20/03/2026
AKBÉS
El relato de la Pasión concluye con la expiración del Señor. Sin embargo, no se del mismo modo en los cuatros evangelios. En el evangelio de san Mateo leemos: «Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu» (Mt 27, 50). En el segundo evangelio encontramos: «Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró» (Mc 15, 37). El evangelista san Lucas nos dice: «Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró» (Lc 23, 46). Finalmente, el evangelio de san Juan relata la expiración de la siguiente forma: «Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19, 30).
A partir de los relatos que acabamos de citar, podemos señalar que tanto san Marcos como san Mateo presentan una expiración precedida por una manifestación de fuerza, expresada con un grito, una voz potente; también san Lucas hace hincapié en este aspecto. ¿Qué fuerza puede tener un moribundo que necesitó ayuda para llegar al Calvario cargando con su cruz? No podemos olvidar que la flagelación le puso al borde de la muerte. Por otra parte, tanto san Lucas como san Juan nos relatan la expiración como un acto plenamente consciente de Jesús entregando el espíritu. Sin embargo, san Juan no subraya en su relato la fuerza, sino la mansedumbre: la humildad de quien inclina la cabeza, sabiendo que todo ha llegado a su fin, que todo se ha cumplido.
En los cuatro casos, la expiración de Jesús tiene un sello especial: o bien se habla de una fuerza, o de una entrega. Se trata del espíritu, un espíritu que el mismo Jesús había descrito como vivificante: «El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen» (Jn 6, 53-64). La Carta a los Romanos nos dice: «Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y, si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 10-11).
El profeta Isaías nos anunciaba: «Él soportó nuestros sufrimientos | y aguantó nuestros dolores; | nosotros lo estimamos leproso, | herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, | triturado por nuestros crímenes. | Nuestro castigo saludable cayó sobre él, | sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5). Y San Pedro nos interpreta la profecía cumplida: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, | para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. | Con sus heridas fuisteis curados» (1 Pe 2,4).
Bien podemos contemplar la intención de destruir el AMOR de Dios manifestado en Cristo, pues eso era lo que se pretendía: no querían simplemente matarlo, querían crucificarlo. No bastaba la muerte; era necesaria la crucifixión para probar que no era el hijo del Bendito, el Hijo del Dios vivo. Durante el interrogatorio ante el Sanedrín el Sumo Sacerdote pregunta: «Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios» (Mt 26, 63). En el libro del Deuteronomio encontramos: «Su cadáver no quedará en el árbol de noche, sino que lo enterrarás ese mismo día, pues un colgado es maldición de Dios, y no debes contaminar la tierra que el Señor, tu Dios, te da en heredad» (Dt 21, 23).
El diálogo de Pilato con el pueblo, tal como nos lo relata san Marcos, incluye la preferencia por un asesino con tal de conseguir el fin de la crucifixión: «Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?». Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo». Pilato les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho?». Ellos gritaron más fuerte: «Crucifícalo». Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran» (Mc 15, 11-15).
La Carta a los Gálatas dice explícitamente: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, porque está escrito: Maldito todo el que cuelga de un madero; y esto, para que la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús, y para que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu» (Gl 3, 13-14). Así, pues, Cristo se hizo maldito para que tengamos vida, pues tenemos el Espíritu, que es quien da vida, como acabamos de decir al citar el capítulo sexto del evangelio de san Juan.
¿Podemos vivir la cruz como fuente de vida? La respuesta es, obviamente, sí. De hecho, no podemos seguir al Señor de otra manera: «Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lc 9, 23). Negarnos a nosotros mismos es morir a nosotros mismos; es decir, elegir el amor fraterno antes que el amor propio. Con todo, hemos de tener presente que por nosotros mismos no podemos, y el Señor nos lo aclara la noche de la Pasión: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Negarnos a nosotros mismos es una tarea que dura toda la vida; de hecho, todo pecado es una afirmación de nosotros mismos frente a Dios y frente al prójimo.
Vivimos esta negación, en ocasiones, con una tristeza desmedida, sin darnos cuenta de que considerar a los demás superiores a nosotros mismos nos libera de la angustia y de la ansiedad. ¿En qué sentido? En que no tengo que trabajar para ser reconocido, para destacar, para sentirme frente a nadie, etc. Negarnos a nosotros mismos es la lucha de cada uno contra sí mismo; lo contrario es la competencia de cada uno contra todos los demás, incluso contra aquellos a quienes aman, al menos en algunas ocasiones. Encontramos este pensamiento formulado en la Carta a los Romanos de la forma siguiente: «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (Rm 12, 14-16). Y, después de todo, ¿no dice la Escritura tratad a los demás como queráis que os traten (cf Lc 6, 31)?