27/03/2026

Hay escenas que, por conocidas, corren el riesgo de no ser verdaderamente comprendidas. El Domingo de Ramos es una de ellas. La entrada de Jesús en Jerusalén, narrada por los evangelistas, se ha convertido en un símbolo repetido, casi domesticado, cuando en realidad encierra una de las tensiones más profundas del mensaje cristiano: el contraste entre la apariencia del éxito y la realidad de la entrega, entre el aplauso y la cruz, entre la expectativa humana y el camino de la salvación.
La multitud aclama. Extiende mantos, agita ramas, proclama “¡Hosanna!”. Pero ese mismo pueblo, en cuestión de días, será capaz de gritar “¡Crucifícale!”. Este tránsito vertiginoso nos sitúa frente a una verdad incómoda: existe un aplauso que no nace de la fe, sino de la expectativa; un reconocimiento superficial que no comprende lo que celebra. Es el aplauso insincero, el que se adhiere al éxito aparente, pero abandona en el momento de la verdad.
Y en medio de esa escena aparece una figura aparentemente secundaria, casi irrelevante: el burro.
No es un caballo de guerra, no es un símbolo de poder, no impone respeto ni genera admiración. Es humilde, silencioso, anónimo. Sin embargo, sobre sus lomos descansa el centro de la historia: el Amor que entra en Jerusalén. El burro no protagoniza, no dirige, no decide. Sostiene. Transporta. Permanece.
Ahí se encierra una clave profunda para comprender la acción de la Pastoral penitenciaria. Porque acompañar a una persona privada de libertad no es situarse en el lugar del protagonismo, ni del reconocimiento, ni siquiera del éxito visible. Es, en muchas ocasiones, aceptar ser ese burro: quien sostiene procesos que no controla, quien camina sin aplauso, quien permanece incluso cuando el entorno cambia de actitud, quien carga con el peso del sufrimiento ajeno sin apropiárselo.
En el ámbito penitenciario, también existen “Domingos de Ramos”. Momentos de aparente avance, de reconocimiento institucional, de discursos sobre la reinserción, de proyectos que parecen abrir caminos. Pero con demasiada frecuencia, esos aplausos no se sostienen. Se diluyen en estructuras rígidas, en decisiones administrativas, en miradas sociales que siguen siendo profundamente excluyentes. Y entonces llega la cruz: la denegación de un permiso, la frustración de un proceso, la recaída, el abandono, el silencio.
Es ahí donde se revela la autenticidad del acompañamiento. Porque acompañar de verdad implica permanecer también en ese tránsito, en ese paso del supuesto éxito a la cruz. Implica no abandonar cuando desaparece el reconocimiento. Implica seguir creyendo en la persona cuando todo alrededor parece negarla. Implica sostener la dignidad allí donde el sistema la ha erosionado durante años.
La Pastoral penitenciaria está llamada a ser, en este sentido, presencia encarnada del Amor que no se retira. No un Amor abstracto o teórico, sino un Amor que se hace camino concreto, que entra en los espacios más duros, que se deja cargar sobre lo humilde, sobre lo frágil, sobre lo aparentemente insignificante.
Jesús entra como libertador de los cautivos, pero no desde la lógica del poder, sino desde la lógica de la entrega. No rompe las cadenas con violencia, sino que transforma el sentido mismo de la libertad. Y esa es, quizá, la tarea más radical que tenemos delante: no solo acompañar procesos de salida de la cárcel, sino abrir caminos de libertad incluso dentro de ella, reconstruir la persona desde dentro, devolverle su condición de sujeto, de historia, de dignidad.
En ese proceso, quienes acompañamos estamos llamados a despojarnos de toda pretensión de protagonismo. No somos los salvadores. No somos los que liberan. Somos, en el mejor de los casos, quienes permiten que el Amor pase, quienes lo sostienen, quienes lo acercan, quienes lo hacen presente en gestos pequeños, constantes, a veces invisibles.
Ser ese burro que camina lento, en silencio, sin entender del todo el alcance de lo que transporta, pero fiel al camino.
Porque al final, la Pastoral penitenciaria no se mide por los aplausos del Domingo de Ramos, sino por la capacidad de atravesar el Viernes Santo… acompañando sin retirarse, sosteniendo incluso en la caída, permaneciendo en la herida… hasta llegar al Domingo de Resurrección, donde la vida, contra todo pronóstico, se abre paso y devuelve a la persona su dignidad, su historia y su posibilidad real de volver a vivir.
Samuel Huesca, jurista especializado en Derecho Penitenciario