AGENDA ACTUALIDAD DIOCESANA

19/03/2026

Si sientes un soplo del cielo

El sacerdote diocesano Juan José Calles ofrece una lectura pastoral del Congreso Diocesano de Vocaciones “Vivo, ¿para quién?”, celebrado en Salamanca del 13 al 15 de marzo. Una reflexión que recoge la experiencia vivida y resalta la llamada a renovar la vida y la misión de la Iglesia desde una auténtica cultura vocacional

 

El Congreso Diocesano de Vocaciones de la Diócesis de Salamanca, celebrado bajo el lema “Vivo, ¿para quién?”, ha sido  un fuerte impulso pastoral y espiritual orientado a reavivar la conciencia vocacional en toda la Iglesia diocesana. Este congreso no ha sido un evento, sino una experiencia eclesial de discernimiento, comunión y aliento para la misión compartida como Iglesia en camino, en salida misionera. Cuando la Iglesia se reúne para discernir, ya está siendo vocacional y esta es la experiencia eclesial que hemos vivido en el Colegio Calasanz de los padres Escolapios. Ha sido un acontecimiento eclesial que ha despertado  en todos las conciencia de sentirnos amados por el Padre, llamados por el Hijo y enviados por el Espíritu Santo a ser luz, sal y fermento en medio de nuestra sociedad salmantina como cristianos del Tercer Milenio. Este congreso no ha sido solo un evento, sino una experiencia eclesial de discernimiento vivido desde estas tres “claves”: la vocación nace en la iniciativa de Dios (no en un proyecto humano), es relación personal con Cristo y tiene siempre forma de misión.

En efecto, al situar la común vocación bautismal como fuente de toda la gracia carismática de la Iglesia, nos ha hecho comprendernos como Pueblo santo de Dios, amados por nuestro Padre común; nos ha permitido vivir la experiencia de la fraternidad universal donde nuestro hermano mayor es el mismo Jesús y todos los demás somos en “su escuela, como afirma San Agustín, condiscípulos”,  y nos  ha hecho saborear la llamada a ser amigos del Espíritu Santo para ser transformados en discípulos misioneros. El congreso no solo ha sido formativo y testimonial (talleres), sino profundamente espiritual con espacios para la Adoración (Vigilia del Viernes); oración comunitaria y celebración eucarística (Sábado mañana y Domingo en la Catedral). El congreso ha querido dejar un mensaje claro desde el principio: sin oración no hay vocación, y sin Eucaristía no hay misión.

La vocación no es un tema más… es el corazón de la vida cristiana, toda vida es llamada, toda comunidad es mediación y toda la Iglesia diocesana es generadora de vocaciones, de ahí que el hilo conductor del congreso haya partido de una pregunta existencial y profundamente cristiana: la vida no se entiende desde uno mismo, sino como respuesta a una llamada, de ahí que se haya insistido tanto en los talleres de los “rostros vocacionales” como en el de las “huellas”, que toda  vocación nace de un encuentro con Cristo vivo, no es solo “qué hacer”, sino para quién vivir.

La vocación es siempre don recibido y misión entregada. Toda vocación es un rostro que responde a una llamada y unas huellas que conducen hacia la misión.  Por ello necesitamos pasar de una pastoral de actividades a una pastoral de llamada y acompañamiento que contemple estas tres acciones: la centralidad del encuentro con Cristo, la necesidad de posibilitar espacios de silencio, oración y escucha y apostar por un acompañamiento espiritual real (no solo organizativo). Uno de los acentos pedagógicos en lo que  más habrá que insistir consiste en superar una visión reducida de la vocación: no se limita al sacerdocio o vida consagrada, toda la Iglesia es vocacional por naturaleza.  La clave está en descubrir que cada estado de vida es camino de santidad y misión.

Estas jornadas vividas con alegría y esperanza en clave vocacional nos han  dejado en el horizonte eclesial algunas líneas claras para la renovación pastoral de nuestras comunidades parroquiales:

1ª) Recuperar la centralidad de Cristo, sin encuentro con Jesús resucitado, no hay vocación. Cristo es la llamada, el camino y la misión;

2ª) Hemos de pasar de una pastoral de mantenimiento a una pastoral vocacional. Toda acción debe abrir a la pregunta: “Señor, ¿qué quieres de mí?”. Acompañar itinerarios, no eventos aislados, cuidando procesos largos e integrando vocación y vida cotidiana;

3ª) Hemos de crear una cultura vocacional en toda la Diócesis, se ha enfatizado mucho la urgencia de generar en parroquias y comunidades una auténtica cultura vocacional, donde se pregunte por el sentido de la vida, se acompañe a los jóvenes y se proponga sin miedo la ll

amada de Dios, una Iglesia que no llama… deja de ser Iglesia vocacional; 4ª) Apostar decididamente por el acompañamiento personal, continuado y espiritualmente serio con todas las vocaciones, no hay vocaciones sin acompañamiento cercano y comunitario;

5ª) Acompañar comunidades vivas y acogedoras donde se pueda escuchar la Palabra de Dios y se posibilite la maduración de la fe, la vocación no surge en el vacío: nace en una comunidad viva, la vocación deja huellas allí donde hay vida cristiana auténtica, sin comunidad viva, no hay vocaciones;

6ª) Integrar vocación y misión, toda vocación es para los demás, la vocación no se guarda, se envía. Toda llamada es para otros, toda elección es para servir y toda identidad es misión. La vocación es una llamada de Dios que se encarna en una vida concreta y se despliega en un camino de misión.

El congreso ha dejado en todos los que hemos participado en él una certeza: la vocación no es un problema… es una esperanza, y una llamada para nuestra Diócesis. No debemos preguntarnos sólo cuantas vocaciones hay, sino qué tipo de Iglesia estamos construyendo. Nos urge recuperar la primacía de Dios en nuestra misión y vivir con menos ansiedad pastoral y más confianza teologal. Toda la Iglesia diocesana es responsable (no solo el seminario o la vida consagrada) de suscitar, animar, acompañar la vocación a ser y vivir como cristianos en medio del mundo, sin miedo, con alegría y esperanza y por ello necesitamos pasar “de tener pastoral vocacional” a “ser una Iglesia vocacional”.

El congreso puede resumirse en una convicción sencilla y profunda: La vida solo se comprende cuando se entrega. Y solo se entrega de verdad cuando se descubre para Quién se vive.

 

Juan José Calles, párroco de Valdelosa, Topas y Cristo Rey

 

 

 

 

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