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19/12/2025

El silencio de la Navidad

Tomás Durán invita a redescubrir la Navidad contemplando el origen de Jesucristo en el amor del Padre y la acción del Espíritu Santo, poniendo en valor el silencio obediente de María y José, donde Dios se revela en Jesús, Salvador y Enmanuel, Dios con nosotros

 

¿El “origen” de Jesucristo dónde está? En el designio y voluntad de Dios, del Padre. La acción de Dios, a través del Espíritu Santo, por el que es concebido Jesús en el seno de María, es la que da comienzo y “origen” al nacimiento como hombre del Hijo de Dios. Un documento del Concilio, define toda la historia de la salvación, surgida del “amor fontal o caridad de Dios Padre, que, siendo principio sin principio del que es engendrado el Hijo y del que procede el Espíritu Santo, nos creó libremente…” (AG 2). Es el Padre el que tiene la iniciativa en el origen del Hijo; en el Padre está el “amor fontal”.

Y esto se puede realizar por el “silencio acogedor y obediente” de María. Su silencio es la forma suprema de obediencia a la voluntad del Padre. Y este silencio le va a hacer ser una mujer marginal, repudiada… “María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”. La fuente de la vida procede del Espíritu Santo. San Lucas, en su evangelio, establece un diálogo entre el Ángel y María (Lc 1,26-38). Aquí, en este pasaje de este domingo, IV de Adviento, se da un admirable silencio de acogida. Y es que María no acoge una idea o un proyecto: acoge a Jesús. Y ella lo que va a comunicar al mundo es al mismo Jesús, Verbo encarnado; y así ella es modelo de discípula y de evangelizadora. El silencio es también evangelización.

Esto lo lleva, como decíamos antes, a caer en sospecha. “José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado”. De nuevo, otro silencio: el de José, que calla y no va a repudiarla en público. Y es que es silencio tiene una gran fuerza comunicadora. Ahora, el silencio de José tiene un componente de misericordia, pues era “justo”, es decir bienaventurado (Cf. Mt 5,7); por eso antepone el silencio y la misericordia antes que acudir a la ley (Mt 9,13), y antepone, incluso, la misericordia al culto del templo (Mt 12, 7). No va a exponer a María a la vergüenza pública, sino que lo vive en el silencio de un hombre “justo”, es decir bienaventurado y misericordioso. El silencio también es bienaventurado y misericordioso.

Y la palabra del Padre viene a través del sueño de José. “Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Hasta ahora el silencio de José era misericordioso, justo, bienaventurado. Pero tiene que dar un paso más en el silencio. “Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer”. Ahora el silencio se hace obediencia dócil a la voluntad del Padre. Antes “no repudió” a María en silencio, ahora “la acoge” en silencio, con lo que ello puede llevar de desprestigio, de burla, e incomprensión. Pero en silencio “hizo” lo que le había mandado el Ángel. Lo que “hay en ella es del Espíritu Santo”, es obra de Dios. El silencio es también obediencia dócil a la voluntad del Padre.

Y, ante estos silencios que hemos visto, viene la palabra de parte del Padre, por medio de un Ángel que todo lo aclara: María “dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». El que viene es el “Salvador”. Esta experiencia de que el Mesías “viene a salvar al pueblo” está en la entraña de los orantes que le invocan y le esperan: “porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa: y él redimirá a Israel de todos sus delitos” (Sal 129 (130), 8); y perdón y redención que anticipa en los caminos ofreciéndolo a los pecadores (Mt 9,2-8); y perdón y redención de los pecados, que vendrá por su entrega en la cruz: “esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28).

Y añade el Ángel del Señor: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Este anuncio del ángel, del Dios con nosotros, culminará al final del evangelio, cuando Jesús reciba todo poder del cielo y de la tierra, diciendo: “estaré-con-vosotros-todos-los-días hasta el fin del mundo” (Mt 28,16). En el evangelio de San Mateo este título, Enmanuel, recorre todo el evangelio. Está-con-nosotros, aun rodeado de incredulidad y rechazo (Mt 17,17). Está-con-nosotros en la oración común, que hace la fraternidad (Mt 18,20). Estará-con-nosotros en el final, cuando beba el vino nuevo con nosotros en el Reino del Padre (Mt 26,29).  El anuncio del Ángel condensa todo el evangelio. El Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, es el Salvador de los pecados y el que está con nosotros desde que nace (su primera venida), hasta que vuelva de nuevo (la venida que esperamos).

Dos palabras resuenan desde el silencio: el “fiat” (=hágase) de María; y el “fecit” (=hizo) de José, “pues ‘hizo’ lo que le había mandado el Ángel del Señor y acogió a su mujer. Y, sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús”. Bellas enseñanzas para vivir la Natividad del Señor que se avecina: “Silencio”. “Fiat”. “Fecit” … Este es el auténtico sentido de la Navidad, que debemos redescubrir y vivir intensamente.

Paz y gozo en el Señor. ¡Feliz Navidad a todos!

Tomás Durán Sánchez , vicario general

 

 

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