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16/03/2026

Salamanca vive el envío final de su Congreso de Vocaciones

El encuentro diocesano se despidió con un emotivo repaso a lo vivido en el colegio Calasanz, el testimonio de varios participantes y una marcha animada por la Escuela de circo Santiago Uno antes de la eucaristía final en la Catedral

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

El Congreso Diocesano de Vocaciones vivió este domingo, 15 de marzo, su última jornada en el colegio Calasanz con un clima marcado por la gratitud, la alegría compartida y el envío. Tras dos días intensos de reflexión, testimonios, talleres, oración y convivencia, los participantes volvieron a reunirse para cerrar juntos esta experiencia que ha querido ayudar a la diócesis de Salamanca a hacerse una pregunta fundamental: “¿Para quién vivo?”.

La mañana comenzó con la acogida de los asistentes en el salón de actos del colegio, donde poco a poco fueron ocupando sus asientos quienes habían participado durante el fin de semana. El ambiente era distinto al de los días anteriores: había algo de despedida, pero también la sensación de haber vivido algo importante juntos.

Como en otros momentos del Congreso, el humorista Martín Luna, conductor del encuentro, volvió a tomar la palabra con su tono cercano y desenfadado para dar inicio al último acto en el colegio. Entre bromas y comentarios sobre la intensidad del fin de semana, preparó a los asistentes para uno de los momentos más emotivos de la mañana: la proyección de un vídeo resumen con algunas de las imágenes más significativas de estos días.

Un vídeo para revivir lo vivido

El vídeo recorrió, en pocos minutos, los momentos más destacados del Congreso: la inauguración, las ponencias, los talleres, la vigilia de oración, los encuentros informales entre participantes y el concierto de la noche anterior.

Las imágenes, acompañadas de música, provocaron sonrisas, comentarios entre los asistentes e incluso algún silencio emocionado al reconocerse en ellas. Para muchos fue la oportunidad de tomar conciencia de la intensidad de lo vivido y de cómo, en apenas dos días, la diócesis había compartido una experiencia de encuentro que difícilmente se olvida.

Tras la proyección del vídeo, Martín Luna invitó a subir al escenario a cuatro participantes para conversar con ellos sobre su experiencia del Congreso. Sentados junto a él, Candela, Luis, Tomás y María Victoria representaban realidades muy distintas dentro de la diócesis: juventud, vida laical, profesión sanitaria y vida religiosa. La conversación comenzó con una pregunta sencilla: ¿Cómo habían vivido estos días?

Compartido en familia

Tomás, médico, destacó la riqueza del encuentro para toda la diócesis. Explicó que el Congreso no solo ha sido importante para quienes han participado presencialmente, sino también para quienes han acompañado desde la oración o esperan ahora escuchar lo que aquí se ha vivido. Para él, además, había tenido un significado muy especial al poder compartirlo en familia, junto a su mujer y sus tres hijos, algo que no daba por hecho y que terminó convirtiéndose en una experiencia muy valiosa también para ellos.

Candela, estudiante de Bachillerato, expresó con espontaneidad la sorpresa que le había producido encontrarse con tanta gente distinta compartiendo unos mismos días. Para ella, uno de los momentos más enriquecedores fueron los talleres, donde pudo escuchar testimonios de personas que viven su fe y su vocación en ámbitos muy diferentes. Escuchar esas experiencias le ayudó a descubrir que la llamada de Dios puede vivirse en muchos caminos y realidades distintas.

María Victoria, religiosa de las Misioneras de la Providencia en Ciudad Rodrigo, describió el Congreso como una auténtica fiesta diocesana. En su intervención resaltó cómo Salamanca ha sabido recoger el impulso del Congreso Nacional de Vocaciones y hacerlo cercano a la realidad local. Destacó especialmente la diversidad de carismas presentes durante estos días y recordó que la vocación atraviesa toda la vida de la Iglesia: desde los niños hasta los adultos, desde los laicos hasta la vida consagrada o el sacerdocio.

Junto a tantas personas sencillas

Luis, jardinero, aportó una de las reflexiones más evocadoras del encuentro. Definió el Congreso con palabras como alegría, emoción y fuerza para seguir adelante, y confesó que lo que más le había impresionado era escuchar a tantas personas sencillas compartir su experiencia vocacional con naturalidad. Para él, lo vivido recordaba al relato de los discípulos de Emaús: esa sensación de que algo arde en el corazón después de haber escuchado y compartido el camino.

Durante la conversación también apareció una idea repetida por todos: el Congreso no termina aquí. Cada uno tendrá que llevar ahora lo vivido a su propio ambiente. Candela hablaba de contarlo a sus compañeros de clase. Tomás pensaba en compartir la experiencia con sus compañeros del centro de salud. María Victoria en transmitirlo a los alumnos en el ámbito educativo. Y Luis decía con sencillez que lo primero que haría al comenzar el día sería dar gracias a Dios y compartir lo vivido con sus compañeros.

Las intervenciones fueron acogidas con aplausos y con el mismo clima de cercanía que ha caracterizado todo el Congreso. Antes de cerrar el encuentro en el colegio, Martín Luna quiso agradecer el trabajo de los voluntarios, de los equipos técnicos y de la Mesa de Vocaciones que ha impulsado el Congreso. También agradeció al obispo y a toda la diócesis la acogida recibida durante el fin de semana. Reconoció que para él había sido una experiencia distinta a otros eventos en los que suele participar, pero profundamente enriquecedora. “Mi vocación es sacar una sonrisa y hacer felices a los demás”, confesó ante los asistentes, agradeciendo haber podido vivirla también durante estos días.

Una peregrinación festiva por las calles de Salamanca

Tras este último momento en el colegio Calasanz, los participantes se dispusieron a iniciar la marcha hacia la Catedral, donde tendría lugar la eucaristía final del Congreso. La salida se convirtió pronto en una peregrinación festiva por las calles de Salamanca, animada por la Escuela de circo de Santiago Uno, cuyos malabares, percusión, zancudos y propuestas escénicas llenaron de color y dinamismo el recorrido.

La marcha se convirtió en un gesto simbólico: una Iglesia que camina unida, que sale a la calle y que celebra la vida con alegría. Entre música, risas y conversaciones, los participantes avanzaron juntos hacia la Catedral con la sensación de haber vivido algo que ahora debía continuar en la vida cotidiana.

Ya en la Catedral, la celebración comenzó con una monición inicial que situó el sentido de ese momento: después de lo vivido en el Congreso, la diócesis llegaba a su iglesia madre para dar gracias a Dios por todo lo escuchado y experimentado, poniendo de nuevo la vida delante del Señor.

Distintas vocaciones

Desde el inicio se quiso expresar visiblemente la riqueza del pueblo de Dios. En la procesión de entrada acompañaron al obispo representantes de distintas vocaciones presentes en la Iglesia —matrimonio, sacerdocio, vida consagrada, laicado y misión—, cada uno portando una vela de distinto color como signo de la diversidad de llamadas con las que Dios sigue iluminando la vida eclesial.

En la homilía, el obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana, trazó una síntesis profunda del sentido del Congreso. Lo definió como una fiesta diocesana y también como un canto a la belleza de la vocación, recordando que desde Pentecostés el Espíritu Santo sigue repartiendo en la Iglesia dones, ministerios y carismas para la misión.

Frente a las preguntas que dominan la sociedad actual —quién soy, cómo realizarme, cómo alcanzar mi bienestar—, el obispo presentó la vocación como un giro radical de perspectiva. “Te has parado a pensar —preguntó— que entre millones de personas tú eres único, solo tú eres tú, que Dios te ha soñado, que ha pensado en tu nombre y ha pensado un camino, una tarea para tu vida?”.

Una llamada a la existencia de Dios

En su predicación insistió en que la vida no es fruto del azar ni una simple sucesión de hechos sin dirección, sino que ha sido querida y llamada a la existencia por Dios. “La vida humana no es solo algo que ocurre, es algo que se recibe como un mensaje”, afirmó. A su juicio, el gran drama contemporáneo no es solo el sufrimiento, sino la pérdida del sentido, vivir sin saber para qué.

Desde ahí recordó que el ser humano es, en su raíz más profunda, un ser amado y por eso mismo llamado. “Siempre que Dios ama, llama, y como Dios siempre está amando, siempre está llamando”, dijo. De este modo, la vocación no se reduce a una elección personal, sino que es ante todo un regalo que se acoge y se agradece.

Mons. Retana subrayó además que la Iglesia es, en su misma esencia, una familia vocacional. Gracias al bautismo, explicó, todos compartimos una misma vocación cristiana, aunque cada uno la encarne de un modo propio y concreto. “Cada vocación personal enriquece a todos“, recordó, insistiendo en la necesidad de vivirla “en armonía con los demás”.

Servicio, donación y apertura

En otro de los momentos más significativos de la homilía, señaló que la vida solo se comprende plenamente a la luz de Cristo, que la vivió como entrega. “Jesús revela que vivir es darse”, afirmó, y por eso la existencia humana solo encuentra su verdad cuando se convierte en servicio, donación y apertura a los otros.

El obispo concluyó recordando la escena evangélica del ciego curado por Jesús y subrayando que Dios sale al encuentro precisamente de quien ha sido herido, rechazado o expulsado. “El lugar de Dios no está donde se presume pureza, sino donde se defiende la vida herida, donde se sana y se curan las heridas, y allí también debemos estar nosotros”, afirmó.

Antes de la bendición final, se elevó una oración de acción de gracias por todo lo vivido en el Congreso: por la palabra escuchada, por los testimonios compartidos, por las preguntas que han despertado el corazón y por la alegría de saberse Iglesia reunida por Dios.

El envío final

Después llegó uno de los momentos más significativos de la celebración. En la Catedral, el Congreso no se dio simplemente por terminado: se transformó en envío. “Ahora, en esta Catedral, Iglesia Madre de nuestra Diócesis, no terminamos, somos enviados”, se proclamó.

Fue entonces cuando el obispo preguntó a la asamblea si quería vivir para aquel que la ha llamado primero, si quería ser sembradora de vocación en las familias, parroquias y comunidades, y si estaba dispuesta a acompañar y sostener la llamada que Dios sigue sembrando en tantos corazones. La respuesta fue clara y unánime: Sí, queremos”. Ese gesto sencillo condensó el sentido de toda la jornada y del Congreso entero: lo vivido no era un punto final, sino un punto de partida.

En el tramo final de la celebración también hubo palabras de agradecimiento para todos los que han hecho posible este Congreso: participantes, comunidades contemplativas que han rezado por sus frutos, equipos técnicos, medios de comunicación, talleristas, ponentes, voluntarios y el colegio Calasanz, que ha acogido el encuentro.

Hubo una mención especial para la Mesa de Pastoral Vocacional de la diócesis, que ha preparado y soñado este Congreso desde el regreso del Congreso Nacional celebrado hace algo más de un año. Su trabajo fue presentado como un signo concreto de lo que el Espíritu está pidiendo hoy a la Iglesia de Salamanca: trabajar juntos, tejer fraternidad y vivir una verdadera conversión de las relaciones.

Un congreso que no termina

Con la bendición final y el canto de despedida concluyó la eucaristía en la Catedral. Pero el mensaje que quedó en el ambiente era muy otro: el Congreso no se clausuraba simplemente, sino que se abría ahora a la vida cotidiana.

La diócesis de Salamanca se marcha de este encuentro con más preguntas, con más gratitud y también con una certeza renovada: que la vocación no es una idea abstracta ni un asunto reservado a unos pocos, sino la forma concreta en que cada persona está llamada a vivir, amar y servir.

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