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13/03/2026

La Cruz, camino y bastón del discípulo

En nuestro camino cuaresmal seguimos profundizando en el misterio de la cruz. Si la semana pasada contemplábamos a Cristo como la Verdad que abre el corazón a la misericordia de Dios, hoy dirigimos la mirada a otra de sus palabras: «Yo soy el camino». Seguir al Señor implica caminar tras Él y descubrir que la cruz es, al mismo tiempo, camino y apoyo para nuestra vida

 

AKBÉS

El Señor nos dice con toda claridad: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). De este modo comenzábamos la semana pasada tomando para el comentario “la verdad”; esta semana tomamos, como el mismo título sugiere, “el camino”. Jesús es el Camino, es decir, no podemos recorrer una senda más corta, ni más larga, ni más estrecha ni más ancha, ni más llana, etc. No podemos recorrer otro camino más que Él. No ha venido el Señor a facilitarnos las cosas, sino a acompañarnos y a mostrarnos que Dios es Amor y que está siempre con nosotros. Podemos traer a la mente:

Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará» (Lc 9, 23-24). Como podemos observar, no trata de resolvernos la situación, sino de caminar delante de nosotros; que debemos seguirlo como el rebaño al pastor: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10, 27-28). El seguimiento implica ir detrás del Señor por su camino; no podemos ir por otro mejor ni distinto del suyo, y tendremos el mismo destino que Él: «Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria» (Jn 17, 24).

Por otra parte, en el capítulo 9 del evangelio de san Juan, que narra la curación del ciego de nacimiento, leemos: «Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:  “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)”. Él fue, se lavó, y volvió con vista».  El Señor cura nuestra ceguera al modo como el hombre fue creado. Untó barro en los ojos; no parece que con barro en los ojos se pueda ver mejor, pero es cierto que Siloé significa “enviado” y, por tanto, sentirse enviado es el modo como el barro se cae de los ojos del corazón, igual que con el agua se cae el barro físico.

Todo cuanto nos impide seguir al Señor, es decir, el Camino, cae cuando nos sentimos enviados por Él y en Él depositamos nuestra confianza: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Por el contrario, cuando nos buscamos a nosotros mismos nos perdemos porque nos quedamos solos, como ovejas en medio de lobos. El Señor nos advierte claramente: «Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos» (Mt 10, 16). Es decir, no vivimos mejor en el mismo mundo que los demás; vivimos el mismo mundo iluminados por la fe, justamente para que el Evangelio siga resonando para gloria de Dios, que es la vida del hombre según san Ireneo de Lyon.

La cruz es nuestro camino porque fue el camino que el Señor eligió para sí. De hecho, a los dos hermanos, Santiago y Juan, la pregunta que les hizo el Señor fue: «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» (Mt 20,22). Este Cáliz causa angustia a Jesús: «Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!» (Lc 12, 50); y además lo desea: «Y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios» (Lc 22, 15-16). Y, por último, no quiere evitarlo, porque es la voluntad del Padre y Él ama al Padre: «Dijo entonces Jesús a Pedro: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11).

También la cruz es bastón para el camino, puesto que no podemos ser ingenuos: la lucha contra nosotros mismos para elegir siempre al Señor no nos abandonará durante toda la vida. La cruz es nuestro bastón: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15). Encontramos aquí un apoyo para comprender que la cruz es nuestro bastón para el camino, podemos traducirlo en palabras de Santa Teresa de Jesús: «Poned los ojos en Cristo crucificado y todo se os hará poco» (Moradas VII, 4,8).  La respuesta del Señor a la oración de Moisés para que cesara el daño de las serpientes venenosas fue colocar una serpiente de bronce en un estandarte y mirarla: «Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida» (Nm 21, 9); nosotros, cuando sentimos las adversidades de la vida, miramos al Crucificado y también quedamos consolados y fortalecidos para continuar el camino. Pero, si no lo miramos, quedamos reducidos a nosotros mismos y no obtenemos consuelo, solo vacío.

Ahora podemos volver a considerar el punto segundo de esta exposición y ver cómo la cruz se torna luz para los que seguimos al Señor cargando con la nuestra cada día. Se cumple para nosotros la palabra que dice: «Jesús les habló de nuevo diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”» (Jn 8, 12). El barro de nuestros ojos cae cuando tomamos conciencia de nuestra realidad y, cargando con la cruz, nuestro amor propio va muriendo al mismo tiempo que el amor fraterno se abre paso mientras avanzamos queriendo entrar por la puerta estrecha, puesto que: «El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará» (Jn 12, 26).

 

 

La Cruz, esplendor de la esperanza

 

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