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02/04/2026

Jueves Santo: el amor que se hace servicio y se entrega sin medida

Iniciamos este recorrido por el Triduo Pascual con una breve reflexión diaria que ayude a comprender y vivir el misterio central de la fe. La Cena del Señor nos introduce en el amor de Cristo, que se hace don en la Eucaristía, servicio humilde en el lavatorio de los pies y llamada a entregar la propia vida

 

AKBÉS

La misa de la Cena del Señor es el prólogo del Triduo Pascual. En ella, el Señor nos deja el testamento de su Amor. La institución de la Eucaristía, el sacramento del Orden y el Mandamiento Nuevo del Amor son, sin duda los tres dones que el Señor nos entrega.

El lavatorio de los pies constituye el gesto central del texto evangélico del Jueves Santo. Contemplamos al Señor convertido en servidor de los discípulos y, por tanto, nos descoloca, porque nos descentra: no se trata de nosotros mismos ni de nuestra perfección, sino de nuestro servicio. Servir como hemos sido servidos es el camino de la perfección, es el sendero del monte del Señor: «Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13, 12-15).

El gesto de lavar los pies a los discípulos ilumina todo cuanto acontece esa tarde en el Cenáculo. La Eucaristía es el Testamento de su Amor; por eso, para nosotros, participar en la Cena del Señor no puede ser un ritual vacío, limitado al cumplimiento, sino el recuerdo permanente de el don de sí mismo que hizo el Señor: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

Igualmente, el lavatorio nos ofrece una clara interpretación del Orden Sacerdotal. Aceptar la “llamada” del Señor para representarlo no se reduce, aunque sea lo fundamental, a la gracia de Dios, sin la cual es imposible y solo por la cual se puede llevar adelante. El sacerdote ha de esforzarse en dar lo mejor de sí mismo, renunciando a sí mismo en la medida de lo posible. Esta es la ofrenda personal, que por la gracia de Dios y a pesar de sus errores, puede llevarle a celebrar la Eucaristía con verdadero estremecimiento al contemplar cuanto el Señor realiza en Él en favor de todos sus hermanos.

Del mismo modo el gesto central del Jueves Santo nos muestra en que consiste el Mandato Nuevo: servir a los demás como un verdadero esclavo. Dice la Carta a los Gálatas: «Pues vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor» (Gl 5, 13). La libertad, que distingue a la persona humana del resto de la creación, es desde el Jueves Santo nuestro mejor don al Señor: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad…». Responder a la vocación cristiana es “entregar la libertad”.

 

 

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