, sin miedo ni pretensiones de poder, en actitud de diálogo… Una Iglesia tan respetuosa de la diversidad como promotora de la unidad, la propia y la social… Una Iglesia convencida y convincente de la centralidad incondicional de la dignidad humana… Una Iglesia interesada no en ocupar espacios, sino en impulsar procesos realmente humanizadores… Una Iglesia encarnada, que escucha y acompaña a todos -niños y jóvenes, adultos y mayores- en sus cruces y esperanzas concretas… Una Iglesia que escucha la voz de Dios en la realidad de los inmigrantes y refugiados, más allá de las fronteras nacionales o raciales… Una Iglesia despierta y activa, inmersa en los temas actuales, capaz de caminar con otros y buscar juntos la presencia del Reino de Dios que ya está entre nosotros.
Cambiad en todas estas frases la palabra “Iglesia” por la palabra “Papa” y veréis que todo encaja. León XlV nos ha revelado que está gestando un proceso de integración entre su propio estilo personal -que todavía estamos conociendo- y los acentos de sus antecesores: la apertura al mundo de Juan XXIII, la actitud de diálogo de Pablo VI, la sonrisa amable de Juan Pablo I, la fuerza viajera de Juan Pablo II, el discurso profundo de Benedicto XVI y la mirada social de Francisco. Y, como no, el compromiso histórico de su tocayo León XIII.
Con la singular asistencia del Espíritu Santo al ministerio petrino en la Iglesia, este papa nos ha mostrado, que ciertamente, “la cara es el espejo del alma”, como decía el filósofo romano. Y también hemos visto en él lo que hoy nos descubre la neurociencia, que entre nuestra expresión corporal y nuestro ser más profundo hay una relación bidireccional: expresamos lo que somos, y somos lo que expresamos. Que el papa León -tan petrino como paulino- siga llamándonos a ser Iglesia de comunión y misión como lo ha hecho en su reciente visita. Y que nosotros no le perdamos la pista, que sigamos atentos a la luz que nos está mostrando, que es doble y única a la vez: “León XIV y el alma de la Iglesia”.
Mariano Montero, párroco de Santa Marta de Tormes