06/03/2026
AKBÉS
A la interpelación de Tomás dice el Señor: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Camino, verdad y vida: los tres nombres que Jesús se da a sí mismo en la noche de la Pasión brillan con luz propia en la cruz. Veamos hoy “la Verdad”.
El ladrón arrepentido decía: “¿Ni siquiera temes tú —dirigiéndose al otro ladrón— a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 22, 40-42). La confesión de la verdad obtiene del Señor el Paraíso: “Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 22, 43)”, a pesar de que ha tenido una vida muy distinta a la de aquel a quien defiende y al fin suplica.
Vemos en este dos episodio cumplida la enseñanza de Jesús: “Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,32)”. El ladrón arrepentido ha aceptado la Palabra de Jesús y ha experimentado la libertad; ha recibido la libertad por la Palabra. La palabra de Jesús cumple lo que Él mismo anunció en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se cumple esta palabra que acabáis de oír». Y la palabra que acababan de oír era la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).
El contenido de la palabra es la verdad y el contenido de la Palabra es la Verdad. ¿Qué otra cosa puede contener una palabra para ser tal? Puede pensarse que hay palabras que no contienen la verdad; en ese caso la palabra es falsa, es decir, la verdad que tienen en sí es la falsedad. La falsedad no es la ausencia de la verdad en el contexto en que estamos hablando, ya que, si de la abundancia del corazón habla la boca, la falsedad sale de un corazón que no está habitado por la Verdad. Y en ese caso es un testigo falso o, sencillamente, de alguien que no es testigo: esa sería su verdad.
La Verdad que habita la Palabra se expresa de principio a fin en el Evangelio. Dice Benedicto XVI en el libro recientemente publicado por la Ediciones Encuentro: El Señor nos lleva de la mano: Homilías privadas, que en la segunda tentación lo que pide Satanás a Jesús es que dé certezas de que la Escritura se cumple en Él. Esta certeza consistiría en someterse a nuestro experimento: en el caso del diablo, tirarse del alero para que los ángeles lo recojan según está escrito. Ahora bien, si se me ha de demostrar, ¿dónde queda mi fe?,¿en qué consiste? La fe no es solo certeza —o no es solo certeza mental—, aunque hemos de dar razón de nuestra esperanza (1 Pe 3, 15); es sobre todo una certeza del corazón: «El que me ama guardará mi palabra» (Jn 14, 23-24). Además, el Señor nos dice bien claro: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15, 9-10). La consecuencia es que la coherencia que ha tenido Jesús, siendo fiel al Amor del Padre y guardando sus mandamientos, hemos de tenerla nosotros con Él, pues nos envía de la misma manera. Por eso hemos de tener presente: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16).
También en tiempos recientes se nos ha hablado de esto. Me refiero al número 41 de la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi de San Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—; o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”. Y, por otra parte, testigos como San Carlos de Foucauld nos dicen en una carta a Henry de Castries: «Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no tenía otro remedio que vivir para El sólo: mi vocación religiosa data del mismo momento que mi fe: ¡Dios es tan grande…!». La confesión de la fe es el motivo de servir a Dios solamente en cualquier vocación (testigos). El testimonio de San Carlos de Foucauld es el de un hombre con una infancia y adolescencia difíciles, una juventud más que cuestionable y que, sin embargo, tras su conversión se entrega a servir y amar a solo a Dios, abandonando toda vanidad: «¡Vanidad de vanidades! —dice Qohélet—. ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?» (Qoh 1, 2-3).
Todo cuanto hemos dicho brilla con luz propia y de un modo excepcional en Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Y así sucedió, dando prueba en cada palabra que pronunció en la cruz hasta que «inclinando la cabeza, entregó el espíritu». (Jn 19, 30).
Puesto que, como hemos dicho, el contenido de la la Palabra es el Amor de Dios, nada podemos esperar más allá de Nuestro Señor Jesucristo, ni pruebas ni maravillas ninguna, conforme nos dice San Juan de la Cruz:« Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte, y si pones en él los ojos, lo hallarás en todo; porque él es toda mi locución y respuesta y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por hermano, compañero y maestro, precio y premio» (Subida al Monte Carmelo, 2, 22).