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20/04/2026

La parroquia Nombre de María y la comunidad ucraniana celebran juntas la Resurrección

Compartir la alegría de la Pascua entre comunidades hace visible la fe que une a los cristianos. Así se vivió el pasado 12 de abril, II Domingo de Pascua, en la parroquia Nombre de María, junto a la comunidad ucraniana presente en Salamanca: una experiencia que muestra cómo la fe en Cristo resucitado une, acoge y abre caminos de fraternidad

 

UNIDAD PASTORAL CRISTO LUZ DE LOS PUEBLOS

El Domingo II de Pascua, en el que la Iglesia prolonga y culmina la octava pascual, la parroquia de Nombre de María ha vivido una celebración especialmente significativa. Este año, la coincidencia con el Domingo de Resurrección de la Iglesia Ortodoxa ha convertido la Eucaristía dominical en un verdadero signo de comunión, acogida y esperanza.
Desde hace años, la comunidad ucraniana de Salamanca encuentra en esta parroquia un lugar donde celebrar su Pascua. Y, una vez más, la comunidad parroquial ha abierto sus puertas con sencillez y cercanía, acogiendo a estos hermanos de la Iglesia oriental como parte de una misma familia reunida en torno al Señor Resucitado.
La celebración, enraizada en la liturgia propia del tiempo pascual, se ha visto enriquecida por signos y expresiones de la tradición ucraniana. Las oraciones proclamadas en su lengua, las vestimentas festivas y, especialmente, las cestas preparadas por las familias han llenado el templo de un profundo sentido simbólico.
Estas cestas, colocadas a los pies del altar, contenían alimentos que no son solo signo de abundancia, sino sobre todo de vida nueva: huevos, que evocan la resurrección; pan y dulces, que hablan de la alegría compartida; frutas y otros alimentos, expresión de la bendición de Dios sobre la mesa familiar. En cada una de ellas, además, ardía la luz de una vela encendida del Cirio Pascual, signo de Cristo vivo que ilumina la vida de cada hogar. La bendición de estas cestas, tan propia de la tradición pascual oriental, ha sido uno de los momentos más expresivos de la celebración. No se trata solo de bendecir alimentos, sino de reconocer que toda la vida —la casa, la familia, el trabajo, la mesa— queda alcanzada por la luz de la Resurrección. Cada familia se lleva así a su hogar no solo unos alimentos bendecidos, sino el anuncio de que Cristo vive y hace nuevas todas las cosas.
La presencia de tantos niños, jóvenes y familias ha dado a la celebración un tono profundamente familiar. Rostros diversos, lenguas distintas, tradiciones propias… y, sin embargo, una misma fe en el Señor resucitado. La Iglesia se ha manifestado así en su verdad más honda: comunión en la diversidad, unidad en lo esencial. En ese domingo en el que el Evangelio nos habla de la presencia del Resucitado y de la fe de Tomás, la comunidad ha sido también testigo de que la fe nace del encuentro: encuentro con el Resucitado, pero, por eso, también encuentro entre hermanos que se acogen, se reconocen y caminan juntos.
La Pascua, celebrada así, deja de ser solo una memoria para convertirse en una presencia viva: Cristo ha resucitado y su vida nueva se abre paso en medio de su pueblo. Y en Nombre de María, ese domingo, se ha podido percibir con claridad: la alegría de la Resurrección no conoce fronteras y se extiende a todos los pueblos de la tierra.
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