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16/01/2026

Acompañar a un hijo hasta el cielo: la historia de Fray Pablo María de la Cruz

Mª Carmen Hidalgo y Ricardo Alonso son los padres de este joven salmantino que antes de fallecer ingresó en el noviciado carmelita “in articulo mortis”, y celebró su profesión religiosa. Un vida de vocación en medio de la enfermedad que se recoge en un documental: “La cruz es mi alegría, no mi pena”

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

“Pablo era un chico normal, como cualquier otro”. Así lo recuerdan sus padres, Mª Carmen Hidalgo y Ricardo Alonso, cuando hablan de su hijo antes de que la enfermedad irrumpiera en su vida. A los 15 años, el diagnóstico de cáncer cambió para siempre la historia familiar. Llegaron los hospitales, el dolor, las recaídas… y, con ellas, un proceso de transformación interior que llevó a Pablo de la rebeldía y la huida a un encuentro profundo con Dios, vivido con una libertad que sigue sorprendiendo a quienes le conocieron.

Este viernes, 16 de enero, Salamanca pone rostro y voz a una historia que, lejos de cerrarse con una despedida, sigue abriendo caminos. El auditorio Juan Pablo II de la Universidad Pontificia acoge a las 19:30 horas la premier del documental La cruz es mi alegría, no mi pena, una producción de 55 minutos que recorre la vida de Pablo María de la Cruz —Fray Pablo—, fallecido en julio de 2023 a los 21 años, pocas semanas después de profesar como carmelita en el convento de San Andrés (El Carmen de Abajo).

La producción audiovisual, dirigida y guionizada por la periodista, Marta Sanz, narra la vida del joven, a través del testimonio de familiares, amigos, sacerdotes, frailes y monjes que tuvieron con él una estrecha relación y fueron testigos directos de la obra que Dios hizo en él. Tras el documental, el vicerrector de Ordenación Académica, Profesorado y Calidad, Francisco José Álvarez, dará paso a una mesa redonda en la que estarán presentes el obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana; el prior de la Provincia Carmelita de Aragón, Castilla y Valencia, P. Salvador Villota Herrera, y la directora y guionista del documental, Marta Sanz Lovaine.

El testimonio de sus padres antes de la proyección

A las puertas de este estreno, sus padres, Mari Carmen y Ricardo, hablan con una mezcla de emoción serena y reconocimiento: por la vida cotidiana de su hijo, por su camino de enfermedad, por el giro interior que lo transformó y por todo lo que, desde entonces, “se mueve” alrededor de su figura sin que ellos —insisten— lo hayan buscado.

Un retrato de Fray Pablo, en su celda del convento de los Carmelitas.

Mari Carmen lo describe con sencillez: Pablo era el pequeño de cinco hermanos, “un chico como cualquier otro”, con amigos, colegio, vida de familia y fe vivida en comunidad. Pero a los 15 años llegó el diagnóstico —un sarcoma de Ewing— y con él una vida completamente distinta: hospital, operaciones, UCI, quimioterapia, radioterapia, traslados… y un aprendizaje a la fuerza de lo que significa sostener a un hijo enfermo.

Ricardo recuerda que, al principio, Pablo no era plenamente consciente de la gravedad. El pronóstico inicial parecía esperanzador y él afrontó aquella etapa “apretando los dientes”, como un paréntesis duro antes de volver a la normalidad. Y, sin embargo, la convivencia con el sufrimiento fue cambiando la mirada del joven. Su padre lo resume con una imagen potente: Pablo decidió “ponerle buena cara al cáncer”; primero casi como una máscara para no hacer sufrir —sobre todo a su madre—, y después como una actitud que terminó siendo real.

Un hospital que se convirtió en hogar

En medio de aquel escenario, la historia se llena de luz cuando encontró a unos amigos en el hospital. Ricardo cuenta que Pablo leyó “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa, y pidió al Señor algo muy concreto: un grupo de compañeros como el que el autor describe en el hospital. “A los 15 días apareció el primero”, y después llegaron otros dos. Los llamaban “los cuatro magníficos”: un pequeño “hogar” dentro del hospital, una camaradería que incluso el personal sanitario recordaría como algo excepcional.

Fray Pablo junto al obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana.

Ese tono cambia cuando el cáncer reaparece. La recaída —”volvió un año después de la última quimio”— le desfondó. Llegó la rebeldía, el enfado con Dios, la huida, el vacío. Ricardo comparte un momento muy íntimo: una conversación padre e hijo “in reproches, pero sin excusas”, un primer hito en el proceso de conversión. A partir de ahí, Pablo aceptó ayuda y comenzó una búsqueda que pasó por caminos confusos, pero con un punto decisivo: se dio cuenta de que, aunque él se sintiera perdido, veía que a otros el cristianismo sí les sostenía y no quiso romper con esa fe. Su padre lo dice tal cual: “Dios es un Dios celoso… al final optó por el cristianismo”.

En el relato aparece una figura clave: el acompañamiento espiritual, y también experiencias concretas que le hicieron “encontrarse” con Jesucristo, especialmente en la eucaristía. Ricardo habla de un “enamoramiento” que fue a más con rapidez: adoración, oración diaria, una fe ya adulta, no heredada. “Estaba enamorado de Jesucristo hasta las trancas”, dice, con esa expresión tan directa que define bien el tono de toda la conversación.

Y ahí encaja el corazón del documental: la frase que da título a la película y que, según su padre, Pablo tenía ya encarnada cuando llegó la quinta recaída: La cruz es mi alegría, no mi pena”. No como un eslogan, sino como una forma nueva de mirar el dolor desde dentro.

Tres intenciones y un legado que sigue vivo

El documental recoge, además, un ofrecimiento muy concreto que Pablo hizo: entregar su vida por tres intenciones. Primero, por la conversión de los jóvenes a través del encuentro con Jesús Eucaristía; segundo, por la unidad de la Iglesia; y tercero, para ayudar a perder el miedo a la muerte.

Junto a sus padres y hermanos, en el día de su profesión.

Sus padres aseguran que esos frutos los están viendo. Hablan de jóvenes que no conocieron personalmente a Pablo y, sin embargo, lo sienten presente; de realidades eclesiales distintas donde su figura aparece como puente; y de testimonios de “favores” recibidos por quienes le rezan. Ricardo es muy prudente con la palabra”milagro”, pero no oculta que son muchos los que les comparten experiencias y agradecimientos.

Mari Carmen repite una oración que la acompaña desde el principio: que todo esto no se convierta en “gloria de hombres”, ni en una historia instrumentalizada, sino en obra del Espíritu. Incluso llegó a pedir que se cortara si no era de Dios. En esa misma línea, Ricardo recuerda la consigna que Pablo dejó antes de morir: “Nunca le digáis que no al Espíritu Santo, y si no es de Él, ya lo hará saber”.

Propuesta del documental

Por eso, explican, ni la familia ni los carmelitas “han movido” el documental: nació desde fuera, a partir del interés de una periodista de Radio María, Marta Sanz, que propuso esta producción y fue hilando un relato a base de testimonios, sin voz en off, con fragmentos de una entrevista grabada pocos días antes del fallecimiento.

En su funeral, en julio de 2023.

En esa entrevista, Pablo se expresa con una claridad que atraviesa la pantalla. Una de sus frases, que el propio material promocional destaca como mensaje central, resume el espíritu del documental: “Por el sufrimiento en la enfermedad me encontré con Dios, y por la muerte en la enfermedad me iré con Él. Y eso me hace inmensamente feliz“.

La conversación con Mari Carmen baja a tierra el dolor del duelo: “Perder un hijo no es fácil”, repite, y lo dice sin dramatismo, como quien no necesita demostrar nada. Pero en su testimonio aparece una experiencia muy concreta de consuelo, que es la delicadeza con la que, asegura, Pablo se fue “sin rebelarse, sin ‘gritar’ contra el final— y la certeza de que se fue feliz“.

Una oración de las madres

Habla también de algo que considera esencial: la oración de las madres. Cuenta cómo esa intercesión le sostuvo en los momentos más extremos y cómo, a partir de ahí, han nacido grupos de oración en distintas realidades, incluso en la cárcel. Para ella, el gran aprendizaje es este: no hace falta “pasar por los padres” para pedir; basta ponerse de rodillas ante el Señor. “Pablo lo que te lleva es a Jesús”, insiste, y lo compara con la Virgen: “Aquí está mi Hijo… escúchale”.

La celda de Fray Pablo en sus últimos días.

Ricardo rememora una frase que Pablo dejó dicha: “Si queréis seguir hablando conmigo, acercaos a la Eucaristía, y allí me tenéis siempre en línea”. Para los padres, esa es la forma concreta en que la comunión se vuelve real: hablar con Dios… y también hablar con su hijo.

Cuando se les pregunta qué esperanza desean sembrar en quienes se acerquen al documental —especialmente jóvenes—, Mari Carmen describe una generación “asfixiada” por cargas invisibles: la mochila de cada uno, la herida de la pandemia, la presión, las redes, el futuro incierto. Y pone una imagen fuerte: la mano de Jesús a Pedro cuando se hunde. “Que alguien les diga: mira para arriba”, pide. “Que hay esperanza, que te ama con lo que hayas hecho”. Ricardo lo formula de otra manera: hay dos tipos de sedientos; el que sabe dónde está la fuente y el que ni siquiera sabe que existe. Para él, Pablo quiso ser eso: alguien que señala la fuente.

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