16/06/2026

Cuando el visitante dirige su mirada hacia la gran Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, descubre una inmensa cruz que corona el punto más alto del templo. Con sus 172,5 metros de altura, la torre de Cristo se convierte en el centro visual, arquitectónico y teológico de toda la basílica. Nada en ella es casual. Todo conduce a Cristo.

Sin embargo, existe un detalle que muchas personas desconocen. En el interior del tramo superior vertical de la cruz, visible a través de sus ventanas, se encuentra una imagen del Agnus Dei, el Cordero de Dios, siguiendo una indicación expresa de Antoni Gaudí recogida en los antiguos álbumes del templo. El arquitecto escribió que en el centro de la gran cruz debía colocarse el «Divino Cordero». Casi un siglo después, esa intuición se ha hecho realidad.
La obra ha sido realizada por el artista italiano Andrea Mastrovito, elegido para desarrollar este elemento central del programa iconográfico de la torre de Jesucristo. La figura está elaborada mediante una combinación de mosaico, vidrio, grisalla y pan de oro, suspendida dentro de una estructura hiperboloide rodeada por veinticuatro haces luminosos. El Cordero no está colocado simplemente dentro de la cruz. Está situado dentro de un hiperboloide luminoso. Y el hiperboloide está situado dentro de la gran cruz de Cristo. Es decir:
La secuencia es exactamente la del Apocalipsis: «La ciudad no necesita sol ni luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23).
La primera lectura es claramente bíblica. Cuando Juan Bautista ve acercarse a Jesús, exclama: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Desde los primeros siglos, la Iglesia reconoció en Cristo al verdadero cordero pascual. Como el cordero sacrificado durante la Pascua judía, Jesús entrega su vida para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por eso, el Agnus Dei aparece tradicionalmente asociado al sacrificio, a la entrega y a la redención. Gaudí sitúa precisamente al Cordero dentro de la cruz. No podía ser de otra manera.
La cruz es el lugar donde el Cordero derrama su sangre. La cruz es el lugar donde el amor llega hasta el extremo. La cruz es el lugar donde Cristo entrega el Espíritu al Padre y a la humanidad. Todo el conjunto recuerda las palabras del Apocalipsis: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5,12).

Pero Gaudí y Mastrovito añaden una segunda lectura. El Cordero no aparece representado mediante piedra opaca o metal macizo. Está realizado fundamentalmente con vidrio y materiales capaces de recibir y transmitir la luz. Esto resulta profundamente significativo. Cristo no sólo es el Cordero inmolado. Cristo es también la transparencia perfecta de Dios: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9).
La luz atraviesa el Cordero como la gloria divina atraviesa la humanidad de Cristo. De alguna manera, el material elegido se convierte también en mensaje. La luz no queda retenida. La luz pasa. La luz se comunica. La luz se expande. Cristo es el hombre completamente abierto a la presencia del Padre. Por eso el Cordero aparece casi como una gran vidriera suspendida en el corazón de la cruz.
Sin embargo, la clave más profunda se encuentra probablemente en el libro del Apocalipsis. Cuando San Juan contempla la Jerusalén celestial describe una ciudad completamente inundada por la luz de Dios: «La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23). Este texto parece haber inspirado directamente el programa simbólico de la torre. La cruz funciona como un gigantesco faro visible desde toda Barcelona.
Gaudí quiso que brillara durante el día y emitiera luz durante la noche. Para ello se utilizaron cerámica blanca vidriada, vidrio y sistemas de iluminación especialmente diseñados. Pero el verdadero foco luminoso no es la cruz. Es el Cordero que habita dentro de ella. La lámpara del faro es Cristo. La cruz se convierte así en una inmensa linterna que anuncia a la ciudad entera quién es la verdadera luz del mundo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas» (Jn 8,12).
Todo esto sólo se comprende plenamente cuando se contempla la basílica en su conjunto. La torre de Jesucristo ocupa el centro de las seis torres centrales. Las cuatro torres es el tetramorfos de los evangelistas la rodean. La torre de María la acompaña. Y toda la construcción se organiza alrededor de Cristo. No estamos simplemente ante una iglesia monumental. Gaudí quiso construir una representación de la creación reconciliada, de la Iglesia reunida en torno a Cristo y, en último término, de la Jerusalén celestial descrita en el Apocalipsis.

Por eso, la torre culmina con el Cordero. Porque en la visión final de la historia no reina el poder. No reina la fuerza. No reina la violencia. Reina el Cordero. El mismo que fue inmolado. El mismo que entregó su vida. El mismo que ahora ilumina para siempre la ciudad santa. La inmensa cruz de la torre de Jesucristo se convierte así en una catequesis visible desde kilómetros de distancia. Dentro de ella habita el Cordero. Dentro del faro está la lámpara. Dentro de la cruz está la gloria. Y toda la Sagrada Familia gira en torno a Él, como la Jerusalén celestial gira en torno al Cordero que la ilumina para siempre.
Cuando contemplamos el Agnus Dei de la torre de Jesucristo comprendemos que Gaudí no quiso coronar Barcelona con una cruz vacía. Quiso colocar en su interior al Cordero vivo del Apocalipsis. Porque la cruz sólo se entiende desde el amor de quien se entrega. Y porque la verdadera luz que ilumina el mundo no procede de la técnica ni del poder, sino de Cristo, el Cordero inmolado y glorioso, lámpara eterna de la Jerusalén celestial.
Tomás Gil Rodrigo, director del Servicio diocesano de Patrimonio Artístico