27/03/2026

Este domingo celebramos el Domingo de Ramos, el umbral de la Semana Santa, y el Evangelio nos invita a entrar en una escena que, si la miramos con calma, está llena de matices y también de preguntas para nosotros. Jesús llega a Jerusalén y es recibido como un rey. La gente extiende los mantos, agita Ramos, grita “Hosanna”; hay entusiasmo, hay esperanza, hay una emoción colectiva que contagia, pero sabemos que ese mismo ambiente cambiará en muy pocos días porque aquellos que hoy aclaman pronto guardarán silencio o incluso se unirán al rechazo.
Y aquí es donde este Evangelio deja de ser solo un recuerdo y se convierte en un espejo, porque también nosotros vivimos en esa tensión. Nos sentimos cerca de Jesús cuando todo es claro, cuando emociona, cuando su mensaje nos consuela o nos inspira. Pero no siempre es tan fácil seguirle cuando su camino pasa por la cruz, por la entrega, por el perdón difícil, por el amor que no recibe respuesta.
Jesús, además, rompe nuestras expectativas. No entra como un rey triunfador, con poder o imponiendo su autoridad. Entra humilde, montado en un burro.
Es un gesto sencillo, casi desconcertante. Nos habla de un Dios que no conquista desde la fuerza, sino desde la cercanía; que no obliga, sino que propone; que no aplasta, sino que se ofrece. Y todo eso nos interpela profundamente, porque quizás nosotros seguimos esperando soluciones espectaculares, respuestas inmediatas, signos claros de poder.
Y, sin embargo, Dios sigue eligiendo lo pequeño, lo discreto, lo cotidiano. Ahí es donde se hace presente. El Domingo de Ramos también nos invita a revisar nuestra fidelidad, no desde la culpa, sino desde la verdad.
Nos preguntamos: ¿dónde estoy yo en esta escena? ¿Entre los que aplauden solo cuando es fácil, o entre los que, aunque con dudas, intentan permanecer? Comenzamos una semana clave, una semana para no quedarnos en la superficie, para acompañar de verdad a Jesús en su camino, que pasa por la entrega y desemboca en la vida.
Una semana para mirar de frente el amor llevado hasta el extremo. Este domingo, al tener un ramo en nuestras manos, podemos hacer algo más que recordar una entrada triunfal: podemos renovar una decisión, la de seguir a Jesús no solo en los momentos luminosos, sino también en los oscuros.
La de vivir una fe más coherente, más profunda, más encarnada en lo cotidiano. Que este Domingo de Ramos no sea solo una celebración bonita, sino que sea el inicio de un camino vivido en verdad.
Feliz Domingo de Ramos.
Maru Cornejo, religiosa de los Sagrados Corazones de Salamanca