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26/03/2026

La cruz, la gloria

Llegamos al final de nuestra serie cuaresmal, en la que hemos contemplado el misterio de la cruz. Hoy dirigimos la mirada a su sentido más pleno y, quizá, más paradójico: la cruz como gloria. En la entrada de Jesús en Jerusalén, entre aclamaciones e incomprensión, se revela que la verdadera gloria de Dios no está en el triunfo humano, sino en la entrega que da vida al hombre

 

AKBÉS

La entrada de Jesús en Jerusalén está llena de aclamaciones, pero también de incomprensión. Se proclama su realeza, pero no se entiende su significado. En se contraste —entre lo que se dice y lo que realmente sucede— se comienza a revelar el misterio de la cruz como gloria.

Del relato de la llegada a Jerusalén que nos ha transmitido el evangelio de san Lucas extraemos: «Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Y, respondiendo, dijo: “Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras”».

Ni la multitud de discípulos, cuando dicen: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!», ni los fariseos, que piden a Jesús que reprenda a sus discípulos, comprenden lo que significan esas palabras en aquel momento. Tan solo Jesús era consciente de la proximidad de la Pascua, en la que Él era el Verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. La multitud de discípulos grita alabando a Dios por los milagros que habían visto. El mismo Señor les había dicho en Cafarnaún, después de la multiplicación de los panes: «Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”. Jesús les contestó: “En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”» (Jn 6, 25-26).

Los fariseos no comprenden lo que está sucediendo, puesto que nadie podía declararse Hijo del Hombre, el Hijo del  Bendito: era una blasfemia. Esto nos lo atestigua el evangelista Marcos: «Jesús contestó: “Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo”. El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?”. Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?”. Y todos lo declararon reo de muerte» (Mc 14, 62-63).

Sin duda alguna, la profecía de Daniel resuena con toda claridad: «Seguí mirando. Y en mi visión nocturna | vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. | Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino. | Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. | Su poder es un poder eterno, no cesará. | Su reino no acabará» (Dn 7, 13- 14). Y también el Salmo 109: «Eres príncipe desde el día de tu nacimiento | entre esplendores sagrados; | yo mismo te engendré, desde el seno, | antes de la aurora». El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: | «Tú eres sacerdote eterno, | según el rito de Melquisedec» (Sal 109, 3-4) .

Solo el Señor era consciente de lo que estaba sucediendo en aquel momento. No solo no reprende a los discípulos, aunque inconscientes de lo que decían, sino que, si ellos no gritan, gritarían las piedras. Las piedras tampoco serían conscientes, pero san Pablo, educado a los pies de Gamaliel, según el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf Hch 22,3), nos dice en la Carta a los Romanos: «Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8, 19-21).

Otros testimonios de que el único consciente era el Señor los encontramos en los tres anuncios de la Pasión y, por otra parte, en la conversación del Resucitado con los dos que iban camino de Emaús, donde les explica lo que se refería a Él en la Escritura y donde, además, les dice: «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 26). Esta misma expresión la repetirá con los discípulos en Lc 24, 46.

Dicho todo esto, podemos vislumbrar la relación que hay entre la cruz y la gloria. No queda suprimido el dolor de Getsemaní, donde el hombre, Cristo Jesús, lucha contra sí mismo, aún teniendo claro que optará por el Padre y no por sí mismo: «Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26, 39). Tampoco queda suprimido el dolor de la Pasión. Ahora bien ¿se puede amar sin sufrir? No podemos, puesto que supone elegir la felicidad de otro antes que la nuestra propia; es decir, amar es una entrega. Evidentemente, hemos de mantenernos en términos humanamente normalizados: puesto que si he de amar, debo entregarme, pero quien me ame ha de hacer lo mismo, sin caer en exaltaciones que estarían más cerca de la soberbia que de la humildad, que complace a Dios.

Dice san Ireneo de Lyon que la gloria de Dios es que el hombre viva, algo que ya hemos citado en los viernes precedentes. La vida del hombre es la derrota del maligno; es decir, vencer el mal a base de obrar el bien. El amor vence al odio en la cruz del Señor porque nada consiguió el maligno de Jesús, el Cristo. Es más, el perdón otorgado, incluso a los que le quitaban la vida, es la daga del bien clavada en el corazón del mal y la muerte de éste. En la carta a los Efesios nos dice la Escritura: «Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad. (Ef 2, 14-16); y en la de los Colosenses: «Canceló la nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros; la quitó de en medio, clavándola en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a las Potestades y los Principados, los exhibió en público espectáculo, y los llevó cautivos en su cortejo» (Col 2, 14-15).

La cruz es la gloria de Dios porque en ella está la vida del hombre; es decir, el que estaba encadenado por el maligno ha sido liberado por la victoria de Cristo. De este modo, la muerte de Cristo es la vida del hombre y, por tanto, la gloria de Dios. Terminamos con una cita del evangelio de san Juan: «Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado”» (Jn 17, 1-2).

Contemplar la cruz es, en definitiva, contemplar la gloria de Dios: una gloria que no deslumbra, sino que salva; que no humilla, sino que levanta; que no termina en la muerte, sino que abre el camino de la vida.

 

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