05/06/2026
ELIMAR URIBE JAIMES
Esta peregrinación tiene para mí un significado muy especial. En 1985 tuve la fortuna de acompañar a mi madre a la visita de papa San Juan Pablo II a Caracas, Venezuela. Yo era una niña y quizás no comprendía del todo la dimensión de aquel acontecimiento, pero todavía hoy, más de cuarenta años después, cierro los ojos y puedo recordar la inmensa multitud reunida en torno a su fe, la alegría de las personas y la profunda paz que se respiraba. Fue una experiencia que dejó una huella imborrable en mi corazón.
Hoy deseo regalar a mis hijos esa misma oportunidad. Quizás ahora tampoco sean plenamente conscientes de lo que significa vivir un encuentro así, igual que me ocurrió a mí, pero sé que hay momentos que tienen la capacidad de permanecer para siempre en nuestra memoria y en el alma.
Nuestra historia familiar también está profundamente marcada por la fe. Cuando mi hijo menor tenía cinco años fue diagnosticado de cáncer. Fue uno de los momentos más difíciles de nuestra vida. Ante una situación así, uno puede alejarse de Dios o abandonarse completamente en Él. Yo elegí confiar. No porque entendiera lo que estaba ocurriendo, sino precisamente porque no lo entendía.
Mi fe me ayudó a seguir adelante cuando sentía que las fuerzas se agotaban. Me enseñó que Dios no siempre evita las dificultades, pero sí camina a nuestro lado mientras las atravesamos. En medio de aquellos momentos tan oscuros, encontré en Él la fortaleza, la esperanza y la paz necesarias para continuar, y lo hemos logrado.
He aprendido que la fe se cultiva en lo cotidiano: en la forma de tratar a los demás, en tender la mano a quien lo necesita, en no perder la esperanza y en encontrar cada noche un motivo para dar gracias.
Un momento maravilloso que recuerdo a lo pocos días de haber llegado a Salamanca, encontré mi mayor refugio espiritual en la parroquia de La Purísima. Allí viví un auténtico reencuentro con Dios, una vuelta a casa después de tanto dolor e incertidumbre. Ese camino me llevó incluso a servir como catequista, profundamente agradecida por todo lo recibido.
Por eso peregrinamos. Venimos como familia para dar gracias por todo recibido, para fortalecer nuestra fe y para transmitir a nuestros hijos que nunca estamos solos, porque Dios nunca abandona a quienes confían en Él. Queremos ser testimonio de esperanza y compartir la certeza de que, incluso en los momentos más difíciles, siempre existe una luz que nos ayuda a seguir adelante.
Esta peregrinación es, para nosotros, mucho más que un viaje. Es una oportunidad para encontrarnos con Dios, vivir nuestra fe en comunidad y agradecer todo lo que hemos recibido. Es también una forma de proclamar públicamente nuestra esperanza y de dar testimonio de que, aun en medio de las pruebas más duras y oscuras, la fe puede sostenernos y guiarnos en el camino, como se ha logrado. Así que sólo nos queda alzar la mirada.