27/02/2026
AKBÉS
La Cruz expone la humildad del hombre que ama a Dios. Dios ama al hombre, y el creyente ha de amar a Dios como Dios lo ama. Dice el Señor: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 44-48). Todo esto lo expresa Jesús, el Señor, en una sola “palabra”: «Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”» (Lc23, 34).
Jesús ama al Padre y sabe, como nadie, que el Padre ama al hombre: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3, 13). Jesús hace siempre lo que el Padre quiere; por eso, el Padre lo ama a Él: «El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 6, 29). También lo hizo en el altar de la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Y no solo en general, sino que también concedió su mismo lugar a quien se lo pidió: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Hemos de notar que esto ocurre antes de la Muerte y Resurrección del Señor. De este modo confirmó su predicación: «Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».
Hay ejemplos de la vida humana que sirven de base intuitiva para aceptar que esto es así también en nuestra vida, cuando el amor es el nexo de unión entre dos personas. Veamos: si una persona se enamora de otra, acepta toda su situación y sus limitaciones familiares, personales y sociales. Es decir, quien se enamora de una persona que tiene que cuidar de un enfermo lo cuidará por amor de su cuidador o cuidadora.
Venimos a comprender que la cruz del amado hace que el amor del amante sea misericordia para quienes ama el amado. Este misterio, que sucede también, en ocasiones, en la vida de los hombres, sucede con una luminosidad inimaginable entre el Padre y el Hijo, tanto que somos perdonados y “ungidos” con el mismo Espíritu Santo. En la cruz, el Hijo testifica ante el Padre que el hombre libre de pecado es un don permanente al Padre y que, por el pecado, el ser humano, es más ignorante que malo. Es malo en tanto que causa daño al prójimo y a sí mismo y, por tanto a Dios; pero es tan ignorante, que acepta perder la paz con tal de afirmarse con más poder que su oponente: un poder que debilita el paso del tiempo y, en último extremo, la muerte, si es que antes no necesita a su oponente.
¿En qué estado ha de situarse el ser humano para amar? Es indudable que el ser humano solo puede ofrecer, desde un punto de vista estrictamente humano, la humildad. Solo la humildad nos lleva a valorar a los otros más que a nosotros mismos: «No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 3, 5). Los siguientes versículos de la Carta a los Filipenses corresponden al cántico que la Iglesia recita en las primeras vísperas del domingo, con el que cerraremos esta reflexión.
En la cruz, nuestro Señor nos da la gran lección de cómo el hombre tiene que situarse ante Dios: aceptando humildemente todo cuanto ocurra en su vida para gloria de Dios Padre. Dice San Ireneo en su tratado contra las herejías: «La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios». Fácilmente comprendemos que la gloria de Dios y la vida del hombre están inseparablemente unidas. No podemos pensar que el hombre acepte la humillación sin la visión de Dios. Cuando aceptamos que lo que hacemos a uno de los más pequeños lo hacemos al mismo Señor, el orgullo pierde fuerza y aparecen en nosotros las bienaventuranzas: bien porque preferimos llorar la ira antes que ejecutarla; bien porque la limpieza de corazón nos impide ver la maldad del hombre antes que la presencia de Dios, bien porque sabemos que la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere y renunciamos a la ira por la justicia de Dios; bien porque preferimos alcanzar misericordia y entonces, la practicamos; bien porque preferimos la paz y ser llamados hijos de Dios, etc.
La cruz expresa que la humildad del Siervo de Yahveh es canal de misericordia para todo el género humano. Y, del mismo modo, la humildad del creyente, como actitud básica para afrontar la cruz de cada día, es ofrenda agradable al Padre, un sacrificio espiritual que Dios acepta por Jesucristo y, también, unido al Sacrificio Redentor, misericordia para nuestros semejantes. No se trata de poder, se trata de amar; no se trata de saber cosas de Dios, se trata de saborear la fe; no se trata de erudición, se trata de un nos sé qué que se alcanza por ventura, del que habla San Juan de la Cruz.
Para terminar, y como preparación para sentir el himno cristológico citado, dejemos que nuestro corazón se sienta afectado por las palabras del Señor: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10, 8):
«El cual [Cristo], siendo de condición divina, | no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo | tomando la condición de esclavo, | hecho semejante a los hombres. | Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, | hecho obediente hasta la muerte, | y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo | y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús | toda rodilla se doble | en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: | Jesucristo es Señor, | para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 8-11).