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05/04/2026

¡Jesús ha resucitado!… ¿Y a mí, qué?

El sacerdote Mariano Montero propone, en este Domingo de Pascua, una reflexión que interpela a que la alegría de la Resurrección no se quede en lo celebrado, sino que transforme nuestra vida cotidiana

 

¡Jesús ha resucitado! Esta es la gran alegría de la Pascua cristiana. Hemos completado una larga Semana Santa llena de celebraciones y expresiones religiosas de gran hondura y emoción, en la que una vez más nos hemos acercado a la Pasión y Muerte de Jesús, para terminar festejando como broche de oro este Domingo de Resurrección. Parroquias, cofradías y católicos de a pie hemos contribuido a que todo resultara bien; y ahora podemos descansar, después del subidón de estos días… ¿O estoy contando mal esta historia?

Ah, sí. Se me olvidaba comentar que el Domingo de Ramos, el papa León nos dijo que la Pasión de Cristo conecta directamente con lo que está pasando hoy en nuestro mundo. Y lo decía con palabras muy claras: “Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra.”… “En su último grito dirigido al Padre escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra. Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!”.

Vaya, vaya… Entonces, si es verdad lo que dice el papa, yo no debería tomarme la post-Semana Santa como un pasar página, sino hacer de la Pasión y Resurrección del Señor la guía y el motor de mi vida, con más convicción y vigor justo ahora y para todo el año que tengo por delante. Quizá nos ocurre con la Semana Santa lo que le pasa a la mayoría de nuestros conciudadanos con las noticias de la guerra: hoy Oriente Medio, antes Gaza, antes Ucrania… Que, de ver tantas veces las imágenes de los horrores bélicos, nos acostumbramos al maltrato al inocente, normalizamos la muerte violenta, nos resignamos ante la injusta ley del más fuerte, anestesiamos nuestra empatía y compasión, y rápidamente pasamos a otra noticia o a otro canal… ¿Nos estará pasando esto con la Semana Santa, con la Pasión de Cristo, vivida en el mejor de los casos como una emoción momentánea? ¿Nos estará pasando con la Pascua de Resurrección, revivida anualmente como tradición ya sabida, pero con poca incidencia real en nuestro corazón y nuestra vida diaria?

Para unir a Jesús Resucitado y lo cotidiano, os voy a compartir un pequeño hecho de vida que recuerdo como si fuera hoy. Yo vivía en Madrid, era el día siguiente al Domingo de Resurrección y estaba haciendo cola en la caja de un banco. Era temprano, tenía prisa y repasaba en mi cabeza lo que tenía que hacer esa mañana. Éramos varios en la fila, todos callados y ensimismados. El silencio y frialdad de la sala solo los rompía el canto alegre de la mujer que limpiaba los suelos. Tenía apariencia de emigrante, quizá rumana. Los minutos pasaban y aquel era un contraste llamativo. Todos serios y callados y aquella mujer que unía un trabajo humilde con una alegría expresada libremente…. Entonces salió de una puerta un ejecutivo y le dijo: “Haga su trabajo en silencio, ¿no ve qué está molestando a los clientes?”. A todos nos chocó esa orden seca, pero más nos sorprendió la respuesta de ella: “Es que Jesús ha resucitado”. Con cara de asombro, el hombre alcanzó a decir: “¿Y a mí, qué? ¡Váyase a barrer aquel pasillo!”. La mujer se fue, sonriendo, mientras en voz baja cantaba esta frase: “Verdaderamente ha resucitado!”.

Presenciar aquella escena me impactó y me sentí desnudo ante el Señor. Y desde entonces me paso la Octava de Pascua diciéndole que sí, que a mí me importa su Resurrección, que me alegro por tenerle a mi lado cada día y que deseo que marque mi vidaAhora te invito a ti a que hagas tuya esa pregunta: “!Jesús ha resucitado!… ¿Y a mí, qué?”.

 

Mariano Montero, sacerdote Adsis, párroco de Santa Marta de Tormes

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