AGENDA ACTUALIDAD DIOCESANA

14/04/2026

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Ante la próxima visita apostólica del papa León XIV a España, el vicario general de la Diócesis de Salamanca, Tomás Durán, ofrece una reflexión sobre este acontecimiento de gracia para la Iglesia e invita a acogerlo con esperanza, en comunión y con una mirada renovada a la misión

 

 

El santo padre León XIV viene a España, para hacer una visita apostólica, los días 6 al 12 de junio próximos, con el lema “Alzad la mirada”. Una visita apostólica del Sucesor de Pedro es muy importante. Viene como aquel que es “roca” de la Iglesia, fundamento de la fe, garante de la unidad, presidiéndonos en la caridad. Todas las Iglesias locales de la Iglesia en España, entre las que se encuentra nuestra diócesis, que peregrina en Salamanca, con nuestro obispo y todo el pueblo de Dios, hemos de orar por el fruto de su visita, acogerle, escuchar sus palabras en esta hora de la Iglesia y del mundo.

Nos va a señalar a Jesús, nuestro Salvador, como camino para esta hora de la historia, convulsa, donde la fe también debe situarse en la historia, atentos a los movimientos geopolíticos que, en muchos casos, buscan controlar el poder de los recursos de la tierra en manos de unos pocos, a través de la guerra y el dominio militar (batallas), del dominio del sistema financiero (Bolsa), del control de los medios digitales de información (inteligencia artificial), y con el deterioro creciente de la casa común, de la creación entera (basurero, desertificación, aumento de la pobreza). Con el consiguiente empobrecimiento de naciones y continentes, donde hombres y mujeres pobres o refugiados políticos de regímenes dictatoriales, emigran en busca de las migajas del capital, el rebalse económico, para lo cual se refuerzan ante ellos los muros y las alambradas, o son acogidos sin derechos y bajo la sospecha de que nos quitan el pan y peligra nuestro bienestar, expulsándolos sin respetar su dignidad. Una llamada “teología del bienestar” acompaña este proceso histórico en algunos sectores financieros, ideológicos y políticos.

La Iglesia española, como todas, lleva un desarrollo de aplicación del Concilio Vaticano II no exento de dificultades, pero llena de logros. Suele suceder después de los grandes concilios. Las “disociaciones estériles” (H. de Lubac) nos restan pasión por la evangelización y dificultan la unidad. Es el debate entre tradición o novedad, ley o gracia, misericordia o verdad, evangelización o sacramentalización, fe o vida… y así una tras otra, no sabemos hasta cuándo. Y el “que todos sean uno para que el mundo crea” hace de la unidad —permitid la expresión— el primerísimo primer anuncio del Evangelio.

No obstante, hay frutos notables en comunión, participación de los laicos desde el Bautismo, una fe más personal, más comunitaria, una salida al mundo… El conocimiento bíblico, teológico, litúrgico, patrístico y de doctrina social ha sido y es muy rico, y ha dado lugar a propuestas pastorales creativas y a un gran enriquecimiento para el pueblo de Dios. La Iglesia, después del Concilio, ha ganado en fe personal y libre, pertenencia a la Iglesia universal y local, espíritu misionero, pastoral juvenil renovada, presencia histórica, participación laical, especialmente de la mujer, que participa en órganos de gobierno y de comunión, en curias diocesanas y en tareas apostólicas con responsabilidad propia. El ejercicio de la caridad con los pobres y la promoción de la justicia han avanzado, dejando atrás un simple asistencialismo. Todo ha sido fruto del “nuevo Pentecostés”, que es el Concilio Vaticano II. Hoy, este Concilio pasa, según algunos, “una etapa de invierno”. Queda muy lejos, dicen; parece “enterrado”. Sin embargo, este tiempo puede ser bueno para echar raíces más hondas. Como el mismo grano de trigo, imagen de la cruz, toda obra eclesial ha de pasar por este proceso. Así será más fecundo. Sin duda.

Nos desenvolvemos en la Iglesia española con diversas sensibilidades espirituales y pastorales, donde o nos afirmamos en ellas o las rechazamos. Vivimos en la complejidad de una iniciación cristiana que no acaba, en muchas ocasiones, de engendrar cristianos, con una encomiable dedicación de los catequistas. Un catolicismo religioso de la piedad popular congrega presencia puntual, seguida después por una minoría en cofradías y hermandades, con el agradecimiento grande a sus juntas directivas, que promueven una profundización en la fe, con el afán de que no quede todo en “comercialización y turismo”. Perdura entre nosotros un catolicismo ético, formativo y militante, que busca la presencia entre las generaciones jóvenes para situarse en una cultura obrera y laboral totalmente nueva, no exenta ahora de una “esclavitud amada e interiorizada” (B. Chul Han), “introyectada por el opresor” y consentida (Paolo Freire), respecto aquella en la que surgieron. La opción por los pobres, caridad y justicia, nos cuesta que sea en las comunidades tan esencial como el anuncio y la liturgia (Benedicto XVI). A veces la “pasamos” a organismos caritativos o a líderes carismáticos. Hay un gran avance en el diálogo fe-cultura, fe-arte, con foros, con congresos, exposiciones, cátedras…, y también en el más sencillo diálogo fe-cultura, pero no por eso menos hondo, de parroquias rurales y urbanas.

Nuevos métodos suscitan la fe mediante la emoción y el sentimiento, a través de retiros y adoraciones eucarísticas (Cf. CEE, Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe. “Cor ad cor loquitur”. Madrid 2026). Parece que estos dejan atrás a los movimientos laicales postconciliares, hoy envejecidos, y ¿que han “tocado techo”? Pero aun nos cuesta, a la Iglesia española, tras el Vaticano II, situarnos en un estado aconfesional y laico, así como en una cultura totalmente nueva e inédita: la autonomía del hombre y el silencio de Dios. Y nos cuesta situarnos en una Iglesia postconciliar en una hermenéutica de continuidad. Sin embargo, este tiempo de gracia es una oportunidad única para volver a las Fuentes (K. Rahner; H. de Lubac, Y. Congar), sin pretendidos restauracionismos.

Ante esta situación, dos tentaciones nos sobrevienen: la acomodación mundana de la Iglesia a la cultura vigente (progresismo) o como movimiento contracultural y restauracionista, con lo que esto conlleva, en ambas tentaciones, de acaparamiento y legitimación por parte de ciertos ambientes políticos o ideológicos. Nos conmocionan y duelen a todos las heridas del abuso sexual, espiritual y de dominio sucedidos en el seno de la Iglesia. Hemos de avanzar en el perdón, la justicia, el acompañamiento y el resarcimiento integral de las víctimas, apoyados por una cultura de la prevención. Es de justicia.

Todo ello, lo que sucede en la historia actual y en la Iglesia, no puede hacernos obviar nunca la predicación de la cruz y resurrección del Señor. Y la cruz, en todos los tiempos, es motivo de escándalo, pero para nosotros, fuerza de vida en la debilidad y sabiduría que nos confunde y confunde la fuerza y el poder de este mundo. Hemos de gloriarnos en la cruz gloriosa del Señor. Es un tiempo para mirar más que nunca a Cristo, Luz de las naciones, Cabeza del cuerpo de la Iglesia. Y ello debe llevarnos a una nueva “pastoral de la fe”, clave para el futuro evangelizador, y que asume el primer anuncio, pero lo lleva más allá, plenificándolo (A. González Montes).

A este propósito, de una pastoral de la fe, pero desde el gozo del Evangelio, se sitúa la exhortación pragmática de Francisco, Evangelii Gaudium (2013). Este papa, con ella, no quiso ocupar espacios, sino iniciar procesos impulsados desde el corazón del Evangelio y la alegría de la Pascua, con el fin de llevarnos “el gozo y la dulce alegría de evangelizar”. Este proceso abierto continuará.

Acercándonos a la realidad más cercana a nosotros, el desarrollo del Concilio Vaticano II ha estado lleno de luz, en sus pastores (J. Delicado Baeza, A. Palenzuela, F. Fernández, M. Rubio, C. López), vicarios que les han acompañado (J. Velicia), teólogos (O. González de Cardedal, M. Legido, A. González Montes, F. Sebastián, J. Martín Velasco, R. Blázquez, F. García. E, J. Justo, C. Yebra, Eloy Bueno, A. Cordovilla); laicos, hombres y mujeres de la cultura y de la teología (J. Cuesta, M.T. Aubach, M. D. Gómez-Molleda), de la ciencia (M.V. Mateos Manteca), de la vida religiosa contemplativa (Mª Rosario Monte Nuño,  M. Pilar Huerta Román, Carmelitas descalzas ambas), de la pastoral de la caridad (C. Calzada), mujeres catequistas anónimas, comunidades cristianas y parroquiales, fraternidades apostólicas, consagrados, movimientos, delegaciones, catecumenados, pueblo sencillo, pobres… Una gracia del Señor. Fue y está siendo una siembra inigualable.

Seguirá creciendo, en nuestra tierra, el descenso poblacional, con su progresivo envejecimiento de la población, y un futuro donde las fuerzas jóvenes seguirán emigrando. Parece que estamos “casi” destinados a ser “jardineros del paisaje” de una tierra que servirá para “respirar, “desahogarse” y como “comedor turístico” para nuestros hermanos de las ciudades. También esto será una oportunidad para ofrecer “oasis de agua viva en el desierto” (G. Geshake, Espiritualidad de desierto. Madrid: PPC, 2018), de forma comunitaria, gratuita y no absorbida por el comercio.

Por otra parte, la disminución de vocaciones bautismales, sacerdotales, religiosas… puede llevarnos a la desesperanza y el desánimo. Sin embargo, esta Iglesia kenótica en la que vivimos y estamos abocados en el futuro (pobre, escasa en número, sencilla) está más cerca del Señor que nunca y esconde en su seno más luz que nunca. Todos estos pastores, teólogos, mujeres, comunidades, fraternidades, laicos, vida consagrada, gente sencilla, pobres, pueblos despoblados con sus ruinas, barrios y ciudades, son una voz profética. Todos ellos han realizado y realizan una evangelización escrita, hablada, sencilla, hecha vida con pies descalzos en santidad, y son una fuente de referencia permanente para caminos pastorales en todos estos lugares y luz firme de esperanza pascual, aunque “humilde esperanza”.

También los pastores de hoy nos alientan con su caminar y presencia, ya que pastorean una grey más pequeña, pero no menos viva: “y aunque a veces parezca un pequeño rebaño, es germen firmísimo de esperanza para toda la humanidad” (LG 9). En el futuro, la humanidad, en su vacío existencial y soledad total, “descubrirá la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas” (J. Ratzinger). Es tiempo de sembrarse como el grano de trigo y de echar raíces hondas en las fuentes de agua viva. Tenemos unas raíces místicas (Teresa de Jesús, Juan de la Cruz) y culturales (J. Jiménez Lozano, M. Delibes), también la popular, son fuente permanente de esperanza y sabiduría. ¡Es el mejor momento eclesial para una vuelta a “la vida apostólica enteramente primera”! (Juan Pablo II), y una vuelta renovada a las huellas de Jesús. Son muchos los brotes, nacidos de estas raíces, los que hoy podemos ver en nuestras diócesis y que seguirán apareciendo.

Hemos de continuar este camino con novedad histórica, en el Espíritu Santo, sin arqueologías, sin fosilizar experiencias, y sin nostalgias de ningún “espíritu local”. Cada época es un Kairos nuevo, que se hunde en lo ya sembrado (tradición) y crea caminos nuevos de futuro (novedad), como el padre de familia que saca del arca lo nuevo y lo viejo (Cf. Mt 13, 52). Aparece la generación joven de la Iglesia, que hemos de incorporar con fraterna solicitud y espíritu abierto, asumiendo todos, con gozo y como gracia, sin descalificación, sino agradecidamente la historia pastoral pasada y presente del presbiterio, solidarios en las sombras y en las luces de cada una de las diócesis donde estamos incardinados. Hemos de procurar la comunión en las Fuentes, principalmente en Jesucristo, y no en “el peso organizativo y eclesiástico” de los consensos, donde al final nadie se siente conforme y cada uno por su lado afirma lo suyo. Y los obispos caminarán en comunión a la cabeza de este camino, no “amparándose” en una mal entendida sinodalidad (Alfonso Crespo), o en una posible afirmación de su propia Iglesia local como ámbito único; lo cual podría ser, si esto llegara a suceder, un suicidio eclesiológico y pastoral. De esta manera, nos animarán a abrir sendas de comunión y misión. Católica (ancha) es la Iglesia, como ancha y universal es la tierra en la que peregrinamos.

Hemos de procurar, entre todos, Luz (Sagrada Escritura, tradición, teología) y Amor (un corazón encendido por la pasión del encuentro con el Señor), ya que las propuestas operativas por si solas no valen y pueden colocarnos en un “prometeísmo pastoral y activista” que nos desanime, pues somos muy pequeños y débiles y nuestra realidad es muy sencilla. Tenemos que procurar, entre todos, “encender” el corazón (mística), para “entender” el momento (lucidez histórica) y “recorrer” nuestras Iglesias locales como si fuera Galilea, en la que nos precede el Señor (pasión misionera, aun en la nada). Y es Galilea porque la recorre Él, está ya Él. ¡Sin mística (K. Rahner, M. Legido, O. González de Cardedal) no podemos subsistir en las heredades desoladas de nuestro medio rural! ¡Ni en los centros históricos de sus ciudades o en sus barrios llenos de urbanizaciones escasas de tejido eclesial y de vecindario comunitario, o en las cabeceras de comarca! También vale esto para el diálogo con la cultura actual y atender las nuevas pobrezas.

Además, hemos de estar atentos a los nuevos espacios vitales que están apareciendo. “No hay que echar por la borda esta cultura milenaria”, dice el teólogo salmantino, A. Cordovilla, pero “hay que tener audacia y creatividad para adecuarnos a los nuevos ritmos de vida y los nuevos espacios vitales en los que viven la mayoría de los hombres y mujeres” de nuestra sociedad actual (Cf. A. Cordovilla, “Como el Padre en envío, así os envío yo”. Salamanca: Sígueme, 2019, p. 61.). Y, en un Pliego de Vida Nueva, vuelve a señalar que esta práctica evangelizadora y pastoral territorial-parroquial “es un entramado que se ha roto” y que hemos entrado en un ámbito cultural y social “más dinámico y menos vinculado al espacio territorial. Hay que ser flexibles y creativos”, pues se necesita “alentar nuevas fórmulas” en las fronteras geográficas y existenciales, así como la movilidad de la sociedad actual (Z. Bauman).

Hay que ir más allá y “tomarse en serio estos retos, que no pueden conducir simplemente a una reorganización del servicio parroquial en función del número de sacerdotes que siguen en activo” (Cf. Gilles Routhier, La renovación de la vida sinodal en las Iglesias locales. En: Antonio Spadaro-Carlos Galli (eds.), La reforma y las reformas en la Iglesia. Santander: Sal Terrae, 2016. Pág. 98).  Pues si “la red pastoral territorial” queremos cubrirla con un sacerdote diocesano, otros venidos de otras naciones, más laicos misioneros, e intentar así cubrir los servicios parroquiales en territorios cada vez más extensos, no va a ser viable ante el cambio cultural tan nuevo como el que vivimos. A lo que añade este teólogo señalando: “Pues no es realista esperar que esto repare la red pastoral territorial y la lleve a la forma que tenía antes”. Y sigue diciendo: “Estoy convencido de que no serán las parroquias territoriales, sino, sobre todo, los centros de espiritualidad y acompañamiento espiritual los principales focos del cristianismo en la tarde de su historia” (Cf. T. Halík, La tarde del cristianismo. Valor para la trasformación. Barcelona: Herder, 2023, p. 253). Hemos de tener creatividad y acoger las iniciativas que “provienen precisamente de aquellas que se han desprendido de la dimensión territorial” (Cf. E. Brancozzi, Reformar a los sacerdotes. Como repensar los seminarios. Madrid: Editorial CCS. Pág. 145).

El mismo León XIV nos lo sugiere en la Carta a los sacerdotes: “En muchos contextos, especialmente en los occidentales, se abren nuevos retos para la vida de los presbíteros, relacionados con la movilidad actual y la fragmentación del tejido social. Esto hace que los sacerdotes ya no estén insertados en un contexto cohesionado y creyente que apoyaba su ministerio en tiempos pasados. En consecuencia, están más expuestos a las derivas de la soledad, que apaga el impulso apostólico y puede provocar un triste repliegue sobre sí mismos”. También vale sobre los laicos y la vida consagrada (Cf. León XIV, Carta apostólica, “Una fidelidad que engranda futuro”, n.17. Roma 8 de diciembre 2025). ¿No es lo que nos está pasando en ocasiones? Y el mismo Documento Final del Sínodo señala estos espacios, como en los que “hay que abrir formas inéditas de pastoral que tengan en cuenta los “territorios existenciales” en los que se desarrolla la vida” hoy (Cf. Documento final. Octubre 2024, n. 117).

Es verdad que estos nuevos caminos no pueden olvidar lo que para el hombre supone el “humus”, la tierra de la que ha sido sacado; y el “fundus”, la tierra donde habita. Es en estas realidades donde la territorialidad no puede ser abandonada. Son raíces profundas de la antropología, pues son raíces que nos configuran profundamente, necesarias, y lugares para arraigar la fe en una cultura heredada, asumida y proyectada al futuro en creatividad.

¡Cómo no agradecer al papa León su visita apostólica! Sus palabras serán palabra apostólica para el hoy histórico, junto con el hoy de la Iglesia en España, así como en cada una de sus Iglesias locales. No es una visita de Estado solamente, ni mucho menos protocolaria. Su presencia entre nosotros es como las visitas de los primeros apóstoles, como las de Pedro por la ecúmene, donde dio su vida. Será cierto: nos alentará con la palabra de Jesús: “Alzad la mirada” (Jn 4, 35), en este momento eclesial e histórico, como la alzamos al mirar la “Luz que viene de lo Alto” (Lc 1,78), que no es otro que Jesucristo, el Salvador, y que nos hace Iglesia. Nos señalará a Él y los acentos de su seguimiento en esta hora de la Iglesia universal, nacional y local. ¡Seguramente nos dará alegría y aliento pascual necesarios, nos hará mantener la esperanza pascual! ¡Nos dirá palabras de una nueva espiritualidad para el camino, “alzando la mirada” más allá de nuestras faltas de comunión, de nuestra visión localista de la Iglesia; más allá de mi “celda digital”, que me enclaustra “en los míos” y en mi intimismo pastoral; más allá de nuestras luchas ideológicas, de los conflictos geopolíticos del mundo o de las desesperanzas!

Y, por último, viene Pedro en un momento en el que los papas son objeto de crítica y constante comparación de unos contra otros, a causa de las “eternas disociaciones” (H. Lubac). Por eso, acabamos con esta cita:

“Cuando el centro de la unidad se convierte en el blanco preferido de los ataques más apasionados, al creerse cada uno con derecho a lanzar al sucesor de Pedro, con cualquier motivo y ante el mundo entero, reproches altivos, la Iglesia, toda la Iglesia, queda herida en su corazón. Quienes en el momento actual se dejan llevar por tales excesos, no saben lo que hacen. Sea cual sea el pretexto invocado, vuelven la espalda al Evangelio. Escandalizan, en el sentido riguroso de la Palabra, a muchos de sus hermanos. Alientan, lo quieran o no, el pulular de grupúsculos cuyas pretensiones sectarias solo rivalizan con su pobreza espiritual. Insultan a cuantos conservan algún sentido de las exigencias del nombre cristiano. Entristecen a todos los hombres de corazón. En cuanto de ellos depende, arruinan a la Iglesia: porque una Iglesia que se impusiese semejante desorden o en la que reinasen esas costumbres quedaría abocada su perdición. Y, entre tanto, quedaría sin eficacia, sin impulso misionero, sin virtud ecuménica” (H. de Lubac, Paradoja y Misterio de la Iglesia. Madrid: Encuentro, 2022, pág. 240).

Preparemos, en nuestra Iglesia local, la venida apostólica de León XIV a España con oración, con un corazón ancho, católico y universal, pues viene el “dulce vicario de Cristo en la tierra” (Santa Catalina de Siena); pues eso son todos los papas. Todos, todos, todos. Hagámoslo con afecto y oración, esperando su venida, acogiendo sus palabras, sus gestos y, sobre todo, participemos en la Eucaristía en Madrid, “Statio orbis”: toda la Iglesia y todo el orbe están allí, pues la preside Pedro. Y también el encuentro con los jóvenes. Así, cada Iglesia local se une a la Universal, pues sin su fundamento (piedra= Pedro) no seríamos nada. En todas las Eucarísticas, sacramento de unidad y catolicidad, van unidas la oración por nuestro obispo y por el santo padre León.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Tomás Durán Sánchez. Vicario general de la Diócesis de Salamanca

 

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