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05/02/2026

La llevaré al desierto (III)

En esta tercera reflexión sobre la profecía de Oseas, la experiencia de Job nos ayuda a comprender cómo el sufrimiento pone a prueba la fe, las relaciones y la confianza en Dios, y cómo el encuentro con Él, cara a cara, transforma el dolor en una fe más madura y verdadera

 

AKBÉS

Veamos, de nuevo, la profecía de Oseas: «Así, la atraeré y le llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2, 16), en relación con el libro de Job, pero ahora en referencia a sus amigos y al encuentro con Dios cara a cara.

Lo queramos o no, el sufrimiento tiene una consecuencia inmediata: afecta al mismo tiempo al que sufre y a quien ama al que sufre. Normalmente nos hace elegir entre nosotros mismos y aquel que sufre. Vivir al lado del doliente inquieta, incomoda y perturba la propia vida, deshaciendo todos los planes, tanto más cuanto mayores son las necesidades del que sufre, puesto que necesitaría más de nosotros. A Job lo visitan tres amigos:

Elifaz significa “Él es oro puro”; es hijo de Esaú (1Cro 1, 35) y viene de Temán, lugar situado a unos pocos kilómetros al este de Petra, en el territorio de Edom. Este lugar llegó a ser famoso por la sabiduría de los que allí moraban (Jer. 49,7). Zofar, que significa “chirriar”, viene de Naamat, una ciudad de Arabia. Bildad que significa “hijo de pleitos” o “hijo de contención”, denominado “el Shuhita”, era descendiente de Súa, hijo de Abrahán y su concubina Cetura, cuya tribu habitaba en los desiertos de Arabia.

Estos tres amigos «se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada, viendo lo atroz de su sufrimiento». Esta solidaridad nos indica el grado de amistad que existía entre los cuatro, así como la dureza del sufrimiento de Job, puesto que permanecer siete días en esas condiciones da cuenta de su gravedad.

Los tres piensan que Job es culpable de algo que haya merecido tal castigo, ya que Dios no castiga de manera inicua; tal cosa no se puede esperar de Dios. Sin embargo, aunque animan a Job a reconocerse ante el Todopoderoso, finalmente aceptan su inocencia y permanecen en silencio. Ni la sabiduría (Elifaz), ni el pleito ni la contención (Bildad) logran nada frente al sufrimiento del inocente; no logran nada más que chirriar (Zofar). Y es entonces, cuando entra en escena Elihú.

Elihú significa “Dios es Él”. Elihú sostiene en todo momento la inmensidad e inescrutabilidad del Todopoderoso y permanece siempre al lado de Dios, no como los tres primeros, que guardan silencio aceptando la inocencia de Job. El joven, Elihú, reclama su saber frente a la sabiduría de la madurez. No es que Job y sus amigos renieguen de Dios, pero sí se confunden,  tampoco es que Elihú explique o dé claridad: solo permanece en la fe. De hecho Elihú dirá:

«Dios es sublime y poderoso, | ¿qué maestro se le puede comparar?, ¿quién podrá determinar su conducta?, | ¿quién puede acusarle de obrar mal? Acuérdate de ensalzar sus obras, | que todos los hombres cantaron; todo el mundo las contempla, | los mortales las perciben de lejos. Dios es poderoso, incomprensible; | no se pueden contar sus años» (Job 36, 22-25).

No se trata tanto de creer para comprender cosas que nos sobrepasan; más bien se trata de la gran cuestión: ¿solo puedo comprobar el amor cuando todo va según mis planes? Más bien, pruebo el amor cuando permanezco junto al dolor del otro. renunciando a mi propia vida para mejorar la suya y, de manera análoga, se puede decir lo mismo respecto de Dios: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32-33).

Dios interviene desde la tormenta e interroga a Job con muchas preguntas que podemos entender como una visión de la Creación (Capítulos 38 y 39). Un ejemplo concreto: «¿Has entrado por las fuentes del Mar | o paseado por la hondura del Océano? ¿Te han enseñado las puertas de la Muerte | o has visto los portales de las Sombras?» (Job 38, 16-17).

En los capítulos 40 y 41 se habla sobre el coloso Behemot que sólo Dios puede dominar.

Finalmente Job en el capítulo 42 dirá: «Reconozco que lo puedes todo, | que ningún proyecto te resulta imposible. | Dijiste: “¿Quién es ese que enturbia mis designios | sin saber siquiera de qué habla?”. | Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, | de maravillas que superan mi comprensión. | Dijiste: “Escucha y déjame hablar; | voy a interrogarte y tú me instruirás”. Te conocía solo de oídas, | pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, | echado en el polvo y la ceniza» (Job 42, 2-6).

Después Job intercede por sus amigos, como manda el Señor a Elifaz, Sofar y Bildad, que quedaron confundidos y no firmes en el Señor, como Elihú, y serán perdonados por el mismo Señor. Restituyó el Señor a Job el doble de lo que tenía y todo cuanto podía haber perdido en razón de su postración.

De todo lo dicho anteriormente, lo fundamental es esto: «Te conocía solo de oídas, | pero ahora te han visto mis ojos». Esta es la enseñanza de la vida de fe, del seguimiento del Señor cargando con la propia cruz. Cuando aceptamos la propia vida, iluminados por la fe, no tenemos aseguradas las respuestas; no tenemos asegurada la confesión de la fe con la ayuda de quien nos hizo ese don, Dios, y, más aún, la certeza de que nada va a suceder que  nos aparte de Él mientras confiemos en Él.

Si nos damos cuenta, el diablo no puede hacernos nada más que lo que Dios le permite, tal como ocurría en el escrito de la semana pasada. De este modo, podemos comprender que lo que nos sucede está en favor de otros o de nosotros mismos, pero siempre hemos de procurar la gloria de Dios, como dice San Pablo: «Lo espero con impaciencia, porque en ningún caso me veré defraudado, al contrario, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte» (Flp 1, 20). Y eso que sufrió palizas, expulsiones, cárcel y, finalmente, el martirio.

El mismo Apóstol nos dice: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios» (1 Cor 2, 9-10). Probemos, como el Apóstol, soportando todo por nuestro Señor para poder experimentar que nos lleva al desierto y allí nos habla al corazón, justamente para hacernos partícipes, una vez purificados de todo miedo, deseo, ansiedad, obsesión… de su gloria puesto que: «Es palabra digna de crédito: Pues si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; | si lo negamos, también él nos negará» (2 Tim 2, 9-11).

 

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