18/02/2026
Hay tiempos en el año que no discurren como una simple sucesión de días, sino que se abren paso en la vida como una grieta luminosa que nos obliga a detenernos. Tiempos que no pasan: nos atraviesan. La Cuaresma pertenece a esa categoría de tiempos densos, espiritualmente cargados, en los que la existencia se ve interpelada en su raíz más profunda. No es un paréntesis piadoso ni una repetición ritual heredada por inercia cultural. Es un umbral de verdad, un desierto al que somos conducidos para despojarnos de lo accesorio, para confrontarnos con lo que somos cuando se apagan los ruidos que nos distraen, para mirar de frente nuestras heridas, nuestras incoherencias, nuestras posibilidades de conversión.
La ceniza que se deposita sobre la frente al inicio de este itinerario espiritual contiene una potencia simbólica difícilmente superable. Es materia leve, casi insignificante, y sin embargo pesa espiritualmente como una losa de verdad. No es un gesto ornamental, sino una marca que nos sitúa en nuestra condición de criaturas frágiles. Nos recuerda que somos barro, que somos finitud, que nuestra vida necesita ser purificada, reorientada, reconciliada. Durante unas horas caminamos con esa señal visible que nos iguala, que nos despoja de autosuficiencias, que nos introduce en un tiempo de austeridad interior.
Pero mientras esa ceniza en nosotros es pasajera, voluntariamente asumida y litúrgicamente acotada, existe otra ceniza mucho más persistente que no se impone en el rito, sino en la estructura social. Es la ceniza que recae sobre quienes han sido privados de libertad. Una ceniza que no se borra al lavarse el rostro ni desaparece con el paso de los días. Una marca que se adhiere a la identidad pública de la persona y que la acompaña incluso después de haber cumplido íntegramente su condena.
Quien entra en prisión no cumple únicamente la pena delimitada por la sentencia. Cumple también una condena difusa, invisible pero profundamente eficaz: la condena social. Sobre su nombre se deposita una señal que reaparece cuando busca empleo, cuando intenta rehacer su vida afectiva, cuando desea alquilar una vivienda, cuando se presenta ante la comunidad con voluntad de recomenzar. El Derecho fija un tiempo de cumplimiento. La sociedad, muchas veces, fija una perpetuidad simbólica.

Y esa ceniza social, como sucede con tantas cargas humanas, no se queda solo en quien la recibe. Se extiende sobre su familia, sobre sus padres, sobre sus hijos, sobre sus parejas, que cargan silenciosamente con un estigma que no les pertenece. Hay madres que aprenden a callar para proteger. Padres que bajan la mirada para evitar el juicio ajeno. Hijos que crecen con una vergüenza heredada que nadie debería transmitirles. La cárcel encierra cuerpos, pero irradia marcas que se expanden por el tejido relacional.
Mirar esta realidad desde la Cuaresma nos obliga a desplazarnos interiormente. Porque la lógica cuaresmal no puede agotarse en renuncias privadas ni en sacrificios que apenas rozan la estructura de nuestra vida. La Cuaresma es un movimiento de descentramiento radical. Es salir de uno mismo para ir al encuentro del otro, especialmente del más olvidado. Ayunar no es solo dejar de comer. Ayunar es dejar de ocupar el centro. Y cuando uno deja el centro, aparecen inevitablemente las periferias humanas donde la vida duele con mayor crudeza.
Entre todas esas periferias, la cárcel se levanta como uno de los calvarios contemporáneos más elocuentes. Allí son conducidos quienes han caído, quienes han dañado, quienes también han sido dañados muchas veces antes de dañar. La entrada en prisión tiene algo de subida al Gólgota social. La persona atraviesa un umbral que no es solo físico, sino biográfico. Pierde autonomía, pierde reconocimiento, pierde roles, pierde nombre limpio. Se produce un despojamiento progresivo que recuerda, en clave humana y social, al despojo de la Pasión: despojado de seguridades, de identidad pública, de pertenencia comunitaria, el interno queda reducido a lo esencial de sí mismo.
En ese itinerario aparecen estaciones de pasión profundamente humanas: negaciones, abandonos, silencios, rupturas. Con el paso del tiempo emerge el desierto interior, la confrontación con el daño causado, la revisión de la propia vida, la posibilidad de conversión. Una cuaresma existencial que no dura cuarenta días, sino años, y que atraviesa la biografía entera del privado de libertad.
Llega entonces la experiencia de la muerte social: la sensación de haber quedado sepultado bajo una etiqueta, de haber perdido definitivamente el lugar en la comunidad. Y, sin embargo, en ese fondo puede germinar un proceso de reconstrucción personal: petición de perdón, deseo de reparación, reconciliación consigo mismo.
Cuando llega la excarcelación, algunos salen habiendo iniciado ese camino interior. Y es ahí donde emerge con toda su fuerza la necesidad de la resurrección social de los condenados. Porque salir de prisión no equivale automáticamente a resucitar socialmente. La piedra jurídica se retira, pero la piedra social muchas veces permanece sellando el sepulcro.
Es precisamente en este punto donde la mirada creyente encuentra una escena evangélica que ilumina con una fuerza extraordinaria todo este itinerario humano. Una escena breve en los Evangelios, pero de una densidad inmensa: la conversación de Jesús crucificado con aquel hombre ajusticiado a su lado, el que la tradición ha llamado el Buen Ladrón.
Ambos están en el mismo escenario de condena. Ambos cargan, a los ojos de la multitud, el signo visible de la culpa. Pero mientras uno se cierra, el otro inicia un proceso de verdad. Reconoce su historia, asume su responsabilidad, y desde ese lugar de humildad dirige una palabra confiada hacia quien sufre a su lado.
Y entonces acontece uno de los gestos de acompañamiento más radicales de toda la tradición cristiana. Jesús, despojado de todo, reducido al extremo del dolor humano, no se repliega sobre sí mismo. Aún desde la cruz acompaña, escucha, acoge. No habla desde el poder, sino desde la herida compartida. No desde la distancia moral, sino desde la encarnación en el sufrimiento.
Su respuesta no es solo consuelo: es promesa. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
No hay demora. No hay estigma perpetuo. No hay recordatorio humillante del delito. Hay reconocimiento de un proceso interior verdadero y una promesa de comunión inmediata. Podemos ver en esta escena el proceso de beatificación más rápido de la historia: un condenado que, en el último tramo de su vida, es acogido en la plenitud del Reino.
El Jesús que pronuncia esa promesa no es el de la entrada triunfal en Jerusalén, aclamado por la multitud. Es el Jesús del retablo de dolores, el herido, el desfigurado, el crucificado. Y es desde ahí —desde la máxima fragilidad— desde donde abre el horizonte de salvación.
Leída hoy en clave penitenciaria, esa escena se convierte en el icono más luminoso de la reinserción plena. El Paraíso prometido no es solo escatológico: es la metáfora más radical de la reintegración absoluta, del retorno a la comunión, de la dignidad restaurada sin etiqueta.
Acompañar hoy a las personas privadas de libertad es, de algún modo, situarnos simbólicamente junto a ese Buen Ladrón contemporáneo. Reconocer en él no solo su delito, sino su proceso, su posibilidad de verdad, su camino de transformación.
Nuestra misión no es negar la justicia, sino no clausurar el Paraíso social para quien ha atravesado su desierto, su pasión y su muerte biográfica. Acompañar su resurrección social con la misma radicalidad con la que el Crucificado acompañó al ajusticiado de su derecha.
Porque la Pascua, si es verdadera, no ocurre solo en los altares. Ocurre también cuando una vida que parecía sepultada logra volver a ponerse en pie. Y cuando, al hacerlo, descubre que alguien ha decidido acompañarle hasta el horizonte abierto de su dignidad restaurada. Y es precisamente ahí donde este itinerario cuaresmal alcanza su culminación más exigente y más luminosa, porque ya no se trata solo de comprender intelectualmente la realidad de quienes viven privados de libertad, ni siquiera de acercarnos a ellos desde una solidaridad externa o puntual, sino de dejarnos transformar interiormente por su historia, de permitir que su proceso vital entre en nuestra propia biografía y la reconfigure desde dentro. La Cuaresma, vivida hasta sus últimas consecuencias, nos conduce a ese desplazamiento radical en el que el otro deja de ser un destinatario de nuestra acción para convertirse en parte de nuestra propia vida.
Vivir esta Cuaresma en clave penitenciaria significa atrevernos a recorrer un camino conjunto de resurrección social, donde no solo el privado de libertad busca recomponer su existencia, sino donde también nosotros revisamos nuestras resistencias, nuestros prejuicios, nuestras distancias cómodas. Significa comprender que la Pascua no será plena mientras existan hermanos y hermanas que, aun habiendo cumplido su condena, continúan cargando con la ceniza del estigma en soledad.
Se nos invita, por tanto, a un movimiento de aproximación real, concreta, encarnada. A acercarnos no solo a los centros penitenciarios, sino también a sus familias, a sus entornos heridos, a esas casas donde la ausencia ha dejado huella, donde la vergüenza social ha impuesto silencios, donde la esperanza muchas veces ha quedado suspendida. Acercarnos para escuchar, para sostener, para compartir vida, para hacer visible que la comunidad no abandona a los suyos en los tramos más oscuros de la historia personal.

Esta interiorización del otro en la propia vida constituye, quizá, la forma más profunda de espiritualidad cuaresmal. Porque cuando el dolor ajeno deja de ser ajeno, cuando la historia del privado de libertad comienza a interpelar nuestras decisiones, nuestros tiempos, nuestras prioridades, entonces la conversión deja de ser un concepto abstracto para volverse experiencia transformadora. La fe se hace carne en el acompañamiento, la esperanza se vuelve estructura de acogida, y la caridad deja de ser limosna para convertirse en comunión.
Solo así la Pascua adquiere su dimensión más plena. No como celebración litúrgica aislada, sino como acontecimiento comunitario donde todos —quienes hemos estado dentro y quienes hemos estado fuera— atravesamos juntos el paso de la muerte a la vida, del estigma a la dignidad, de la exclusión a la pertenencia.
Que esta Cuaresma nos encuentre, por tanto, desinstalados de nuestras seguridades, pero profundamente disponibles para el encuentro. Que nos ayude a mirar a los privados de libertad y a sus familias no desde la distancia, sino desde la proximidad que humaniza. Que nos impulse a caminar con ellos procesos reales de resurrección social, donde cada gesto de acogida, cada oportunidad ofrecida, cada vínculo restaurado, sea un signo visible de Pascua.
Y que, cuando llegue la luz de la mañana pascual, podamos reconocer que no hemos recorrido solos el camino del desierto, sino que lo hemos hecho junto a quienes más necesitaban compañía. Porque entonces comprenderemos que la verdadera resurrección no consiste solo en volver a la vida, sino en volver juntos. En volver como comunidad reconciliada, donde nadie queda definitivamente sepultado bajo la ceniza de su pasado, y donde cada historia —también la más herida— encuentra un lugar digno en la mesa común de la vida compartida.
Samuel Huesca Triano, jurista especializado en Derecho Penitenciario