AGENDA ACTUALIDAD DIOCESANA

20/01/2026

La llevaré al desierto

El modo en que Dios actúa en la vida del hombre se revela, en esta reflexión, a través de la imagen bíblica del desierto. A la luz de la profecía de Oseas, los verbos “atraer”, “llevar” y “hablar” muestran cómo el desierto se convierte en un lugar de seducción divina, purificación interior y encuentro con el amor que transforma el corazón

 

AKBÉS

Dice la profecía de Oseas: «Así, la atraeré y le llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2, 16). Como vemos, son tres verbos los que describen la acción de Dios en este versículo 16: atraer, llevar, hablar y un sustantivo: desierto. Veamos lo que nos dice la misma Escritura sobre estos tres verbos y finalmente sobre el desierto:

Atraer

El mismo profeta Oseas nos dice: «Los atraje con ligaduras humanas, con lazos de amor. Fui para ellos como quien alza una criatura contra su mejilla, y me bajaba hasta ella para darle de comer» (Os 11, 4). De modo que la atracción que Dios ejerce sobre nosotros no es “coerción”, sino “seducción”. Así se expresa en el libro del profeta Jeremías: «Tú me sedujiste, ¡oh Yahvé! y yo me dejé seducir. Tú eras el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día la irrisión, la burla de todo el mundo» (Jr 20, 7). En el Apocalipsis encontramos una imagen que puede ayudarnos a comprenderlo: «Tomé el librito de mano del ángel, y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce; pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas» (Ap 10, 10).

Llevar

«Vosotros habéis visto lo que yo he hecho a Egipto y cómo os he llevado sobre las alas de águila y os he traído a mí. Ahora, si oís mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad entre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra» (Ex 19, 4-5). Dios lleva a su pueblo sobre alas de águila a través del desierto; por tanto, no se trata de un camino de facilidad o comodidad sino que, una vez atraídos a Él, los libera de sí mismos para que puedan ser enteramente suyos. Ahora bien, en el evangelio de San Juan encontramos: «Cuando Yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomare conmigo, para que donde Yo estoy estéis también vosotros» (Jn 14, 3). Vemos así que es el Señor quien realiza el camino a través del desierto (su pasión y muerte) y quien luego vuelve a buscar a sus ovejas.

Hablar

«Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Heb 1, 1-2).  En la carta a los Romanos encontramos un apoyo para comprenderlo mejor: «¿Qué diremos, pues, a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, antes le entregó para todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con El todas las cosas?» (Rom 8, 31-32).
Una vez expresados los significados de estos tres verbos, podemos ahora contemplar con admiración que todo lo que sucede en nuestra vida tiende a conducirnos a Dios. Lo que no rompe un objetivo y lo lleva al fracaso, lo apolilla la rutina, y lo que no cae con el transcurso del tiempo cae por la fragilidad humana, etc. Es admirable descubrir  el desierto como el lugar donde solo Dios permanece con cualquiera que le busque, cuando todo y todos desaparecen. Nos parece una desgracia, una injusticia, un no sé qué que solo nos habla de nosotros mismos, pero cuando, guiados por la fe, perseveramos y quedamos libres de nosotros mismos, comenzamos a vislumbrar a Aquel que tanto nos ama.
Leer la vida del hombre como la seducción de Dios que nos conduce al desierto para hablarnos al corazón, no es algo al alcance de unos pocos. Es un don de Dios que recibimos por la fe, para que, alegres en la esperanza, entremos en su gozo eterno. Dios nos ama desde que insufló su aliento en el hombre moldeado de la tierra. Nos ama tanto que nos entregó a su Hijo y y nos lleva tras de sí, para que podamos vencer el amor propio y vivir, de este modo, el amor fraterno.
Hablando con un amigo conocí un dicho de los padres del desierto: «Un anciano dijo: “Sé como un camello: carga con tus pecados y, bien amarrado, sigue a alguien que conozca el camino de Dios”». Por eso, cuando nos sintamos lejos de Él, no debemos entristecernos, pues ha venido a buscar lo que estaba perdido, y no son los sanos los que necesitan del médico. Reconocernos como somos ya es parte de la iluminación que la fe hace de nuestra vida. Es entonces cuando comenzamos a sentimos atraídos por Dios, aunque no siempre percibamos su AMOR: el miedo, en ocasiones, lo vela, y otras veces lo oscurecen los deseos. Sin embargo, miedos y deseos son sólo dos obstáculos a superar y eso se hace caminando por el desierto, dejando atrás los apegos y las demás consecuencias del pecado. Es en este desierto donde Dios nos habla al corazón, pues en esa oscuridad descubrimos que, al superar miedos y deseos, encontramos al Amado que buscábamos, aún sin saberlo. Dice San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
¿Te gustó este artículo? Compártelo
IR A ACTUALIDAD DIOCESANA
.
Actualidad Diocesana

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies