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30/01/2026

La llevaré al desierto (II)

En esta segunda reflexión sobre la profecía de Oseas, la experiencia de Job nos sitúa ante el desierto como lugar de prueba y de fidelidad, donde el sufrimiento y el silencio purifican el corazón y lo disponen para elegir a Dios por encima de todo

 

AKBÉS

Nos detenemos en la profecía de Oseas: «Así, la atraeré y le llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2, 16) en relación con el libro de Job.

 

Comienza el sapiencial exponiendo la justicia de Job y al Señor complacido con él delante de sus hijos, y en particular, de Satanás. El Señor le preguntó: «¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios y vive apartado del mal» (Job 1,8).  En la medida en que lo necesita la redacción es Satanás quien resta valor a la alegría de Dios, como si él fuese quien conoce mejor al hombre, no siendo su creador. Satán contestó al Señor: «¿Y crees que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú mismo una valla en torno a él, su hogar y todo lo suyo? Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se extienden por el país. Extiende tu mano y daña sus bienes y ¡ya verás cómo te maldice en la cara!» (Job 1,9-11). Y el Señor accede de la siguiente forma: «Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él ni lo toques» (Job 1,12).

 

Comienza luego Job a sentir la fuerza del mal y el silencio [aparente] de Dios. Pierde todas sus posesiones y ganados, a sus mozos y, finalmente, también a sus hijos todos juntos. Es en este momento cuando Job dice: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor». A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios» (Job 1,21). Sin embargo el mal se ceba todavía más con Job cuando, por segunda vez, Dios lo presenta como justo y, de la misma manera que la primera vez, Satán se dirige a Dios: «Piel por piel; por salvar la vida el hombre lo da todo. Extiende tu mano y hiérelo en su carne y en sus huesos. ¡Verás cómo te maldice cara a cara!» (Job 2, 4-5). Y también el Señor le responde, seguro de Job: «Haz lo que quieras con él, pero respétale la vida» (Job 2, 6). La mujer de Job, cuando lo ve herido y sentado en el polvo también le increpa: «¿Todavía persistes en tu honradez? Maldice a Dios y muérete» (Job 2,9). A lo que Job responde: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?» (Job 2, 10).

 

Se hace necesario subrayar que Dios no puede ser tentado por el diablo. Es una manera de plantear el tema; de hecho, en el relato queda claro que, por mucho daño que haga Satán a Job, no traspasa los límites que Dios le pone. En todo caso, lo que si vemos es que Dios se aprovecha del mal para que se esclarezca lo que esconden los corazones.

 

Es notorio que la respuesta de la mujer de Job no tiene nada que ver con la de su esposo. Tampoco podemos argumentar que el hombre es tentado y que, si no lo fuese sería bueno; ni que Dios puede impedir la tentación y el dolor en el mundo, ya que, si no los hubiera, no existiría problema alguno en el ser humano. A fin de cuentas, estaríamos diciendo que, si todo fuera como yo quiero, estaría encantado. ¿Acaso no se muestra el amor en preferir al ser amado antes que ninguna otra cosa? ¿Cómo sabríamos que amamos a Dios si no tuviéramos que elegirlo? ¿Cómo podríamos crecer si no tuviéramos que aceptarnos como somos?

 

Cuando se nos dice “la llevaré al desierto y allí le hablaré al corazón”, no se trata de castigo ni de dolor gratuito que Dios necesite como reparación; se trata de purificarnos y de llevarnos a lo más profundo, libres de todo apego, para poder amar sin miedo, deseo o interés alguno.

 

Una intuición que nos puede iluminar es pensar que, cuando nos planteamos el problema del mal, lo hacemos de estrellas para abajo, y es ahí, teniendo solo la vida corporal como referencia, donde llegamos a la contradicción. Pero, considerando la vida eterna, iluminados por la pasión de Cristo —puesto que no pueden ser los discípulos mejor que el Maestro—, encontramos esperanza de que Él va delante: camino del desierto (Pasión y Muerte del Señor) y también camino de la gloria (Resurrección). Así pues, tomemos nuestra cruz siguiendo al Señor, pues de otra manera no podremos seguirle.

 

Tomar nuestra cruz es la mayor prueba de amor que podemos dar, puesto que sin ella tampoco aceptaríamos la de los otros. Aceptar la propia vida es lo que hace Job, tal como se la da: tanto cuando reconoce que todo es del Señor, que Él se lo dio y Él se lo quitó, como cuando, humillado y solo, acepta que si de Dios recibimos los bienes, también hemos de recibir los males. Se trata del hombre en quien la vida es, toda entera, una adoración y alabanza al Señor. De hecho, San Pablo nos dice: «Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías» (1 Tes 5, 18-20).

 

El hombre se pregunta por el dolor y la muerte, por el mal en el mundo. Pero, ¿nos preguntamos por el bien y la alegría? ¿Nos preguntamos por qué nos alegramos o por qué somos felices? No. Solo nos importa el mal. Dejándonos interpelar por el bien y trabajando por conservarlo, no solo para nosotros sino para todos, y las preguntas sobre el mal cambiarán. Es necesario empezar reconociéndonos humanos, como los demás, y no dejamos de serlo cuando somos cristianos. Hemos de vivir la misma humanidad, pero iluminada por la fe y sostenida por la gracia de Dios.

 

La noche de la pasión, Jesús oraba: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno» (Jn 17,15). Podemos pensar que por la oración de Jesús, el mal no nos puede tocar. Ahora bien, si a día de hoy conservamos la fe; si podemos seguir compartiendo los bienes a pesar de los engaños y noticias que conocemos; si todavía necesitamos orar; si aún creemos a pesar de todo lo que sucede y aunque el futuro no es muy halagüeño, ¿no será que Dios nos guarda del mal? ¿O nos consideramos mejores que los demás, o aunque solo sea “diferentes” o “afortunados” compartiendo el mismo mundo?

 

En la oración de Getsemaní, en el silencio de la noche, a modo de noche oscura del alma, Jesús optó por el Padre antes que por sí mismo. Él es nuestro Maestro y, por tanto, nosotros debemos dejarnos llevar al desierto como Él, porque es en el desierto donde solo escuchamos a Dios y donde realmente probamos lo que es buscarlo. Para eso atravesamos el desierto de la vida: para aprender a sufrir sólo por amor y nunca más por interés.

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