20/03/2026
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
La luz tenue se centró en el escenario del teatro Liceo. El silencio empezó a hacerse hueco. Y, sobre el escenario, Nuestro Padre Jesús Despojado ya estaba hablando sin palabras.
Elevado, despojado de todo, con la fuerza de quien lo ha entregado todo. A su lado, la Virgen de la Caridad y Consuelo sostenía el dolor con una serenidad que no evita la herida, pero la abraza. Flores, cera, penumbra. Y Salamanca, contenida, mirando.
Así comenzó el pregón de la Semana Santa de 2026 en la solemnidad de San José, con la Banda Municipal de Música de Salamanca marcando el inicio con Pasión en Salamanca y con el sacerdote jesuita, Daniel Cuesta, poniendo voz a lo que la escena ya anunciaba: que el Señor va a pasar.
Porque, como él mismo recordó desde el inicio, “el Señor va a salir a las calles… es la Pascua, el paso del Señor”. Y no es solo un paso que se contempla, sino un paso que atraviesa la vida: “Cuando las puertas de las iglesias se abran, Dios va a pasar entre nosotros”.
Desde ahí, el pregón fue creciendo como lo hace la propia Semana Santa: desde dentro hacia fuera, desde el silencio hacia la calle, desde la fe hacia la vida.
Daniel Cuesta trazó un recorrido que unía la historia de la salvación con la historia de Salamanca. Desde la sangre del cordero pascual —”el paso de la esclavitud a la libertad y de la muerte a la vida”— hasta la piedra dorada de Villamayor, convertida en testigo de ese paso de Dios por la ciudad. Porque la Semana Santa, dijo, sigue hablando hoy: “Habla de Dios a un mundo que parece no querer escucharlo, pero que hoy se ha echado a las calles”.
Y en esas calles caben todos. Los que creen, los que dudan, los que miran sin saber muy bien qué buscan. “¿Es folclore? ¿Es tradición?”, se preguntó en voz alta. Pero frente a esas preguntas, ofreció una certeza que no necesita ruido: hay quienes “rezan en silencio, mirando hacia dentro y vibrando como solo vibra un creyente”.
El pregón avanzó entonces como una procesión: deteniéndose en cada escena, en cada imagen, en cada rincón de Salamanca. Desde el huerto hasta la cruz, desde la caída hasta el sepulcro. Con referencias constantes a las cofradías, a los pasos, a la historia viva de una ciudad que no solo contempla la Pasión, sino que la camina.
En medio de ese recorrido, emergió también la experiencia personal, en especial, al recordar a la Virgen de la Caridad y Consuelo, a la que acompañó en un tiempo de silencio y cercanía hasta su presentación oficial, custodiada en los Jesuitas de Salamanca: “Cada mañana acudía a verte, a orar ante ti, a contarte mis cosas y las del mundo entero”. No era solo un recuerdo. Era una clave: “Caridad y consuelo no es un bonito nombre, sino una vocación”.
Porque la Semana Santa —vino a decir— no se queda en la estética ni en la emoción. Baja a la vida. Interpela. Exige. Y por eso, en medio del relato, también hubo espacio para mirar al mundo de hoy, marcado por la división y el conflicto: “Hace falta una voz fuerte… que grite Evangelio… la tuya y la mía, si somos valientes”.
El recorrido no se detuvo en la cruz. Como tampoco lo hace la fe cristiana. El pregón avanzó hasta el amanecer de la Pascua, hasta el anuncio que lo sostiene todo: “Cristo ha resucitado… el amor ha triunfado, la muerte ha sido vencida”. Y desde ahí, ya no hay miedo, sino esperanza. Una esperanza que no es teoría, sino vida: “Fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve”.
Por eso, el pregón no terminó en el escenario, terminó en la calle, en la ciudad. En cada uno. “Salmantinos, salid a las calles… proclamad que Cristo vive”. Porque, como él mismo resumió en una de las frases que quedaron resonando al final de la noche, no solo como cierre sino como sentido de todo lo vivido: “No hay nada mayor que un Dios que da la vida… no hay tiempo más grande que la Semana Santa”.