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13/02/2026

El desierto cuaresmal

Tras el ciclo sobre el desierto desde la profecía de Oseas, publicamos esta semana la primera entrega de una nueva serie que continuará cada viernes durante la Cuaresma y que nos invitará a recorrer el camino del ayuno, la oración y la caridad con la mirada puesta en el misterio de la Cruz, como preparación para celebrar la Pascua

 

AKBÉS

Los padres del desierto decían: «El diablo puede imitar todo lo que concierne al ayuno, porque él no come, y todo lo que concierne a la vigilia (oración), porque él no duerme. Pero nunca podrá imitar la humildad y la caridad. Por tanto, es muy importante que luchemos para adquirir la humildad y la caridad y para odiar la soberbia, por causa de la cual el diablo cayó de los cielos».

Una vez que tenemos claro lo que decían los padres del desierto, entendemos que el sentido de la Cuaresma es adquirir la humildad y la caridad como preparación óptima para celebrar la Pascua. ¿Quiere esto decir que no valen ni el ayuno, ni la oración, ni la limosna? No, ni mucho menos.

Antes de nada, conviene decir que la limosna, si no es caridad, es un comercio, ya que esperamos recibir algo a cambio; tal vez no del hermano que la reciba, pero sí de otro o, incluso, de Dios: esperamos un beneficio suyo dado que cumplimos. Sobre este punto en el Sermón sobre la expulsión de los vendedores del templo dice Eckhart de Hochheim: «Digo más aún: Mientras el hombre en todas sus obras busca aún alguna cosa relativa a lo que Dios puede o quiere dar, se asemeja a esos mercaderes.[…] No debes apetecer absolutamente nada en recompensa. Si operas así, tus obras serán espirituales».

La caridad no es la limosna; aunque puede manifestarse en ella, no se reduce a la limosna. Para concluir este punto, podemos decir que la caridad es amar como Cristo nos amó, que es el mandamiento de la Nueva Alianza.

El ayuno

Ahora entramos en la cuestión del ayuno. Ayunar debe conducirnos a la libertad; y esto es, sin duda, ayunar de nosotros mismos. Es decir, abstenernos de cuanto nos gusta y disfrutamos, pero, sobre todo, abstenernos de los vicios y tratar de librarnos de los hábitos que éstos nos han generado. El ayuno es un ejercicio de dominio de nosotros mismos.

El dominio de sí es un fruto del Espíritu Santo, un fruto que debemos dar puesto que el Espíritu Santo se nos dio en el Bautismo y habita en nosotros. Dice la Carta a los Efesios: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo» (Ef 4, 30-32).

Ayunar no debe ser solo un esfuerzo; más bien, una elección: elegir todo lo que necesito para que no se dé en mi vida lo que se sugiere en el texto citado de la Carta a los Efesios. Tampoco debe estar referido solo a la comida, pues en este punto —como hemos visto— nos gana el diablo, que no come. Ahora bien, pensando en los que no comen ni siquiera tres veces al día, puede ser para nosotros un ejercicio de comunión, sobre todo si, calculando lo que hemos ahorrado lo entregamos para remedio de sus necesidades.

Oración

Respecto de la oración. No se trata de grandes discursos sobre nada, ya que Dios lo sabe todo; ni de un ejercicio restringido al tiempo cuaresmal para estar más tiempo —valga la redundancia—, junto al Señor; también en esto gana el diablo, que no duerme. Se trata de sentir la necesidad de Dios a mi lado para caminar como el Señor nos mostró.

Se trata de sentir una gratitud para con el Señor, que siempre está a mi lado, aunque no me dé cuenta de que todo el bien que hago viene de Él. Es sentir hacia Dios lo que siento con las personas que amo: el tiempo se hace corto siempre que estoy con ellas; necesito verlas; nada de lo que hago por ellas me parece mucho.

Orar, pues, es un estilo de vida que conlleva estar apasionado por el Señor, sin esperar nada más que hacer lo que Él quiere que haga. Se trata de elegir a Dios en todo momento, tanto en el templo como en la calle. Orar es un estilo de vida, una forma de vivir.

Limosna

¿Y la limosna? La limosna no es grande ni pequeña —recordemos las dos monedas de la viuda—; es siempre una manifestación del amor. Es decir, la limosna, en sentido cristiano, no se pesa: se besa.

No podemos presumir de la limosna que hacemos ni guardar la cantidad en nuestra memoria. Se trata de expresar el amor que tenemos al Señor, ya que nos ha dicho: “Lo que hagáis con estos, mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis”. Pero, sobre todo, ha de ser para nosotros la expresión viva del Mandamiento Nuevo.

Una limosna que no es sólo dar dinero o bienes: incluye el tiempo y todos los servicios que pueda realizar, y, sobre todo la gran limosna: el perdón. Otro aspecto importante es la limosna que puedo recibir. Parece un contrasentido, pero cuando me preguntan qué me pasa, o me corrigen, o me ofrecen algo que en ese momento puedo necesitar… ¿cuál es mi reacción? Es hora de preguntarnos si no sabemos dar limosna solo porque no sabemos recibirla.

El ayuno y la oración han de estar hechos con humildad, o buscando la humildad, ya que también es consecuencia —la humildad— del ayuno y de la oración. Y la limosna ha de ser caridad; es decir, ha de expresar o buscar ese amor incondicional que sólo Dios tiene y a quien debemos servir como Él quiere ser servido.

Por otra parte, la penitencia debe ser un camino de alegría, ya que la razón es la fiesta que esperamos: la Resurrección del Señor. Debe ser semejante al trabajo que hacemos preparando una boda, por ejemplo. Es mucho trabajo y cansa, pero queremos que la fiesta sea un momento muy feliz para todos, aunque, en especial, para el protagonista. En esta fiesta —la Pascua— el protagonista es el Señor.

Un último apunte: el ayuno del Miércoles de Ceniza, el del Viernes Santo y la abstinencia de la carne debemos tenerlos en cuenta, ya que, aparte de la penitencia que cada cual elija esta Cuaresma, son acciones que nos unen a todos los católicos del mundo. Puede ayudar pensar que, si no somos fieles en lo poco, tampoco lo seremos en lo mucho.

¡Feliz Cuaresma!

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