06/02/2026
Tras el sermón de la montaña que escuchamos el domingo pasado, en el que las bienaventuranzas precisan el horizonte de la felicidad verdadera y definitiva a la que estamos llamados, Jesús nos exhorta a ser la sal y la luz en medio de los hombres.
Salados y salerosos nos quiere Dios para salir a anunciar su Evangelio. La sal garantiza la conservación, la perdurabilidad, y también el sabor, la esencia auténtica. Si se diluye, si se vuelve soso, ya no es Evangelio, ya no seremos verdadera sal que sala la tierra.
Del mismo modo, nos llama a ser luz, pero no por nosotros mismos, sino como reflejo de la Luz de Cristo, que es luz de los pueblos, como celebrábamos el lunes pasado en la Fiesta de la Presentación del Señor, las Candelas.
Unidos a Cristo por el bautismo, el brillo de la luz del cirio pascual, que nos habla de su presencia resucitada, nos recuerda también que somos hijos de la luz caminando entre las tinieblas de este mundo, puestos ante una sucesión cotidiana de encrucijadas.
A veces, confundidos en la oscuridad de la noche de nuestro egoísmo, perdidos por la ceguera de nuestra vanidad, caminamos a tientas, cuando hacemos como si la Luz de Cristo estuviera escondida, oculta a la venda que cubre nuestros ojos.
En otras ocasiones, afianzados en la claridad del día, dóciles a la gracia de Dios que obra con fortaleza en nuestra debilidad, conseguimos iluminar a los demás, cuando trasparentamos el bien, la verdad y la belleza que el Señor irradia.
Sin otro propósito que, abiertos los ojos por esa luz que ya nunca se apaga, den gloria a nuestro Padre que está en los cielos.
Tomás González, médico y cofrade