13/03/2026

El Evangelio de este domingo, 15 de marzo (Jn 9, 1-38), relata la curación de un ciego de nacimiento. Este ciego anónimo era también un mendigo.
Al pasar, lo vio Jesús. Untó sus ojos con barro y le instó para que se lavara en la piscina de Siloé. “El ciego se lavó y volvió ya viendo”, nos dice san Juan.
Los vecinos, que lo vieron curado, se extrañaban de que pudiera ver y se preguntaban si sería él u otro que se le parecía.
Llevado finalmente ante los fariseos, éstos lo vieron y le interrogaron. El mendigo antes ciego relató cómo había recobrado la vista. Contrariados porque la curación había tenido lugar en sábado, los fariseos volvieron a interrogar al mendigo y éste les contestó: “Si Éste no viniera de Dios no podría hacer nada”.
Me llama la atención la controversia que causó esta curación. Lo lógico hubiera sido, creo yo, que todos celebraran el milagro, pero según el relato de san Juan vemos que no fue así.
Y distingo entre ellos tres formas de ver:
Y me duele la mirada de los fariseos: “¿Has nacido completamente empecatado y nos vas a dar lecciones a nosotros?”.
Me parece que estos fariseos eran también ciegos, padecían la ceguera de no saber mirar más que a sí mismos y sus intereses. Estos fariseos ni veían a Jesús como Hijo de Dios ni querían verlo.
Perdónanos, Señor, por las veces que vemos y miramos desde la sospecha; por las veces en que, por parecer nosotros mejores, despreciamos a los demás, como estos fariseos. Perdón por tantas veces que vivimos en tinieblas.
Pido, pidamos todos al Señor, que nos dé con su Luz una mirada limpia como la suya, una mirada que no se fije en las apariencias, una mirada capaz de ver al hermano en su necesidad para querer aliviarla y en su promesa para querer ayudarle a lograrla.
Mercedes Marcos, Talleres de Oración y Vida