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03/04/2026

«El verdadero triunfo no está en evitar la cruz, sino en abrazarla con Cristo»

Mons. José Luis Retana presidió los Santos Oficios del Viernes Santo en la Catedral, en una liturgia en la que la Iglesia contempla el misterio de la cruz. En su homilía recordó que «la cruz es el testimonio más elocuente del amor de Dios» y que, unida a Cristo, «no aplasta: eleva»

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

La Catedral Vieja acogió en la tarde del Viernes Santo la celebración de los Santos Oficios, presidida por el obispo diocesano, Mons. José Luis Retana, en una liturgia marcada por la sobriedad y el recogimiento, en la que la Iglesia contempla el misterio de la Cruz, ora por toda la humanidad y expresa su comunión con Tierra Santa a través de la colecta pontificia por los Santos Lugares.

El silencio que introduce en el misterio

La celebración comenzó en silencio, sin canto alguno, con la entrada del obispo y los ministros que se dirigieron al altar y donde realizaron una larga larga reverencia, mientras la asamblea permanecía de rodillas en actitud de oración. El altar, despojado, y la ausencia de la celebración de la Eucaristía recordaban el sentido propio de este día, en el que todo conduce a Cristo crucificado.

La proclamación de la Pasión según san Juan situó a los fieles ante el corazón del misterio cristiano. A continuación, Mons. Retana pronunció su homilía en la que invitó a la comunidad cristiana a detenerse ante la cruz para descubrir en ella el amor de Dios. «La cruz es el testimonio más elocuente de hasta dónde ha llegado el amor de Dios Padre hacia toda criatura humana», señaló. Un amor, subrayó, del que «nadie queda excluido» y en el que Dios ha pronunciado «su palabra definitiva e irrevocable».

El obispo recordó que la vida de Jesús, desde su nacimiento en la pobreza hasta su muerte en la cruz, manifiesta un camino de entrega total: un Dios que «eligió lo humilde y sencillo» y que se hizo cercano a todos. Desde ahí, explicó que el mensaje cristiano solo se comprende desde el misterio pascual: «no hay vida sin muerte, ni pascua sin cruz, ni amor verdadero sin pasión y ofrenda».

La cruz, camino de vida y esperanza

«Ser cristiano es seguir a Jesús por el camino de la cruz», afirmó. Un mensaje que sigue resultando exigente para todos. Sin embargo, explicó que en esa cruz se encuentra la verdadera clave de la vida: «La cruz que adoramos no es una maldición, sino una maestra silenciosa». En ese sentido, invitó a mirar el sufrimiento con una luz nueva. Para ello, Mons. Retana profundizó en el valor del dolor vivido desde la fe. Recordó que el cristiano no busca el sufrimiento, pero puede descubrir en él un camino de crecimiento y de amor. «Ser cristiano no consiste en huir del dolor, sino en aprender a vivirlo desde la fe», afirmó. E insistió en que el Señor no abandona nunca al que sufre.

Llamados a ser cirineos

Una de las ideas centrales de su homilía fue la unión con Cristo en la propia vida: «nuestra cruz, unida a Cristo, no aplasta: eleva. No encierra: abre a la esperanza». Desde esta perspectiva, animó a acoger las dificultades con confianza, sabiendo que pueden convertirse en lugar de vida nueva.

Mons. Retana invitó también a dar un paso más y llevar esta experiencia a la vida concreta, siendo cirineos, «ayudando a llevar la cruz a todos los crucificados que encontramos», haciendo de la propia vida un servicio para los demás, especialmente con quienes más sufren.

Tras la homilía, se elevó la oración universal, en la que se intercede por la Iglesia y por el mundo entero, expresión del alcance universal de la Pasión de Cristo. A continuación, tuvo lugar la adoración de la Cruz, uno de los momentos más significativos de la celebración, en el que los fieles, en silencio, veneraron el signo de la redención.

Después se realizó la colecta pontificia para los Santos Lugares, un gesto de comunión y solidaridad con los cristianos que viven en la tierra de Jesús, especialmente en medio de las dificultades actuales.

En espera de la Pascua

La celebración continuó con la comunión, distribuida con las formas consagradas en la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo, que permanecían reservadas desde entonces en el monumento instalado en la capilla de San José de la Catedral Nueva.

La liturgia finalizó del mismo modo en que comenzó, en silencio,  dejando a los fieles en actitud de espera y recogimiento. De este modo, la comunidad cristiana se prepara para la Vigilia Pascual, que se celebrará en la noche de este Sábado Santo, corazón de todo el año litúrgico, en la que se anunciará la Resurrección de Jesús.

 

 

 

 

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