19/02/2026
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
La Catedral vieja de Salamanca acogió la celebración del Miércoles de Ceniza, presidida por el obispo, Mons. José Luis Retana, concelebrada por el deán y varios canónigos del Cabildo. Numerosos fieles participaron en la eucaristía, entre ellos muchos jóvenes, con el acompañamiento musical del Coro de la Catedral.
Durante la celebración se impuso la ceniza en la frente de los fieles en forma de cruz, como signo penitencial con el que comienza el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Al inicio de su homilía, el prelado subrayó que este tiempo no puede vivirse como “otra Cuaresma más, sin que nada cambie en nuestra vida”, sino como una ocasión para “ponernos al trabajo de la ascesis que puede cambiar nuestro corazón“. Recordó que recibir la ceniza expresa el deseo de convertirse y de iniciar un nuevo camino “desde la certeza de que el Señor va a acompañarnos y va a recorrerla con nosotros”.
Citando el mensaje de Cuaresma del papa León XIV, afirmó que la Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, “con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.
A partir de las palabras de san Pablo —”Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación“— señaló que este anuncio resulta especialmente necesario “en medio de tanto desconcierto y desasosiego como producen las noticias de cada día”, y destacó que la llegada de la Cuaresma es “esperanzadora y estimulante”.
El obispo advirtió de que “no basta un gesto externo de conversión”, ni cambiar solo la imagen exterior, sino que el Evangelio invita a la autenticidad: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”. Insistió en la necesidad de evitar la hipocresía y de vivir con transparencia ante Dios, sin aparentar lo que no se es.
También recordó que, según el papa León XIV, “todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu”, subrayando el vínculo entre la escucha de la Palabra y la transformación interior que esta produce. En este sentido, invitó a dar espacio a la escucha, señalando que “la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro”.
En relación con el ayuno, explicó que constituye “una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios” y que, al implicar el cuerpo, ayuda a discernir lo esencial y a mantener viva el hambre y la sed de justicia. Subrayó, no obstante, que debe vivirse “con fe y humildad”, arraigado en la comunión con el Señor, y como expresión de un estilo de vida más sobrio.
De manera concreta, invitó a una forma de abstinencia “a menudo poco apreciada”: abstenerse de utilizar palabras que hieren. Animó a “desarmar el lenguaje”, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y a las calumnias, y a cultivar la amabilidad en la familia, en el trabajo, en las redes sociales, en los debates y en las comunidades cristianas.
Finalmente, recordó que la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria del camino cristiano, como tiempo para “salir al encuentro de los hermanos”. Antes de la imposición de la ceniza, explicó el significado de este gesto penitencial, que en los primeros siglos se practicaba sobre los penitentes públicos que iniciaban su camino de reconciliación. Hoy, señaló, expresa la voluntad de convertirse al Señor “en lo más profundo de nuestro ser”, volver sobre los pasos equivocados y recuperar la sencillez.
“Conviértete y cree en el Evangelio”, recordó, invitando a vivir este tiempo con la oración, el ayuno y la limosna, como compromiso animado por la gracia para superar las resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Con este gesto comenzó en la diócesis el tiempo de Cuaresma, preparación para la celebración de la Pascua.